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Dejé Iguazú a media tarde y a la mañana siguiente, a primera hora, debía estar en Buenos Aires donde, además de la ciudad, me esperaba Migue, mi amigo de la universidad al que no veía desde hacía once años. Fascinante el paisaje de Misiones, parecido al de una manigua oriental cubana. Cuando me desperté, el autobús andaba aún por el área metropolitana de Buenos Aires, que como el de muchas grandes ciudades, era más parecido a un enorme polígono industrial, pero con vecinos.

Para llegar a la estación de autobuses hay que atravesar la villa, el barrio-favela de casitas ilegales pintadas de colores verdes, rojos y azules chillones que se han ido multiplicando alrededor de la zona de Retiro. Poco antes de llegar al barrio choco de frente con una valla gigante de Cristina, la presidente que se presentaba a la reelección, y detrás de ella, decenas de escolares con caras de felicidad delante de portátiles blancos. Ya sabía que el Gobierno había regalado tres millones de ordenadores a los estudiantes porque era uno de los argumentos de Mariano, un tatuador porteño con el que compartí asados y charlas en Puerto Iguazú, para defender lo bien que le iba al país con los Kirchner  (primero Néstor y luego Cristina, su mujer).

Argentina estaba en plena campaña electoral, sólo faltaban tres días para las elecciones presidenciales.  Dejar una valla con publicidad del Gobierno saliente, pagada por todos los argentinos, hubiera sido impensable en España. Algo así habría provocado una hecatombe, declaraciones de los candidatos a las agencias de noticias, denuncias a la comisión electoral hasta que se retirara la valla. Buenos Aires estaba empapelado de ‘Cristinas’, en mítines y dejándose caer en el hombro de su difunto marido. En España tampoco hubiera sido posible pegar carteles en cualquier lugar. Además de los de Kris (como le llaman sus simpatizantes) se veían también las caras de sus contrincantes.  De todos, recuerdo a un peronista pero no Kirchenerista, Rodríguez Saá, cuya promesa era Wifi gratis para todos.

Pero más allá de estas cursilerías de campaña, propias de un pobre país latinoamericano que de la rica y cultivada Argentina, Buenos Aires era a primera vista -y lo seguiría siendo los días siguientes- lo más cerca que había estado de Europa en América. A los sin techo de la ciudad se les veía hacer fuego, cocinar, almorzar y echar la siesta en colchones junto a monumentos y plazas, pero sigue en pie la elegancia del Viejo Mundo en sus calles, en los cafés y restaurantes –no los chics, sino en los que aún se ven a señoras con el pelo peinado de peluquería y a sus maridos de punta en blanco y pañuelo al cuello. Qué portes, cuánta belleza masculina –de la buena, la que mezcla el Viejo y el Nuevo Mundo- por no mencionar a las mujeres. Cuánta salud, cuántas librerías en Corrientes, qué ciudad tan literaria uno piensa.

'Sin techos', en pleno centro de Buenos Aires.

Muchas plazas y monumentos de Buenos Aires están tomados por 'homeless'. Escena de una sobremesa.

La estación Retiro fue mi primer contacto con Buenos Aires; allí tenía que coger el tren hacia Belgrano. Pocas estaciones tienen tal encanto, descontando la Grand Central de Nueva York y Charing Cross en Londres. Techos abovedados, pilares y suelo de mármol, lámparas con luces amarillas de otra época, tenues rayos de sol que traspasan los cristales de los techos y acentúan la altura en la forma que lo hacen las catedrales. Y frente a las taquillas -y éste es el detalle que más recuerdo- los mostradores ovalados de mármol, con pies de hierro fundido, dispuestos de tal forma que van como organizando la cola. Retiro y otras muchas estaciones se lo deben a los británicos, que montaron todo el ferrocarril en Argentina y lo administraron hasta que Perón lo compró en 1947, cuando ya perdía dinero.  El declive llegó a tanto que de aquella potente red que unía el norte con el centro y el este con el oeste hoy quedan sólo algunos trayectos desconectados.

