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Pido perdón por no haber ido a la Península Valdés. Pido perdón por no haber ido a ver las ballenas, los lobos marinos, los pingüinos y otras ciento una especies. Pido perdón por saltarme este Patrimonio de la Humanidad. Y pido todos estos perdones porque lo peor no fue que no fuera, sino que me quedara a medio camino por no pagar los 70 pesos que costaba la entrada.

El viaje es una constante elección y es mejor no pensar en lo que dejamos. La  Península Valdés es de esos imperdibles en Argentina. Yo llegué en la buena época, en el momento de avistar ballenas. No iba a pagar un barco que me llevara mar adentro, pero me iba a acercar al mar por si las veía. Ésa era mi intención, así que cogí un bus desde Puerto Madryn a Puerto Pirámides, que está mucho antes de la Península y donde pasaría la noche en un camping.  La mayoría de los turistas contratan excursiones para ver las ballenas. Yo prefiero verlas por casualidad, nunca me he zambullido con ballenas ni con delfines. No me gustaron ni de niña, como tampoco me gustan los acuarios ni los zoológicos.

Había recorrido la mitad del camino en el bus cuando paramos en una garita y subieron un hombre de uniforme seguido de un policía. El primero empezó a preguntarle a cada pasajero su procedencia. En ese momento escuchamos decir que había que pagar 70 pesos (USD$16) por cabeza para seguir adelante. Al parecer entrábamos en una reserva natural y todo tenía especial protección aunque no llegaras hasta la Península.  El hombre de uniforme llegó hasta mí. ¿De dónde es?. “Cuba”. Lo de siempre, no soy del Mercosur ni de la comunidad andina. No clasifico. Le explico al cobrador que me voy quedar una noche en el camping, que mañana regreso y que por eso iba en el bus. Que yo no iba específicamente a la Península Valdés. “Hay que pagar la entrada, no importa si sale en una hora”, me contesta. No quiero pagar y, además, no llevo ese dinero encima porque nadie nos advirtió en la estación, le digo. Y así, haciendo un ridículo del que no me arrepiento le pido al conductor que me dé las mochilas y que nos recoja en el camino de vuelta si es posible. “En hora y media”, me responde.

Y así terminó la historia, sin ballenas y esperando en un desierto y con rachas de viento de al menos 50 km/h. Regresamos a Puerto Madryn, pasamos la noche como pudimos y al día siguiente volvimos a la carretera, a hacer dedo, para atravesar la meseta patagónica de este a oeste. El destino, Esquel, Bariloche. Nos quedaban unos 800 kilómetros por delante y entre llegar a la carretera correcta, un aguacero con relámpagos y truenos y algún que otro imprevisto, nos dieron las seis de la tarde. Con amenaza constante de lluvia, y la vista puesta en una gasolinera abandonada para pasar la noche. Empezaba a lloviznar, y a correr hasta la estación. Paraba, y a la carretera otra vez con todos los bultos, incluida la tienda prestada.

La ruta 25, a la salida de Gaiman, pueblo de galeses.

En esas idas y corridas una camioneta Ford, como de los setenta y que no tenía pinta de llegar muy lejos sin romperse, nos paró. Acomodamos las mochilas en la parte de atrás y nos subimos. Yo en el medio, al lado de la palanca de cambios. El tipo, que en las siguientes horas llegó a ser entrañable, se llamaba Álvaro, vivía en Trelew y esa noche iba para Gobernador Costa, a unos 600 kilómetros, a resolver unos asuntos. Vimos el cielo abierto, significaba adelantar 500.

