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Cómo tiene que ser levantarse un día y ver todo lo tuyo hecho polvo, o cenizas o, simplemente, no verlo. Cómo tiene que ser vivir un terremoto, o que un huracán te arranque el techo llevándose tus recuerdos, las fotos, la bisutería de años, los libros, el búcaro que te regaló alguien, esa planta que llevabas un año regando, la cubertería, los platos… Cómo tiene que ser quedarse a solas cuando sale el sol. Siempre me ha dado más miedo el día después que el ciclón en sí, la terrible escena de árboles por el piso, cables, colchones, zapatos flotando. Nunca me olvido de los huracanes en Cuba, de las primeras declaraciones a la radio de gente que lo ha perdido todo y que, en vez de llorar lo suyo, empieza por manifestar su “apoyo al Comandante y a la Revolución”.

Lo que pasó por Villa La Angostura, un pueblito de la provincia de Argentina de Neuquén pegado a la frontera con Chile, fue más o menos lo mismo que un huracán. Un día se levantó hecho ceniza nada más, las del volcán Puyehue, en el lado chileno. La erupción del volcán había ocurrido en junio y a estas fechas – finales de noviembre- todavía seguía cubierto de polvo. Habían limpiado un poco el pueblo, pero las cenizas volvían a los techos, a las calles, a todas partes. Lo peor es que no se sabía hasta cuándo duraría, me contaba un vecino. En Chile ya no es un problema; en Argentina, sí, y la culpa es del viento.

El lago Nahuel Huapi, alrededores de Bariloche.

Hoy hay poca ceniza, ha estado lloviendo y la lluvia aplaca el polvo. El pueblo está vacío de turistas y parece que no pocos vecinos están preparando las maletas. En muchos negocios hay carteles ofreciendo servicios de mudanzas hacia cualquier parte de Argentina. Villa La Angostura se ha llevado lo peor pero los efectos del volcán también se sienten en la vecina y rica Bariloche, con la mayor pista de esquí de Sudamérica y que, fundamentalmente, vive de sus montañas. Todas las reservas de invierno y verano están canceladas, el aeropuerto sigue cerrado y pocos se atreven a llegar por carretera. Lo supimos por Mariano, un politólogo que nos llevó desde el Lago Verde, nos ofreció quedarnos dos días en su estudio vacío de Bariloche y dedicó sus dos horas de almuerzo a enseñarnos los alrededores. Pero, a diferencia de Bariloche, caminar por Villa La Angostura deprime; techos hundidos por el peso de las cenizas y las piedras que soplan desde el volcán, paisaje gris.

En Villa La Angostura intentamos hacer autostop hacia Chile, pero después de dos horas decidimos avanzar 15 kilómetros en un autobús hasta el mirador Italco. Por el camino, el lago Nahuel Huapi – enorme- seguía acompañando a un lado; del otro, tuvimos por un momento al río Correntoso, de apenas 300 metros y, según dicen, es el tercero más corto del mundo.

Autostop en Villa La Angostura.

Volvimos  a la carretera, a una empinada cuesta con curvas. Quedaban todavía unos 80 kilómetros para la frontera con Chile. Seguía lloviznando, seguía el frío y el viento y yo desabrigada: horas antes, el viento se había llevado mi chaqueta naranja de segunda mano. Pero nosotros seguíamos al lado de la ruta, con los ponchos y las mochilas puestas. La mayoría del poco tráfico que pasaba era camiones cargados de tierra. Cada vez que pasaba uno me volvía de espaldas para no tragarme el agua enfangada. Me salpicaban toda. No podía desesperarme y seguía sacando el dedo. Ya me salpicaban hasta las motos. En ese momento hubiera cogido un avión de vuelta a alguna parte, en ese momento lo hubiera dejado de todo de haber tenido opciones.

Dos horas después un campesino nos recogió y nos advirtió de que el cruce con Chile cerraba pronto y que lo mejor era que nos quedáramos en un camping. Mientras avanzábamos me fue enseñando los destrozos. “En Chile no les afectó tanto como a nosotros, ya ni hablan de eso. No es culpa de ellos, es la naturaleza. Todo ha sido muy triste, aquí todos vivimos del turismo y no está viniendo nadie”.

Vista del lago Nahuel Huapi frente al camping.

Árboles del camping.

Río que atraviesa el camping.

El paisaje es desolador, la belleza de los bosques y montañas se ha transformado en árboles enterrados en las cenizas, árboles que ya no son verdes, casas abandonadas. El Nahuel Huapi tenía un color verdoso y no el azul de siempre. El hombre había nacido y vivido allí toda su vida, y después de cinco meses aún hablaba con tristeza. Nos adelantó 20 kilómetros hasta el camping, allí aparcó su camioneta y cogió el bote para cruzar el lago. Vivía del otro lado, en medio de la montaña.

