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Nuestro plan en Buenos Aires era quedarnos un mes, alquilar un pequeño apartamento, una habitación o trabajar en un hostal a cambio de alojamiento. Muy pronto olvidamos la opción de alquilar, que no bajaba de 500 dólares, por lo que nos aferramos a la última esperanza. Los dos primeros días en la ciudad lo dedicamos a visitar cada hostal de San Telmo, Monserrat y Palermo preguntando si tenían trabajo aunque fuera en la cocina. Llevábamos una lista de 30 o 40 y puedo asegurar que  estuvimos en más de la mitad. No hubo suerte; el intercambio de cama por trabajo no parece ser una costumbre porteña.

El alojamiento más barato que encontramos fue una habitación en una residencia de estudiantes por 360 dólares al mes; el hostal más económico no bajaba de 50 pesos diarios cada uno (US$10) en un dormitorio con diez más y eso si nos quedábamos más de dos semanas.  Lo pensamos dos veces y decidimos que la estancia en Buenos Aires iba a ser corta, quedaba mucho viaje por delante y el presupuesto ya venía corto desde Brasil. Una semana, sobre todo para no abusar de mi amigo Miguel, que se brindó a acogernos por unos días.

Por suerte teníamos su casa y su sofá cama, de lo contrario habríamos salido huyendo de Buenos Aires por los precios. Eso nos permitió ir más cómodos, darnos algún que otro homenaje y pasar algunos ratos con Migue, once años más viejos que la última vez. Los dos con canas, con nacionalidades distintas; yo más andrajosa, cliente de choripán y ropa usada del Ejército de Salvación; él, muchísimo más exigente con el placer. Vi votar a Migue aquel domingo de elecciones, le escuché defender a Cristina Kirchner con la autoridad que dan diez años de vida en Argentina, le vi esperanzado con el rumbo que van tomando las cosas. Le vi llorar cuando hablamos de lo que fuimos una vez, de la parte mutilada. Vi sus éxitos, le vi enamorado  y yo sé que él me vio perdida. Le vi muerto de vergüenza cada vez que yo pedía una jarra de agua del grifo en los restaurantes, ante la mirada inquisidora de la camarera. Hubo tiempo para el abrazo largo, pero nunca fue suficiente.

Partida con alfajores.

La semana acabó convirtiéndose en dos y hubiera seguido otra de no haber tenido ya los billetes hacia Bahía Blanca, lo más al sur que se podía llegar en tren. Cambiar de fecha significaba perder más de la mitad del dinero y no tenía reembolso. Tampoco era mucho, en realidad no me quedé más por vergüenza con Migue y con Dani, por tenerles la casa ocupada. Antes de irme, me aseguré de repetir en aquel restaurante cerca de la casa la pizza napolitana con rodajas de tomate y albahaca fresca, mi favorita en todo Buenos Aires;  de bajar otra botella de Fernet y unas cuantas Quilmes Stout.

Dije adiós a Buenos Aires tras un almuerzo de bisté de puerco, frijoles negros, tostones y churros con dulce de leche a cargo de Dani. Le pedí a Migue que nos abrazáramos fuerte porque podría ser la última vez. Nos despedimos y nos llevamos de regalo una caja de alfajores que en los días siguientes nos alegrarían las horas muertas del autostop. También cargamos con atuendo para el frío que nos esperaba en la Patagonia, una chaqueta de segunda mano naranja brillante y un jersey de lana con manchas y hombreras rosadas que terminé quitándoles. Nos subimos en el tren hacia Retiro sin billetes porque casi lo perdemos. Por primera vez no llevábamos el ticket  y, por primera vez, había un tipo plantado a la salida revisando. Le dije la verdad, que no pudimos comprarlos porque subimos corriendo. Le pedí que me dejara salir a comprarlos. Me dijo que no, y me propuso volver en tren de donde venía o pagar  veinte pesos por la multa. Le di la espalda, Peter pasó en un descuido y me dio un boleto usado que recogió del suelo.

Mi chaqueta de cinco dólares comprada en el Ejército de Salvación para el frío de la Patagonia.

En Retiro cogimos el metro a Constitución desde donde salía el tren a Bahía Blanca. Ya estaba en el andén y en media hora debíamos salir. Era ya de noche y el tren no tenía luz. A duras penas encontramos nuestros asientos. Nuestro coche tenía dos filas, una de tres plazas y otra a la derecha de dos. Por fortuna, nos tocó en ésa. El tren era de madera, bonito en su vejez y los asientos estaban forrados de vinil verde oscuro. Nos acomodamos en medio de la oscuridad, subí las persianas de metal y la ventana con toda mi fuerza como solía hacerlo en mis viajes en el Camagüeyano, aquel tren que me llevaba a la universidad de Santiago de Cuba y al que todo el mundo le llamaba El lechero de tanto que paraba. Llegando a Las Tunas la gente empezaba a subir con gallinas, puercos, sacos de arroz. Los pasillos iban tan abarrotados que no se podía salir del asiento, recuerdo estar orinándome diez horas. Creo que por esa época odiaba los trenes.

El baño del tren.

Al poco rato prendieron las luces y el tren echó a andar. Dejé la ventana abierta para el oler el viaje, el viento dándome en la cara me hace tener una idea de la velocidad a la que avanzamos. Afuera todo estaba a oscuras. Cada dos por tres me quedaba dormida y me despertaba con los frenazos del tren. Me gusta cómo frenan los trenes cuando van llegando a una estación, es como una parada en seco y luego se escucha algo así como si se le estuviera saliendo el aire. El vagón del tren debía ser como de la época en la que los británicos mandaban en el ferrocarril de Argentina. La puerta del baño no cerraba y el inodoro consistía en un hueco. A ambos lados imitaciones de pies número 44 o 46. No había agua. Me bajé el pantalón hasta la rodilla, puse mis pies en los moldes de pies enormes y el tren volvió a echar a andar. De golpe entró un airecito frío por el hueco que me refrescó todo dentro.



  1. Renay (Responder) el domingo, 6 de noviembre, 2011

    No.. no era del tiempo de los Ingleses, pues el Payaso de Perón, El Abominable, se lo compró a los ingleses cuando ya caducaba la consesión como una de sus medidas populistas y demagógicas. De hecho, la Argentina de los militares, le vendio a Cuba gran parte de la actual deuda, principalmente con trenes Fiat, y Dodges. Ya sabes que llegare el 1ro de enero.. dejame saber por donde andas.. Rrenay