Según me contaron, Ménem se quitó de encima las líneas que no eran rentables y desde entonces el tren vive una muerte lenta. Hay quienes ven otros intereses y la mano negra de un tal Moyano en los intentos de que reviva. Más de un argentino apunta a este hombre, el líder del mayor sindicato del país y quien es además el dueño de todo el transporte por carretera.

La noche electoral en la plaza de la Casa Rosada.

Cada vez que le preguntaba a alguien por el tren me contaba la misma historia. Lo mismo me ocurría con Cristina. Odio o amor, nada de posiciones intermedias. Los que la detestan empiezan por su populismo y se arman de datos para argumentar lo mal que va el país con la política de dar comida hoy y no preocuparse por el mañana, de los subsidios a Buenos Aires -donde vive un tercio de la población para asegurarse el triunfo- y a las madres solteras, creando un país de vagos. Los que la adoran arrancan diciendo que nunca Argentina había estado mejor y comparan la actual situación con las hambrunas y las ollas populares de finales de los ochenta y de la era Ménem, que lo vendió todo y con su fantasía del uno a uno (paridad del dólar y el peso) hizo que el país “se fuera  a la mierda” y el dinero de la gente, acorralado en los bancos. “Este Gobierno le ha parado los pies a los Estados Unidos, ha vuelto a hablar de sentirnos latinoamericanos, ha hecho que se reparta más la riqueza”, me contaba un chico de veintitantos de Santa Fé. Otro, mucho más mayor, me aseguraba que ya ni queda clase media.

Argentina es así, un país de extremas pasiones que, contrario a lo que pueda parecer, carece de orgullo patrio, defendía convencido un agricultor de Chubut. “No somos nacionalistas, la gente no se siente de Argentina. Aquí somos de Córdoba, de Buenos Aires o Rosario”. Los argentinos conocen el extranjero primero y el país después, es lo que dice todo el mundo, y algo que tal vez explique por qué muy poca gente con la que me topé en Buenos Aires había bajado a la Patagonia o viajado por el norte, más pobre y folclórico. “La gente del norte es my diferente a la de aquí”, le escuché decir en muy buen tono a un médico porteño, que no es el mismo tono con el que se habla de los bolivianos o peruanos.

Pero si hay algo que une a los argentinos es la gaseosa, las Malvinas y la convicción de que su historia, su sistema político, su añejo Peronismo y su realidad son muy complejas, “algo único en el mundo”, decía una noche un estudiante de Ciencias Políticas, dejándonos a los de fuera con la duda de si seríamos capaces de entenderlos. Reconforta escucharlos desgranar un asunto, todos parecen tener una opinión basada en hechos y datos razonables.

Viajar por Argentina y no hablar de política es como estar en Buenos Aires y no subir y bajar la calle Corrientes, pasar por el  Obelisco, darte una vuelta por el teatro Colón, por el barrio de la Boca, con su falso Caminito y su falsas fotos de bailadores de tango que cobran por prestarte el sombrero y caerte en sus brazos. Es como no pasear por Palermo, o llegar al cementerio de Recoleta y no ir a la tumba de Evita; o dejar de hacerte una foto delante de la Casa Rosada. Como no comerte un pancho (perro caliente), una bondiola (bisté de puerco con pan), una empanada o un choripán por ocho pesos en un quiosco de la calle, mi almuerzo de subsistencia. O no probar los alfajores de Havanna, los churros con dulce de leche, las facturas. O no darte un homenaje en una parrilla y probar las vísceras, incluidos los fácilmente olvidables riñón e intestinos. No comerte una porción de pizza en la Pizzería Güerín, aunque dicen que no es lo que era. Alguien que esté en Buenos Aires sí o sí tiene que sentarse en el café Tortoni.

