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Patricia mira por la ventana de una ruinosa casa en el barrio de Dollis Hill, en el noroeste de Londres. Ella, que está a punto de cumplir 40, sabe que no debería estar allí, en esa ruinosa casa que comparte con cuatro más.  Patricia sabe que debería estar en otro lado, en una casa propia o en alquiler, o en un estudio; a solas o con un hombre bueno; con uno o dos hijos.

Patricia ha perdido güiro, calabaza y miel; no necesariamente en ese orden. Patricia mira por la ventana del salón que da al patio. Hay dos gatos gordos, son los mismos que a menudo se cuelan por las tardes y suben al techo de plástico que cubre parte del salón de la casa. Cuando uno de los gatos camina por encima del techo parece que el mundo se acaba debajo.

Es menudo y aparenta una cierta fragilidad de asmático. Se llama -pongamos que M- y tiene 17 años. Vamos en un bus de Armenia a Salento, un pueblo de la zona cafetera colombiana donde vive con su tía, su prima de once años y su hermana de siete. M revisa su teléfono a menudo. “Tienes Internet en el teléfono”, le pregunto. “No, no puedo permitirme eso. Tampoco tengo en mi casa. Mi tía vende arepas y eso nos da justo para sobrevivir”.

Tweet “Si yo te hubiera de pagar, Sancho -respondió don Quijote-, conforme lo que merece la grandeza y calidad de este remedio, el tesoro de Venecia, las minas del Potosí fueran poco para pagarte; toma tú el tiento a lo que llevas mío, y pon el precio a cada azote”. De lejos, Cerro Rico no aparenta su grandeza. Para unos ojos ajenos es simplemente una colina en forma de pirámide que domina una parte de la ciudad; una montaña más de los Andes de tonos rojizos mezclados con verdes. Así la ven mis ojos ajenos, ignorantes de que ese Cerro Rico llenó a Potosí de gloria y la hundió en […]

Tweet El autobús va repleto de cajas, bultos y paquetes con frutas y fideos. He pagado 60 bolivianos (casi nueve dólares) por un viaje de 12 o 13 horas hasta Oruro, una ciudad de la que no he escuchado jamás hablar. Desde allí he trazado la ruta: Potosí, Sucre, Cochabamba y finalmente La Paz. El bus es incómodo y viejo, hay un cartel pidiendo a los pasajeros que no escupan en el suelo y otro que nos desea feliz viaje y agradece la preferencia. ¡Pero si es el único! Estas inocentes ridiculeces me recuerdan a Cuba y a las guaguas interprovinciales. Me siento débil, llevo dos días con diarreas, una […]

Tweet Tres kilómetros separan la frontera chilena de Bolivia. La carretera de tierra lleva de un mundo a otro sin notarlo. No se sabe dónde empieza uno y acaba el otro. No hay un cartel de bienvenida, un saludo, un gesto caluroso; tal vez un presagio de lo que iba a encontrar luego. La única diferencia perceptible entre ambos lados es la basura de un improvisado vertedero -botellas, pañales, latas oxidadas-  casi junto al puesto fronterizo boliviano.

Tweet Me prometí hace diez años que jamás volvería a coger botella, a hacer autostop, a pararme en una calle, en una carretera, debajo del sol, jugando a la seductora. Me lo dije y me lo repetí cada mañana en aquella esquina de Lacret, en La Habana, donde trataba de ‘coger algo’ para ir  trabajar. Era tanta la competencia que te hería el orgullo, te lastimaba la elección del chófer, te jodía el día. Las que estaban más buenas se iban antes. A mí me tocaba la segunda ronda, como la chica de carne de segunda que siempre he sido. Y si no había escotes, me quedaba para la tercera, […]