Últimos artículos:

Que Argentina es un gran país, ya se sabe. Para empezar, tiene casi 2,8 millones kilómetros cuadrados de superficie, es el segundo más grande Sudamérica y el octavo del mundo. Por si fuera poco, es la envidia de Chile por sus ricos suelos: para el pasto, que hace única a la vaca argentina; donde se da fácil la avena, el trigo, la  soya, la fruta, incluida la uva para tintos que compiten con los españoles, italianos, australianos, sudafricanos, californianos y chilenos; con reservas de gas, petróleo y minerales para comer y para exportar. Un país capaz de alimentar a 450 millones de personas – diez veces más que sus habitantes- es, sin duda, un país inmenso.

Argentina es de tierra y alma fértil, gente generosa, abierta, curiosa, orgullosa, instruida y donde también caben algunos pelotones de agrandados. ¿Los porteños? Fama, aunque los del interior piensen lo contrario. A los del interior, en cambio, los divide el sentimiento provincial. Los de Santa Cruz, los de Chubut, los de Río Negro, Santa Fé, Mendoza…Divididos también por la gracia de sus acentos; el cantío del cordobés, el medio mexicano del de Tucumán, el casi boliviano del de Salta y Jujuy; el exagerado y meloso porteño. Un país culturalmente diverso que encima lo tiene todo: desierto, pampas, montañas, bosques, glaciares, lagos, islas y playa, pero de medio pelo. Tal vez es lo único que le falta a Argentina para ser perfecta, una playa de arenas blancas, sol bueno y mar de espuma.

De los cuatro meses que llevo rodando, dos y medio los pasé en Argentina, y he de decir que, junto a Nueva Zelanda, es de los países que deben-tienen que recorrerse despacio. El turista se queda atrapado en Buenos Aires, pero hay mucha vida después, demasiada. Dejé Buenos Aires en el tren de un viernes rumbo a Bahía Blanca, desde donde me pateé el país, del centro este al sur, del sureste al centro oeste; un poco más arriba, el centro a secas, y luego el norte. Vi el país desde muchas cabinas de camión, desde camionetas nuevas y destartaladas, desde cuatro por cuatros, desde buenos coches hasta muy modestos. Vi Argentina con los ojos de campesinos, camioneros, militares, jubilados, estudiantes, intelectuales, trabajadores comunes y corrientes, ex presidiarios, empresarios…Vi Argentina desde sus grandezas y contradicciones. Mi estancia hecha a dedo, a sol y sombra, debajo de la lluvia, con viento o frío, de días enteros para hacer 100 kilómetros no la cambiaría por la comodidad de un autobús. Tal vez por una moto o un coche, aunque sería otro país el que me llevo.

De Argentina me fui con pesares y remordimientos, por no haber cruzado el Estrecho de Magallanes, por no haber llegado hasta el fondo, hasta Ushuaia, allá por el trozo de Antártica compartida con Chile. Y lo peor fue que no fui por algo tan ordinario como el miedo al frío, a la enorme distancia. Me fui sin ver Córdoba, Rosario. Sin ver el glaciar Perito Moreno. Sin asomarme al noreste, Formosa, Chaco, a lo más pobre. Pero doy fe de que cuanto vi me emocionó. Por eso me he permitido el atrevimiento de recomendar estos diez lugares, que están por estricto orden sentimental.

La línea más antigua del subte de Buenos Aires.

1.   Buenos Aires. Lo más cercano que se puede estar de Europa en Sudamérica. No es de esas ciudades con un casco histórico, el barrio colonial pintado y arregladito. Buenos Aires se vive toda, fabulosa arquitectura allá donde vayas, a Palermo, Recoleta, San Telmo, Montserrat, La Boca…Los parques, los museos, el cementerio de Recoleta; los cafés, con una elegancia de otra época. Los teatros de Corrientes, el subte, las estaciones de trenes, la vida nocturna que amanece y los autobuses acompañando toda la noche. Y no voy a hablar de las parrillas, las pizzas, los chori porque eso es patrimonio nacional. En Buenos Aires sólo hay que tener dos cuidados. Con los coches, porque jamás paran en los pasos de peatones; y con las camareros/as si les pides que te traigan agua del grifo. Te mirarán como si hubieras caído de otro planeta, te mirarán por encima del hombro, te mirarán como si fueras un vulgar pobre. Lo último que le escuché decir a una fue que los restaurantes lo tienen prohibido por Sanidad. Paradójicamente, medio Buenos Aires bebe agua de la pila en casa, pero en el bar, la pagan.