Álvaro también vio el cielo abierto, compañía para tantas horas de estepa patagónica. La ruta 25 corta la meseta de la provincia de Chubut de lado a lado y durante cientos y cientos de kilómetros lo único que ves a ambos lados son campos y campos de neneo, esa hierba bajita espinosa de la Patagonia que cuando se seca, sale volando con el viento. No hay un árbol, no ves pasar un alma, apenas hay tráfico. Todo está al mismo nivel de la carretera, es como el desierto de Arizona o Nuevo México sin cactus. Me gusta esa soledad, es una soledad con melancolía que trae de vuelta nostalgias confusas. Es una soledad para ir en silencio, una soledad que se disfruta. Pero Álvaro no me dio tregua, empezó a las seis de la tarde y no paró hasta las tres de la mañana. Caí muerta a la una y Peter tomó el relevo.

Álvaro no había estudiado mucho, pero hablaba de todo con esa vehemencia y claridad como la de quien no tiene quien lo contradiga. Por pasividad de la audiencia, o porque cada opinión está basada en hechos irrefutables. Álvaro era mecánico y un enamorado de los carros americanos de los cincuenta, del rock and roll, también americano y de los cincuenta. “Aquí los Estados Unidos no gustan mucho pero a mí me gusta todo. Ahora sólo entran autos hechos en Brasil que no aguantan cuando los metes en el campo. Los campesinos necesitan una camioneta dura para los caminos de ripio (tierra) y las distancias tan largas. La mayoría tiene la chacra (finca) a 400 kilómetros de sus casas”.

Camioneta populares en Chubut.

Cualquier ciudad de Chubut tiene casi tantos coches viejos como La Habana. Camionetas Ford, Dodge y Chevrolet, incluso Ladas estilo soviético, van de un lado para otro. También viejos Volkswagen. Y todo tiene su explicación -me contó Álvaro- en una ley que en los ochenta permitió a la gente de Chubut importar autos americanos sin pagar impuestos.  La camioneta de Álvaro estaba decrépita por fuera, pero, según él, aún bien dura. “Fue lo mejor que mi padre se pudo comprar trabajando toda su vida”, decía mientras pasaba la mano por encima del mueble donde debía estar una radio. A Álvaro se le veía un tipo modesto, por la ropa y porque, además, le faltaban algunos dientes.  Yo escuchaba atenta a cada cosa que decía, incluso cuando no me interesaba o cuando desconocía de lo que hablaba. Como cuando me explicó el origen de los glaciares y cómo habían ido viniendo desde la cordillera hasta el este, rompiendo la tierra. “Esto que ves” –apuntando a la carretera a medio asfaltar y con piedras pequeñas- “era hace cientos de años el fondo del mar. Toda la Patagonia era mar”.

Sunset en Las Plumas.

A Álvaro le gustaba conducir despacio. Avanzábamos a una media de 80 km/h que se convertían en 60 cuando se entusiasmaba.  Como cuando le pregunté por la actual presidente, Cristina Kirchner. “Dice que está al lado de los pobres pero qué clase de ejemplo puede dar si se compra un par de zapatos de 10.000 dólares”.  Y no paró de criticarla. Desde el carísimo mausoleo que le levantaron a su marido, Néstor Kirchner, en Santa Cruz, hasta su política de subsidios. “Habla con la gente de pueblos pequeños, con la gente del campo y te dirán lo mismo que yo”, recuerdo que me decía. “Está haciendo de Argentina un país de vagos. A las madres solteras se les subsidia todo, a la gente que no tiene trabajo (el salario universal). Este Gobierno ha hecho que sea mejor quedarse en la casa. Los argentinos no quieren trabajar el campo; yo no encuentro a nadie que quiera hacerlo por 150 pesos diarios. Los bolivianos que vienen cultivan de sol a sol”, se queja mientras saca otro tema que lo acalora: el reclamo de tierras que los descendientes de los tehuelches (pueblo originario de Argentina) han empezado a hacer al Gobierno.

