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El brasileño de derechas del gimnasio; el jamaicano lleno de oro encima; el carpintero de ojos azules al que le falta el primer molar de la derecha; el periodista que me llevó al carnaval de Camden y que no pudo darme un orgasmo por impreciso; el balsero de La Habana que me derrotó por partes; Andy, del que no  hay nada que reseñar;  Philip, que tenía un dibujo al carbón de Miles Davis en su piso de Bruselas; Rob, el aburrido profesor de Biología; Ronnie, el jovencito irlandés; Dani, el malagueño que estuvo en 2006 y repitió en noches recicladas; Jonathan, el de Manchester, que decía “bus” como /bus/; el fotógrafo del Guardian; Tom, el danés que hablaba de democracia en las barbacoas; Tim, el CEO de Nottingham; Jeremy, que dormía con un antifaz negro; Manuel, el italiano; Kev, el que ponía alarmas; Alex, el pelirrojo, el primero después de siete años; Sam, que no podía desnudarse y que me pedía que le hablara de Foucault.

Y seguramente hubo otros, parches/retazos/medias piezas de un tiempo que no encaja.

Patricia mira por la ventana de una ruinosa casa en el barrio de Dollis Hill, en el noroeste de Londres. Ella, que está a punto de cumplir 40, sabe que no debería estar allí, en esa ruinosa casa que comparte con cuatro más.  Patricia sabe que debería estar en otro lado, en una casa propia o en alquiler, o en un estudio; a solas o con un hombre bueno; con uno o dos hijos.

Patricia ha perdido güiro, calabaza y miel; no necesariamente en ese orden. Patricia mira por la ventana del salón que da al patio. Hay dos gatos gordos, son los mismos que a menudo se cuelan por las tardes y suben al techo de plástico que cubre parte del salón de la casa. Cuando uno de los gatos camina por encima del techo parece que el mundo se acaba debajo.

Tweet Es menudo y aparenta una cierta fragilidad de asmático. Se llama -pongamos que M- y tiene 17 años. Vamos en un bus de Armenia a Salento, un pueblo de la zona cafetera colombiana donde vive con su tía, su prima de once años y su hermana de siete. M revisa su teléfono a menudo. “Tienes Internet en el teléfono”, le pregunto. “No, no puedo permitirme eso. Tampoco tengo en mi casa. Mi tía vende arepas y eso nos da justo para sobrevivir”.

Tweet “Si yo te hubiera de pagar, Sancho -respondió don Quijote-, conforme lo que merece la grandeza y calidad de este remedio, el tesoro de Venecia, las minas del Potosí fueran poco para pagarte; toma tú el tiento a lo que llevas mío, y pon el precio a cada azote”. De lejos, Cerro Rico no aparenta su grandeza. Para unos ojos ajenos es simplemente una colina en forma de pirámide que domina una parte de la ciudad; una montaña más de los Andes de tonos rojizos mezclados con verdes. Así la ven mis ojos ajenos, ignorantes de que ese Cerro Rico llenó a Potosí de gloria y la hundió en […]

Tweet El autobús va repleto de cajas, bultos y paquetes con frutas y fideos. He pagado 60 bolivianos (casi nueve dólares) por un viaje de 12 o 13 horas hasta Oruro, una ciudad de la que no he escuchado jamás hablar. Desde allí he trazado la ruta: Potosí, Sucre, Cochabamba y finalmente La Paz. El bus es incómodo y viejo, hay un cartel pidiendo a los pasajeros que no escupan en el suelo y otro que nos desea feliz viaje y agradece la preferencia. ¡Pero si es el único! Estas inocentes ridiculeces me recuerdan a Cuba y a las guaguas interprovinciales. Me siento débil, llevo dos días con diarreas, una […]

Tweet Tres kilómetros separan la frontera chilena de Bolivia. La carretera de tierra lleva de un mundo a otro sin notarlo. No se sabe dónde empieza uno y acaba el otro. No hay un cartel de bienvenida, un saludo, un gesto caluroso; tal vez un presagio de lo que iba a encontrar luego. La única diferencia perceptible entre ambos lados es la basura de un improvisado vertedero -botellas, pañales, latas oxidadas-  casi junto al puesto fronterizo boliviano.