2.  La Patagonia, atravesar de este a oeste la meseta de Chubut por la ruta 25. Desolados paisajes de carretera, alimentados por las enanas plantas de neneo. Es una soledad que se disfruta, el cielo es distinto, las nubes se organizan de otra madera. Imponente momento al pasar por las montañas-rocas de Los Altares, caídas premeditadamente a ambos lados de la carretera.

El Lago Verde, en Los Alerces.

3.  El Parque Nacional Los Alerces. Hay muchos parques nacionales, pero éste es especial. Cincuenta kilómetros de tierra protegida por un elenco variopinto de animales, árboles milenarios (alerces), ríos, montañas con picos nevados, lagos que terminan y otros que empiezan.

Paso del Cristo Redentor.
La ruta caracol.

4.  El Paso del Cristo Redentor, en otras palabras, el cruce fronterizo que comunica Santiago de Chile con Mendoza, el más transitado de todos. Del lado chileno se empieza a subir dando vueltas por los cerros en forma de caracol, pasando por entre montañas de colores cálidos, amarillos a los que siguen ocres, marrones, verdes pálidos. La bajada cae del lado argentino, pasando por la Aconcagua, el puente del Inca. Durante el trayecto te acompañará lo que queda del tren que hace como sesenta años se metía por estos recovecos. Restos de puentes de hierro, de línea férrea, el cadáver del ferrocarril que conectaba toda la Argentina.

5.  La Quebrada de la Concha, en la carretera que une Cafayate con la ciudad de Salta. Montañas rojas que parecieran de arena o de barro, que dan la impresión de que se van a venir abajo con el primer viento. Que dan ganas de tocar y aguantar por su aparente fragilidad. Por esos caprichos de la naturaleza hay algunas con forma de anfiteatro, de sapo, de fraile. Vi la quebrada desde la parte de atrás de una rastra- camión; no imagino lo que sería verla de frente y sin dar saltos.

Quebrada de la Concha.

6.  Tucumán y los Valles Calchaquíes. El ascenso a los valles regala curvas y más curvas, camino de cornisas, verdes de todos los colores. Pasas del calor insoportable a la calidez, desaparece la selva y surge el bosque. Termina el camino sinuoso y se levanta el Valle de Tafí. Pueblos para no perderse, con especial mano para los quesos por herencia de los jesuitas: Tafí del Valle, Amaicha del Valle, donde habita una de las comunidades aimarás más importantes del Noroeste de Argentina; y, por último, las ruinas de Quilmes, lo que queda del asentamiento que durante ocho siglos ocupó el territorio de la antigua ciudad inca en la zona hasta que fueron sacados a palo por los españoles.

Tafí del Valle.

7.  El Noroeste Argentino (NOA), la ciudad de Salta y los pueblos de la Quebrada de Humahuaca en Jujuy (Tilcara, Maimará, Juella, Purmamarca). La zona se ha puesto de moda entre los turistas, sobre todo porteños. Café, restaurantes de diseño, hostales cool que no hacen mucho juego con el paisaje. Descontando este inconveniente tienes contacto con otra argentina, más mestiza, indígena, una región más deprimida, con acento boliviano, que canta y se divierte muy diferente. En Juella (Jujuy) quedan los cimientos de un pucará, una construcción hecha por los indios en lo alto de un cerro a modo de fortaleza, que no ha sido restaurada ni tocada aún por los conservadores. Está rodeada de cardones, uno de los cactus más grandes que se conocen.
Salta es tal vez donde mejor se aprecia la influencia colonial española en Argentina. Curiosa catedral rosada y mucho más hermosa la Basílica Menor y el Convento de San Francisco.

Colores de los cerros de la Quebrada de Humahuaca, en Maimará.
Basílica Menor y Convento de San Francisco.

8.  Las Salinas Grandes, impresionante salar al que se llega subiendo por las angostas curvas de la carretera de Purmamarca (Jujuy) hasta el Paso de Jama, que lleva al desierto de Atacama, en Chile.

 

Hacia el Paso Jama, cruce con Chile.
Las Salinas Grandes.

9.  Alquilar una bicicleta y recorrer las bodegas de Cafayate. Tierra de la uva Torrontés para los vinos blancos, muy especiales aquí por su mezcla de sol y altura. Las bodegas ofrecen visitas y degustaciones gratuitas. No hay que reservar, es mucho más auténtico sin el formalismo y el todo arreglado de la ruta del vino de Mendoza. Y sin el precio, por supuesto.