El camping estaba abandonado, carteles descoloridos en los baños pidiendo que cuidaras la limpieza. Que no arrojaras papeles al inodoro. Normas de épocas mejores. Los bancos de arena en el lago eran bancos de ceniza y el color de playa del Caribe era un defecto.

Al día siguiente pasamos caminando la frontera argentina. Simple, fácil. El lado chileno estaba aún a 30 kilómetros y no había transporte público. Otra vez autostop, otra vez frío, lluvia y viento. Más horas esperando hasta que una pareja de Bariloche paró y nos cruzó hasta Chile. Coco y Eli iban huyéndole al frío, a coger sol, aunque después supimos que en realidad iban a comprar una máquina de  helados. Ese día empezaban una vida nueva, se habían comprado una camioneta vieja, la habían acomodado con un colchón, un viandero y un colgador de ropa y querían viajar por Sudamérica vendiendo helados. Llevaban dos años juntos. Coco, que debía andar ya por los sesenta, había viajado mucho por Europa, pero Eli apenas había salido de Argentina. Se le veía indecisa, con miedo, pero ya estaba en el camino.

Cenizas del lado chileno.

Entrada a Chile.

Con ellos entramos a la aduana chilena, mucho más sofisticada, con toda clase prohibiciones, de vigilancia. Vegetales, prohibidos. Frutas, prohibidas. Carnes frescas, prohibidas. Condimentos, prohibidos. Semillas, prohibidas. Granos, prohibidos. Toda la comida tiene que estar cocinada, y la carne sin hueso. Declara todo lo que llevas y te evitas problemas, advertían los carteles porque las multas costaban no sé cuánto. Rellenamos la declaración de las cosas que llevábamos. Una zanahoria, un plátano y media cebolla. Todos nuestros equipajes fueron a una mesa para ser olfateados por un perro enorme entrenado en todo tipo de comidas. A su lado, policías uniformados y de guante blanco. Nos sacaron todo, nos olvidamos de declarar medio paquete de lenteja y un ajo. A la basura.

Con Coco y Eli, en Aguas Calientes (Chile).

Encontraron en mi mochila el plátano, la zanahoria y la media cebolla. La habíamos declarado, pero eso no quería decir que no te la quitaran. También a la basura. Le pido a un policía que me deje comerme el plátano. Ese día no había desayunado y eran casi las tres de la tarde.  “Tiene que esperar, debo consultarlo con mis superiores”, contesta. Al poco rato vuelve y me dice que ya puedo comerme el plátano pero tengo que hacerlo rápido. Me comí el plátano, di una vuelta por el contenedor con la comida incautada y cogí una manzana. Esta vez no me la comí rápido, sino kilómetros después, junto al cartel de bienvenida a Chile.



  1. emilia (Responder) el domingo, 27 de noviembre, 2011

    Hola! de cuándo es está publicación ?
    Con mis amigas queremos ir después del 15 a Villa La Angostura y Siete Lagos, de mochileras, y quermos saber cuál es la situación allá, sobretodo respecto del tema cenizas.
    Muchas gracias!

    • Mai (Responder) el domingo, 27 de noviembre, 2011

      Hola.. Gracias por el comentario. Pasé por ahí hace menos de un mes y te diría que Villa La Angostura es el pueblo más castigado de la zona, pero se puede estar; también en los campings de la zona. Si no hay mucho viento, se está bien. Muchos campings están cubiertos de cenizas pero no es irrespirable. Yo fui a uno que estaba a 20 km de la salida de Argentina, pasando Villa La Angostura. Yo te diría que no hay de qué preocuparse. Feliz viaje. Por cierto, hace un mes la carretera de los Siete Lagos la estaban reparando y no se podía acceder a San Martín de los Andes desde Bariloche, así que echa un vistazo a ver si ya está abierta.

  2. Gustavo (Responder) el domingo, 27 de noviembre, 2011

    Hola,
    estuve con mi compañera en febrero. Está un poco mejor, se puede hacer el camino de los siete lagos pero la carretera está muy fea y cada auto que pasa levanta la ceniza.
    Los barilochenses agradecen a cada turista que confió en ellos y los fue a visitar este verano. En realidad, si nunca fuiste no está tan mal. Si volviste por nostalgia, te vas triste. Cuando cae la bruma de la ceniza no ves ni el cerro Otto a tus espaldas. La orilla opuesta del lago desaparece.
    En fin, Bariloche se va a recuperar. Tiene todo para hacerlo y cuando el viento sopla hacia el nordeste, el cielo se despeja y el paisaje continúa siendo un regalo bellísimo.
    En el camping te espera una capa de ceniza de 1 cm que te deja todo blanco.
    Aguante Bariloche !! Igual vale la pena ir, el lugar es maravilloso y los barilochenses hacen todo por recibir al turismo, han bajado los precios mucho y está muy accesible