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La parada en Esquel fue breve, de diez minutos, lo suficiente para coger un colectivo a Trevelín. Esquel, sin embargo, tiene su historia. Además de atraer esquiadores en invierno, allí empieza y termina el recorrido de La Trochita o el Viejo Expreso a la Patagonia, un tren minúsculo a vapor que en su momento transportó pasajeros y que hoy lo sigue haciendo pero como atracción turística. Es como de miniatura, pero no es el tren a vapor más pequeño del mundo que sigue rodando. Según los ingleses, es el Romny, Hythe and Dymchurch Railway (Kent), donde de ancho solo caben dos personas sentadas.

Ni siquiera por la foto fui a la estación de la Trochita. Llegamos a Trevelín, un pueblo cordillerano fundado por galeses, con una plaza en la entrada y una avenida principal, pero pintoresco por la forma en que Los Andes lo rodean. Ya era primavera y las cumbres más altas seguían  nevadas. Compramos -humildemente- medio kilo de cordero patagónico  y emprendimos camino hacia el Parque Los Alerces, todavía provincia de Chubut, todavía en la Patagonia. Por aquel entonces poca idea tenía de lo que iba a encontrar. Desconocía que un alerce era un árbol milenario y que en el parque los había de hasta 2.000 años.

Para llegar al parque quedaban 50 kilómetros de autostop. La espera en la carretera se alargó y alargó hasta tres horas, con un molesto viento frío de frente.  Un camionero se apiadó y nos dejó a 15 kilómetros de la entrada. El tipo era medio galés, con acento más chileno que argentino. ¿Hacia dónde van?, me pregunta. “Al parque, a acampar en la zona de los lagos?, le respondo. Al tipo le cambió la cara. “Acampar ahí es peligroso. ¿Tú has oído hablar del Hantavirus?”, me dice esperando un sí. “No”, le contesto. “Mi hijo trabaja en un hospital y dice que es increíble ver cómo  muchos llegan caminando y en unos días están muertos.  Vayan a un camping oficial, no crucen una tira roja porque esa zona está infectada. Y pónganse un pañuelo en la nariz todo el tiempo”.

Autostop de camino a Los Alerces.

Paisaje de subida al parque.

Yo, que por herencia materna tengo un ramalazo de ama de casa hipocondríaca, pensé en todas las desgracias. El virus se transmite por la orina y caca de los ratones y afecta directamente a los pulmones, continúa diciendo el camionero. Si un ratón ha orinado e inhalas ese polvo, eres hombre muerto. El pánico empezó el año pasado, con la floración de una especie de caña seca. Sólo ocurre cada cincuenta años y los ratones, al tener comida garantizada, empiezan a quererse y a multiplicarse.

Enseguida busqué un pañuelo y me lo puse en la nariz. “Ahora no”, me suelta el hombre riéndose, “póntelo cuando camines por la ruta”. El camionero seguía dándome detalles escabrosos mientras yo pensaba en mi poca fortuna, venir justo con esa cantidad de ratones. Nos bajamos del camión y yo, ya con mi pañuelo puesto, luchando por no respirar fuera. Nos cruzamos con unos campesinos y ninguno llevaba tapada la nariz. Qué inconscientes, pensé.

Logramos llegar a la oficina de información del parque. Un chico con pintas de biólogo me calmó con una disertación que venía a decir que el peligro estaba en respirar en lugares cerrados. Al parecer, habían encontrado algunos ratones infectados en dos campings, pero permanecían cerrados. Con ratones o no decidimos seguir con el plan de acampar unos días. Al menos no teníamos que pagar los 50 pesos de la entrada -la temporada empezaba a mediados de diciembre- y podíamos elegir cualquier camping porque ninguno estaba oficialmente abierto.

Lago Futalaufquen.

El parque lo formaban varios lagos y ríos. El lago Futalaufquen, Menéndez, el Lago Verde y el Rivadavia. La primera noche la pasamos junto al Futalaufquen, cristalino, hermoso con su montaña nevada detrás, una escena que traía a Nueva Zelanda de vuelta. Pero lo más sorprendente estaba por llegar.