“Lo que pasa es que la gente no sabe cuando habla de los mapuches, que es la cultura, la lengua y la religión de los araucanos, los indígenas chilenos. Cuando los blancos llegaron aquí ya no quedaban tehuelches porque habían sido exterminados por los araucanos”, asegura rotundamente.  Y ya que estábamos hablando de reclamos repasó las Malvinas. Además de que fue idea de los militares para desviar la atención cuando el país se les iba pique, Álvaro fue más lejos. “A nadie le importó las Malvinas hasta que algún argentino se dio cuenta de que aquello tenía petróleo o que podía cultivar…”.

Así quedó el parabrisas.

No llevábamos cuarenta kilómetros cuando un camión se nos cruzó y una piedra saltó al parabrisas haciéndolo añicos. Por alguna extraña fuerza los cristales se mantuvieron sin desprenderse. Álvaro ni se inmutó con el incidente. Terminó su disertación sobre las Malvinas y acto seguido me dijo: “ ¿Ves? El Gobierno me cobra impuestos por las carreteras y dime ahora a quién le exijo”.

Si antes íbamos a 60 km/h ahora circulábamos a la desesperante velocidad de 40 o 50/h. El sol estaba a punto de irse, pero jodía de frente en sus últimas horas. Sin casas a la redonda, y las estaciones de servicio, a unos 100 kilómetros una de otra. Para llegar a la primera nos quedaban unos cincuenta. Álvaro tenía que llegar a Gobernador Costa como fuera, incluso sin parabrisas. Paramos en la gasolinera, desierta. De frente no veíamos nada y nos consolábamos con el paisaje que aparecía por el espejo retrovisor o las ventanillas, cerradas porque comenzaba a bajar la temperatura. El plan consistía en abrir un pequeño agujero frente a los ojos de Álvaro y taparlo con cinta adhesiva transparente. Lo más importante era sostener el parabrisas para no congelarnos.

Al fin encontramos una pequeña tienda junto a la segunda estación y Álvaro empezó a construir su pequeña mirador. Habíamos llegado a Las Plumas, un pueblo que era mucho menos que el punto que lo señalaba en el  mapa. ¿Diez casas? Al otro lado de la carretera el sol iba cayéndose entre naranjas y amarillos. Preparamos unos bocadillos y de nuevo a la camioneta.

Álvaro, terminando de empapelar el parabrisas.

De noche, sin visibilidad y encima un nuevo ruidito en el motor. No pasamos de cincuenta, pero Álvaro seguía animado. Algún que otro camión nos cruzó, pero la carretera seguía desierta. Noche cerrada cuando atravesamos Los Altares, unas enigmáticas montañas de piedra a cada lado de la carretera que parecen como cortadas por la mitad.

Álvaro era descendiente de españoles e italianos emigrados cuando Argentina era Argentina. “En los 20, 30, 40 y 50 íbamos como Canadá o Nueva Zelanda. Ahora estamos peor que Angola, de segundos de Brasil”.  Y empezó a contarme de lo que era la universidad de Buenos Aires,  de cómo ha ido bajando el nivel educacional en general hasta el punto de que los alumnos pueden pasar de curso con varias asignaturas pendientes y le piden a los profesores que bajen la exigencia.

Lo  único que alegraba a Álvaro era encontrar “nafta” (gasolina) en una estación de servicio. Era como un milagro. “El petróleo se extrae en Comodoro-Rivadavia (al sur de la Patagonia, relativamente cerca de donde estábamos), se refina en Bahía Blanca y de ahí va al norte. Aquí nos traen lo que sobra”.

Y así era Álvaro, contundente, diferente a lo que había escuchado después de mes y medio en Argentina. Y  tan sorprendente era que aún recuerdo aquella reflexión que soltó poco antes de que me quedara dormida. “No quiero sonar fascista, pero hay veces que se necesita una dictadura, hay gente que no sabe comportarse y necesita que la enderecen (… ) Los que ponen bombas son terroristas y hay que fusilarlos. Eso fue lo que hizo mal la dictadura, tirarlos al mar, hacerlos desaparecer”.



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