Últimos artículos:

Gobernador Costa se llamaba el pueblo, todavía provincia de Chubut. Allí fuimos a dar a las tres de la mañana, después de nueve horas en una camioneta a 60 km/h. Los últimos 150 kilómetros lo hicimos por un camino de piedra – de ripio, según los argentinos- donde cada dos por tres se nos cruzaban caballos y vacas. Álvaro, quien nos había recogido 500 kilómetros atrás, vio la luz de la emisora local prendida y paró a reportar el hecho y prevenir a los del pueblo. Nos dejó en camping y él se fue a un hostal.

En el camping no había un alma con la excepción de tres o cuatro perros que se acercaron, desafiándonos, y una fila de coches escachados en accidentes de tráfico. El viento y el frío que bajaban de las montañas -ya casi metidas en la cordillera- me congelaban las orejas hasta dolerme,  un dolor casi tan insoportable como el de los pezones cuando se enfrían, insensibles a la mano que lo calienta, incapaces de volver a la posición inicial enseguida. Aquella noche era la más fría desde que despedí el invierno de Inglaterra, siete meses atrás. No estaba muy equipada para bajas temperaturas, a fin de cuentas en Argentina era primavera.

A Álvaro no volvimos a  verlo. Al amanecer una señora con un gorrito de lana, con orejeras y un pompón en la punta, se encargó de cobrarnos diez pesos a cada uno por la noche en el camping y otros cuatro por la ducha caliente. Recogimos todo y continuamos viaje. Nos quedaban 300 kilómetros para llegar a Esquel, y de ahí a Trevelín, el pueblo más cercano al Parque Nacional Los Alerces y al que, según el mapa, se podía llegar caminando. Acamparíamos en el parque unos días.

Paisaje patagónico en Tecka.

El sol calentaba algo y el viento seguía helado. Caminamos hasta el final del pueblo y escribimos en el cartel, Tecka, el pueblo más cercano. No había mucho tráfico y los pocos coches que pasaban seguían de largo. Cuando la carretera estaba desierta, nos metíamos debajo de un techito con una pared que paraba un poco el viento, y salíamos corriendo cuando se aproximaba algo. Y así estuvimos un buen rato. Una señora nos cruzó, tratando de dar ánimo: “Tienen un colectivo que va para allá a las cuatro y son 40 pesos nada más”. Aún eran las dos, pero hacer toda Argentina en autostop se había convertido en mi meta. Para ahorrar, para escuchar a la gente, para salir de muchas dudas sobre este país.

Con lluvia, frío o calor, siempre confío en que tarde o temprano me recogerá alguien. Sólo una vez abandoné una carretera y fue en Alicante, España. Pero ya no me desespero, sé esperar. Al final, una camioneta paró y mientras acomodábamos las mochilas en la parte de atrás, me fijé que era de los servicios sociales del gobierno. Jorge viajaba solo y llegaba hasta Tecka. No tenía permitido recoger a nadie en el auto del trabajo pero decía que a esa hora nadie se iba a enterar.

“¿Qué hacen con este frío por aquí?”, preguntó, supongo que sin esperar una respuesta.  Me fijé en sus manos, tan resecas que la piel, en vez de tostada, era blanca y la carne se había ido partiendo. El padre de Jorge era mapuche y su madre una galesa de ojos azules que murió cuando él era pequeño. De esa sangre no parecía haber sacado mucho.

Jorge posa para una foto al llegar a Tecka.

Jorge trabajaba en asuntos sociales, visitaba comunidades alejadas para ver qué les hacía falta, tramitar pensiones o subsidios. Le pregunté si le gustaba Cristina Kirchner, convencida de que era  obvio teniendo en cuenta su origen humilde. Pero Jorge me miró y tomó su tiempo. “Me parece a mí y ojalá que me equivoque, que el año que viene la cosa va a ir muy mal. Se ha estado dando mucho dinero así como así, a las madres solteras se les subsidia todo, a la gente que no trabaja. Me preocupa porque yo  estoy notando que mi salario ya se me está quedando corto”.

Jorge se acordaba de las ollas populares, donde cada uno en el barrio aportaba algo para completar la comida. Se acordaba de la hambruna durante el gobierno de Alfonsín, del 82 y 83, y la de principios de los noventa. Era tanta la inflación que ibas a comprar azúcar por la mañana y por la tarde valía mucho más. “Los precios subían cada diez minutos,  y la gente que trabajaba en eso estaba todo el tiempo prendida a los teléfonos”.

Dejamos Argentina y Jorge se interesó por Inglaterra. “Peter,  te gusta quien gobierna ahora?”. “No me interesa mucho la política”, le dijo. “Pues déjeme que le diga algo, eso no es muy responsable. Uno tiene que saber lo que cada candidato te ofrece a ti y a tu familia para después decidir”.  ¿Ingenuo Jorge, o nosotros demasiado decepcionados de los políticos?  Nos  bajamos y otra vez a la carretera.

La carretera a Esquel desde el camión.

Siguiente destino,  Esquel, y otros 200 kilómetros. Teníamos delante de nuestras narices un mausoleo a un caído en Malvinas y un cartel que decía: Las Malvinas son argentinas. Esta vez  un camión de La Serenísima – la equivalente argentina de Danone- nos recogió. El conductor resultó ser un pastor evangelista que me aplaudía en la cara, hablaba a voces y dos veces me pidió que le leyera un pasaje del Nuevo Testamento.

El hombre, cuyo nombre no recuerdo, estuvo muy perdido, intentó de todo, yoga, psicólogos, meditación, pero nada lo salvó hasta que encontró a Dios. Le pregunté cómo fue. “Igual que te ocurrió a ti conmigo, porque nada pasa por casualidad, a mí alguien me habló del Señor  y al día siguiente le pedí mucho a Dios que fuera mi señor”. Y entonces Dios entró en su corazón.

Las dos horas que duró el viaje se las pasó – educadamente- sermoneándome y aplaudiendo y hablando como los elegidos. Yo quería saber de su vida más práctica porque a fin de cuentas, como los mortales, trabajaba en un camión repartiendo yogures y dulce de leche.

El pastor evangelista.

¿De qué hora a qué hora trabajas”, le pregunto. “Yo estoy todo el día trabajando para el ministerio”, me dice.  “Pero ¿a cuál ministerio perteneces tú”, le suelto sin pensar.

PD: Se refería al Ministerio de Dios.



Comentarios cerrados.