Alfajor Havanna

Chimichurri para el chorizo.

Barrio de La Boca

Café Tortoni.

Estaba yo haciendo la cola para entrar al Tortoni el domingo en que Cristina barrió en las elecciones. Mientras esperaba pasaron por delante varios cientos desfilando con banderas rojas y  bancas, pero todos bailando al son de Cristina. La plaza de la Casa Rosada se iba abarrotando de gente con banderas argentinas, otras con su cara. Telas colgando con los rostros del Ché, de Tupac Amaru y Néstor Kirchner. “¿Por qué estaba toda esa gente allí si a fin de cuentas no cambiaba nada, va a quedarse el mismo Gobierno que estaba?”, me preguntaba Peter, el inglés que viaja conmigo.

Hay quien dice que la gente va a los desfiles por el pancho y la coca cola del después, pero eso no se lo conté porque no creo que lo necesiten. Lo que sí le traduje fue la tela que había colgando a un lado y que luego supe siempre está ahí en la plaza de la Casa Rosada. “Las Malvinas son, fueron y siempre serán argentinas”.  Hay señales en las carreteras que dicen lo mismo y el mapa oficial que compré incluye a las Malvinas como territorio argentino.

Es muy común ver estas señales en las carreteras.

Mapa oficial de Argentina.

“Los ingleses no son bienvenidos aquí”, le he escuchado decir entre bromas a varios argentinos. “No olvidamos nuestros muertos”, me recordó una mujer simpática que me recogió en una carretera perdida rumbo a Cholila. Tampoco los chilenos son del gusto popular por ayudar a los ingleses cuando las Malvinas. Peter no salía de su asombro, sobre todo porque dice que hay gente en Inglaterra que no sabría situar en el mapa Falkland Islands (las islas Malvinas sólo se les llama en español).

Pero Peter, como ocurre con el Fernet que no se quiere a la primera, se hizo querer con un desayuno inglés para seis: mi amigo cubano nacionalizado argentino, un brasileño, una venezolana que emigró hace más de veinte años, su hija nacida ya en Argentina y yo. En cada plato, un chorizo, baked beans (frijoles blancos en tomate), morcilla, champiñones, bacon, tomates pelados enteros de lata y un huevo frito sobre tostadas con mantequilla.

Sobre las Malvinas yo nunca tomé partido. La única guerra sobre la que intervine es la guerra contra la sal que el Ministerio de Salud ha declarado para aliviar el corazón de los argentinos. La cosa llega a tal punto de que hay que pedir al cocinero que le ponga sal a tu comida y encima están preparando una ley para prohibir los saleros en las mesas. ¿No será un crimen pedir un bife de chorizo sin sal?.



  1. Renay (Responder) el jueves, 27 de octubre, 2011

    Fantastico relato, donde con certeça describes las terribles incongruencias de un pueblo en formación. Por desgracia para los argentinos, el tema de Las Malvinas les ha sido impuesto como problema. En realidad.. ha sido mal gestionado, peor negociado y vilmente manipulado!! Pero bueno.. Te felicito!

  2. Álvaro de los Ríos (Responder) el jueves, 27 de octubre, 2011

    Vamos a ver. El artículo está muy bien. En ese estilo tan tuyo y tan latino que me hace recordar el ritmo mitad cadencioso y mitad atropellado que tienes al contar las cosas. Sigue siendo deliciosa, como el alfajor de maicena, la forma en que recreas atmósferas que envuelven. A medio camino entre Proust y Sartre. Pero tengo que hacerte una crítica, constructiva, de fondo. Me parece imposible pasar por Argentina y no hablar de fútbol. Imperdonable.

  3. Daniel (Responder) el jueves, 27 de octubre, 2011

    Hola May, te olviddaste de algo muy importante en la sección comida… La albaca y la pizza de la CAVADA.. La mejor pizza argentina. Besos a los dos