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El sol pegaba fuerte esa mañana en Río Colorado. Pasamos junto a una valla dando la bienvenida a Río Negro y a la Patagonia y decidimos hacer autostop justo a la salida de la gasolinera. El cartel decía Ruta 251, la carretera que baja hacia la costa atlántica. Nuestro plan era llegar lo más al sur de Argentina que pudiéramos en tres o cuatro días porque en una semana nos habíamos comprometido a trabajar en una granja como voluntarios.

Llevábamos casi una hora sacando el dedo y el cartel cuando vimos pasar el coche azul de Walter. Él y su hijo iban a ver las avionetas al aeroclub. Le dije que al final él nos había convencido de ir más al sur y que íbamos a bajar por la costa. Le enseñé el cartel y en ese momento se le ocurrió que a lo mejor había alguna avioneta para Puerto Madryn o Trelew porque había venido gente de todo el  país. Su ofrecimiento fue tímido y yo me quedé callada. Walter miró directamente a Peter y le dijo en español bien clarito: “¿Estás interesado en irte en avión?”. Peter, sin dudarlo, le contestó a rajatabla que no, que él prefería viajar por tierra.

Yo no insistí porque conozco a los ingleses y porque, además, desconocía si nos iba a costar dinero. Así que Walter nos deseó suerte y se fue. Me quedé vacilando y fue entonces que le pregunté a Peter en inglés bien clarito: “Do you realise the chance we’ve just missed of being taken on a small plane?” (¿Te das cuenta de la oportunidad que hemos perdido de ir en avioneta?”. Peter pensó que Walter le estaba ofreciendo llevarnos hasta el aeropuerto para que cogiéramos un avión común y corriente. Cuando le conté que era una avioneta privada y que  podría ser gratis, se puso como loco. “Mai, eso es el sueño de todo el que hace autostop”, me contestó con las manos en la cabeza.  Y acto seguido me pidió que llamara a Walter y le dijera que había sido un malentendido.

Caminé un kilómetro hasta encontrar un teléfono funcionando, pero el número que aparecía en la tarjeta que Walter me había dado era el fijo de su trabajo. Volví y empezamos a hacernos a la idea de que no tomaríamos ninguna avioneta. A la media hora empezaron a sobrevolarnos pequeños aviones y decidimos que saldríamos a buscar nuestro avión. Y al aeroclub fuimos.

Empezamos a fijarnos en la trayectoria de las avionetas al despegar y aterrizar y dimos con la carretera de tierra que llevaba a la pista. Caminamos casi una  hora, de prisa, con 20 kilos a la espalda y un sol que rajaba las piedras. Llegamos al aeroclub y reconocimos el coche de Walter. Entramos, la gente estaba sentada frente a la pista, bebiendo y charlando. Todos parecían amigos y conocidos. Enseguida encontramos a nuestro hombre.

Casi me muero de vergüenza al  explicarle que Peter entendió todo el revés. Nos dijo que si en la avioneta había espacio, nos llevarían gratis. Nos quedamos con una pareja de amigos suyos, y al cabo de diez minutos Walter regresó y nos dijo que  ya tenía una avioneta para nosotros y que debíamos abordar ya. Nos llevó en su coche hasta la pista donde nos esperaban el piloto y su mujer. No podíamos creerlo, guardamos una mochila en minúsculo compartimento al lado de un ala y la otra la pusimos dentro, junto a nuestros asientos. Teníamos que despegar lo más rápido posible porque estábamos bloqueando el paso.

Acomodados en la avioneta.

El piloto y su pareja.

Con las prisas se nos olvidó preguntarle a Walter hacia dónde íbamos exactamente. El piloto, un hombre ya mayor y lleno de canas, y su mujer, mucho más joven, fueron conversando entre ellos con unos cascos puestos. De vez en cuando la mujer, que luego supe era paraguaya, se giraba y nos sonreía. Nosotros no salíamos de nuestro asombro, sobrevolando la Patagonia en una avioneta y viendo con claridad todo el escenario. Emocionados no sólo por eso, sino por la forma en que había ocurrido todo.