10.  Cataratas de Iguazú. La Garganta del Diablo impone, su torrente de agua, su altura te ridiculiza, te abruma. Lo peor es la masiva afluencia de público de todas las edades, pero por momentos se puede esquivar a la multitud perdiéndote por recorridos menos famosos como el Sendero del Macuco, con cascadas más modestas y animales que se te cruzan en el camino.

La Garganta del Diablo.

11. Y para terminar yo no me perdería una cerveza negra Norte o Salta, un vino varietal de Mendoza, Neuquén o San Juán, un vino patero, un Torrontés o un mistela de Cafayate. Ni un choripán, ni una pizza de mozzarella, tomate y albahaca fresca. Ni una empanada salteña, una factura (pastel) rellena de dulce de leche. Sería imperdonable no probar un asado, por modesto que fuera. Cualquier corte a la parrilla –pagando a unos 40 pesos el kilo- estará memorable. Se puede prescindir de los chinchulines y el resto de vísceras, pero no de un chorizo. Dicen que las mollejas son otra cosa, pero ésa fue otra de las cosas que quedaron aplazadas, quizá para el regreso porque hay ciertos lugares, contadísimos lugares, a los que uno vuelve por mucho que ya se haya ido.



  1. Mª Jesús (Responder) el martes, 3 de enero, 2012

    Maire, qué fotos más impresionantes!!!! Sigue disfrutando de esta experiencia y a ver si puedes contarme los detalles cuando pases por aquí. BESOS

    • Mai (Responder) el martes, 3 de enero, 2012

      gracias MariJose….. No dejes de leerme, besos y abrazos al pequeño. Y hasta pronto, en Sevilla o Málaga.

  2. Olga García Araya (Responder) el martes, 3 de enero, 2012

    Muchas gracias Mai por esta crónica maravillosa!!
    Soy argentina, conozco casi todos los lugares que mencionas en esta crónica pero nunca hubiera podido describirlos de esta forma tan emocionante y sincera.
    Serás Bienvenida a nuestra querida Argentina todas las veces que quieras volver.
    Tenemos algo en común: nuestro amigo Miguel Lara.
    Hasta siempre!
    Olga

    • Mai (Responder) el martes, 3 de enero, 2012

      Olga, gracias por leer estos relatos. Agota viajar, escribir, fotografiar pero me alienta saber que hay gente que disfruta, con eso me basta para seguir cuando me quedo sin aliento. Y por supuesto, tener a Migue de por medio es otra buena razón para que sigamos viéndonos, en estas líneas o por algùn lugar de tu linda tierra.

  3. alicia (Responder) el martes, 3 de enero, 2012

    me encanto esos bellos lugares.claro que entre los lugares que me gustaria visitar es argentina

    • Mai (Responder) el martes, 3 de enero, 2012

      Uy, prima, Argentina, después de Cuba, claro…

  4. Melvis (Responder) el martes, 3 de enero, 2012

    Q!ué bien Mai ¿te das cuenta que linda tu crónica? cuanto vale para ti y los otros lo que estas haciendo ahora. Escribir en primera persona y así tan fácil de leer, como uno de aquellos cuento de Las mil y una noche. Luego no se encuentra el verbo exacto para describir las cosas, los lugares, la gente si no lo haces ahora.

    ¿son tuyas todas las fotos?.

    Bueno de Argentina salí igualmente impresionada y me pregunto que hace un argentino en Cuba con tanto que ver y disfrutar en su propio país, yo hice un viaje más tranquilo para una “Temba conservadora” de solo un mes, pero fue igualmente emocionante. Me sucedió como
    a ti, desde Comodoro Rivadavia y con menos CERO grado de temperatura quise regresar, ya no disfruataba nada, solo pensaba en el frio que me calaba hasta los huesos.
    ¿ No llegaste a Punta Tombo?…donde los Pinguinos e Magallanes. Bueno, te voy a contar y enviarte fotos para que publiques también la impresió nde una cubana en aquellos parajes tan distintos a los nuestros, tan exóticos, con tan rara belleza.

    Sigue contanto. Te animo porque te quiero, ojalá pudiera acompañarte de cocinera ambulante aunque fueran dos meses de esta linda travesía. Será, Será.