Al día siguiente decidimos ir hasta el corazón del parque, el Río Arrayanes. Por el camino comienza el espectáculo del río, que baja verde por entre las montañas. Caminamos unos cuantos kilómetros de subidas y bajadas por una carretera de tierra, ahogándonos en el polvo cada vez que pasaba un coche y pensando si estaría cagado u orinado por un ratón. Mientras nos acercábamos, el Lago Verde se iba colando poco a poco entre los árboles hasta que lo tuvimos de frente. Si mi romance con Argentina había empezado en Buenos Aires y continuado por los desolados paisajes patagónicos, el Lago Verde era la tercera buena razón.

Otra perspectiva del Lago Verde.

Una pequeña isla en el Lago Verde.

Desde Los Alerces se puede ver este glaciar en la cumbre de esa montaña.

De allí fui incapaz de irme en doce días. Pusimos la tienda en el mejor lugar, a pocos pasos del lago, junto a una parrilla y una mesa. Doce días de aislamiento, sin noticias del exterior, con goteo de gente de paso, de pescadores de mosca con poca fortuna y de algunos porteños con guitarras. Pájaros carpinteros al despertar, llamas adolescentes escurridizas al anochecer, animales con rostro de gato- perro no distinguibles sin gafas. El sosiego de las rutinas sencillas. Abrir la tienda, contemplar el lago cada vez más cercano por el deshielo, hacer fuego para el café, leer;  la comida, otro fuego. Organización primitiva, yo me dedicaba a lavar sentada en un tronco, mientras la otra parte se encargaba del fuego, la recolección y la pesca. El baño diario, a orillas del lago, aún congelado.

El lago Verde, al anochecer.

Las provisiones se fueron agotando, no hubo éxito en la pesca y al quinto día tuvimos que racionar hasta la última manzana. El pueblo más cercano, Cholila, estaba a 80 kilómetros por una carretera de tierra y piedra, pero no quedaba otra que salir a buscar comida. Por el parque sólo pasaban turistas y guardaparques, a una media de un coche por hora; había un colectivo tres veces por semana, pero costaba cerca de siete dólares y no queríamos gastarnos ese dinero. Salimos a la carretera a las 10.30 de la mañana y a las cuatro logramos que un coche blanco nos parara. El conductor no quería subirnos porque llevaban un perrito blanco detrás, pero le rogamos y aceptó. Era una pareja de jubilados de Buenos Aires. La mujer tenía un geriátrico y, según me confesó, dinero suficiente para viajar y pasar la vejez en una residencia donde poder leer. No estaba de acuerdo con el sacrificio de perderte tu vida por tu padre o madre,  me soltó poco antes de despedirnos.

Cargamos comida para una semana y salimos otra vez a la carretera. Estaba cayendo la noche y un hombre de la aldea junto a la que esperábamos nos advirtió de que a esa hora no entraba nadie al parque. Vimos a un ciclista que se aproximaba y allí, en medio de la nada, a 1.500 kilómetros de donde nos habíamos visto por primera y última vez, volvimos a encontrarnos con el ciclista colombiano. Mauricio iba de bajada hacia Ushuaia y terminamos pasando dos días juntos. Supimos que era un ingeniero  industrial de Bogotá y que había salido pedaleando desde Ecuador.

 

Escenas cotidianas.

Mauricio y su bicicleta, antes de salir.

Mauricio andaba con 20 kilos de cosas en su bicicleta. Comida energética, la ropa y la tienda para acampar. En los pueblos les pide a los bomberos quedarse en el cuartel y otras veces la gente lo invita a sus casas. Come gratis muchas veces. Cada día se despierta a las 6.30 de la mañana, hace media hora de estiramiento y tarda dos horas en organizar todo encima de la bicicleta. Si la carretera está asfaltada hace hasta 80 km por día y si es de tierra no pasa de 50. Todos los días se le pincha la rueda, y a parar y arreglarla, con lluvia, con viento, con frío. Hace siete meses que pedalea y me asegura que jamás se ha bajado para subir una loma caminando. “Cuando no puedo más, cuando creo que ya voy a parar, le hablo a la montaña y le pido que me deje subir”.



  1. hatuey (Responder) el martes, 22 de noviembre, 2011

    Un buen artículo, muy ilustrativo para conocer la zona, solo que la velocidad del colombiano me deja algunas dudas.

    • Mai (Responder) el martes, 22 de noviembre, 2011

      Eso me dijo él. O igual me dijo que hacia 50 kilómetros en el día por carretera de ripio y 80 por asfaltada. Voy a ver las notas. Gracias por la precisión, padre mío.