El avión por dentro era como uno grande, pero en miniatura. Cortinas blancas minúsculas, minúsculos ceniceros. Todo por dentro esta forrado en damasco verde olivo, incluyendo los asientos; todo materiales de otra época. Dentro, sentíamos cada nube, cada bajada o subida como si nos fuéramos a caer. Yo estaba un poco mareada, pero no me importaba. Empezó a llover y tuvimos que subir un poco para sortear la lluvia. Pasamos de un sol espléndido a ver todo borroso, la Península Valdés apareció en claroscuro , también el Puerto Madryn.

Desde la ventana.

En menos de dos horas estábamos aterrizando en medio de un desierto y sin saber hacia dónde nos dirigíamos. Aplaudimos el aterrizaje y nada más bajar el piloto nos rindió un pequeño parte del viaje: 580 kilómetros a una media de 300 km/h. El hombre era italiano, llevaba unos sesenta años viviendo en Argentina y unos cuarenta volando.

Le ayudamos a meter el avión en el garaje y ya en su coche, de camino a Trelew, nos dijo que pilotar era su hobby. Ya él estaba retirado pero tuvo una constructora y solía visitar muchas obras en su avión. Nos dijo que a él le gustaría ir a todas partes pero que el combustible le salía extremadamente caro. Una hora de vuelo le costaba entre 60 y 70 dólares.

Foto colectiva tras el aterrizaje.

Empujando la avioneta en el garaje.

En Trelew no conocíamos a nadie, pero ya la paraguaya nos había comentado que en la zona no había hostales ni campings baratos, sólo hoteles. Nos bajamos en el centro del pueblo y nos despedimos asegurándole a aquel hombre que  probablemente aquella había sido una de las mejores experiencias de nuestras vidas.

Por fortuna en Rawson, a unos 15 kilómetros de ahí, vivía una pareja que había estado en Cuba, conocía a mi padre y a su mujer. Incluso, cuando ella estuvo en Argentina esa pareja le pagó casi sin poder un billete para que los viniera a visitar al sur. Así que sin haber hablado jamás con ellos, ni ellos saber de mi existencia y presencia en Argentina, los llamé y les pedí -creo que con segundas- quedarnos en su casa esa noche.

En Rawson ya era de noche y soplaba ese frío de la Patagonia que se mete por los huesos. Nada más bajarnos del autobús tuvimos que ponernos todos los atuendos que compramos en Buenos Aires. Pasadas las ocho tocamos en la puerta de la casa que tenía un sauce llorón en la esquina. Poco a poco me fui relajando, Maxi y Flavia nos hicieron sentir muy cómodos. Les contamos de los planes de atravesar la meseta patagónica de este a oeste y subir junto a la cordillera de los Andes. Les dijimos que traíamos una hamaca profesional de la selva, con mosquitero, y sacos de dormir.

Con Maxi y Flavia, en su casa de Rawson.

Sé que no se rieron por respeto pero debieron pensar que éramos unos completos inocentes. ¿Cómo se nos podía ocurrir acampar con una hamaca en la Patagonia? Aquí no importa si es verano, baja la temperatura de golpe y arranca a llover, nos decía sorprendido Maxi aquella noche delante de un vino roble de Neuquén. Así que salimos de la casa del sauce llorón con una tienda de campaña que deberemos enviar en un autobús de vuelta desde Mendoza. En lo que lo argentinos llaman encomiendas y que a mí me suena a esas novelas en la que los malos españoles saqueaban a los indios y se llevaban el oro de las Américas.



  1. Alice (Responder) el sábado, 12 de noviembre, 2011

    The blog is cool

  2. Wall Street International Magazine (Responder) el sábado, 12 de noviembre, 2011

    Estimado(a),

    Somos una webmagazine internacional creciente que opera como comunidad de noticias compartidas. Recientemente, nuestro autor Fernando Miguel escribió un articulo muy interesante sobre su viaje de autostop por la Patagonia argentina.

    Aquí en nuestro sitio Web:
    http://wsimag.com/es/viajes/17164-yo-soy-el-solito

    Por la calidad y pertinencia del artículo en cuestión, pensamos que vuestra página estaría interesada en compartir en las redes sociales y plataformas web el tema expresado.

    Gracias de antemano por su atención.

    Atentamente,
    Manuel A. Fernandes