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Tres kilómetros separan la frontera chilena de Bolivia. La carretera de tierra lleva de un mundo a otro sin notarlo. No se sabe dónde empieza uno y acaba el otro. No hay un cartel de bienvenida, un saludo, un gesto caluroso; tal vez un presagio de lo que iba a encontrar luego. La única diferencia perceptible entre ambos lados es la basura de un improvisado vertedero -botellas, pañales, latas oxidadas-  casi junto al puesto fronterizo boliviano.

Avaroa se llama la comunidad donde está la frontera, y digo comunidad porque no entraría en la clasificación de pueblo. Además de la modesta oficinita donde un oficial controla a mano los pasaportes, todo lo que hay son las casas de ladrillo de tierra de cinco o seis familias y un tren abandonado. Es un bonito tren, con dos viejos vagones pintados de verde limón por fuera -que debieron ser para pasajeros de primera clase- y tanques para mercancías. Debió romperse o descarrilarse allí mismo y allí lo han dejado. Todavía pasa el tren una vez por semana por Avaroa, es el mismo que viene de Antofagasta (Chile) con ácido para las minas. Como las medidas de Chile son muy estrictas para el transporte de sustancias peligrosas, la compañía no permite pasajeros hasta que llega allí y los bolivianos le enganchan un vagón.

Era sábado y no había tren hasta el día siguiente, pero tampoco había allí donde dormir. Queríamos ir a Uyuni, el primer gran pueblo que aparecía en el mapa y donde hay un enorme salar. La única esperanza era un autobús con militares que venían a escoltar a 15 camiones con explosivos para la mina de San Cristóbal porque, al parecer, los asaltos en la carretera son muy frecuentes.

Avaroa, paso fronterizo en Bolivia.

Este tren salió de la maestranza de Arequipa en 1951.

En toda la mañana y parte de la tarde solo vimos aparecer dos cuatro por cuatro de agencias de viajes -ya alquilados- y dos coches de familias que iban atestados. Todo el que llegaba iba en la otra dirección, a Chile: un grupo nutrido de brasileños, un francés en un sidecar que llegó enfangado y una pareja de alemanes. Por no haber, en Avaroa no había ni baño. A orinar, al desierto. Para comer, teníamos un pequeño quiosco con refrescos y galletas y el almuerzo que preparó una de las familias. Y fue allí, en el diminuto salón de una casa de tierra, donde me inicié en la comida boliviana que tan mala fama tiene entre los extranjeros y a la que dedicaré un post muy pronto.

Hay fronteras curiosas, donde la vida, los rostros, los hábitos, la comida parecen diluirse en ese diminuto territorio compartido. Pero no era éste el caso. En Avaroa se comía bien distinto a Chile. De primero, sopa de maní; de segundo, arroz o pasta con un trozo de llama acompañado de cebolla y tomate picados muy finos. Todo por 15 bolivianos (1,80 euros).

Aburrida de esperar mataba el tiempo recitando de memoria el mapa de departamentos de Bolivia pegado en la oficina de la frontera y los cinco requisitos que exigen a los estadounidenses para entrar al país, además de los 150 dólares de la visa. “No es nada comparado con la manera en que nos tratan allá. Aquí la visa la tienen en cinco minutos, allí los bolivianos se pasan años”, me contestó el oficial. Y no le quito razón, cada país debería hacer lo mismo, ojo por ojo; también podían pedirle visa a los de la Unión Europea, aunque me joda yo.

Niñas de la familia que vende almuerzos en Avaroa.

Por fin apareció el bus, se bajaron los militares y subimos nosotros previo pago al conductor. La caravana de camiones, con nuestro viejo bus a la vanguardia, se puso en marcha. Por el camino, el altiplano boliviano actuaba como fondo de escenarios distintos; de cerros nevados, de mesetas con llamas, guanacos o alpacas pastando, de un valle rocoso donde había turistas haciéndose fotos. A veces la escena consistía en una llanura desértica, de color ladrillo; otras veces, húmeda, verde. Era época de lluvia -lo que llaman invierno boliviano- y la carretera, de tierra y piedra, estaba casi intransitable. En cuestión de media hora pasamos del calor de Avaroa a ver todo nevado. El conductor paró y bajó con su móvil a fotografiar la nieve.

Imágenes del altiplano.

Iglesia de San Cristóbal.

Era casi de noche cuando llegamos a San Cristóbal. El pueblito -unas cuantas casas, una arregladita iglesia y un mercado central- vive de la mina; allí todo creció y se mantiene gracias al sueldo de los mineros y de sus empleados. Comer un completo (dos platos) no baja de 25 bolivianos, cuando en el resto de país sale por entre 12 o 15; lo mismo pasaba con el alojamiento. En Bolivia, una habitación decente y bien limpia –algo raro en la tradición popular- cuesta entre 40 y 50 bolivianos por persona (entre 5 y 6 euros), pero yo he desarrollado la maldita costumbre por irme siempre a lo más barato. Incluso, en Bolivia.

Aquella noche terminamos en un antro regentado por una mujer medio fuera de sí. El trato fue 30 bolivianos por el cuarto aunque ella quería 50. El televisor -de tamaño infantil- sólo cogía un canal y con lluvias; y a lo que ellos llamaban baño privado era un inodoro sucio, un lavamanos sucio y un tubo desde donde salía sólo agua helada. Lo peor eran las sábanas y las fundas, que olían a ácido, a sudor seco. Con la edad me he ido adaptando a muchas cosas, a baños de terminal, a colchones hundidos, a cucarachas, a todo menos a una sábana que huele a otros.

A las 7 de la mañana, sin lavarme la boca, salí de aquel cuartucho rumbo al mercado central, un ambiente que hay que probar en Bolivia. Me sirvió el café instantáneo una señora que en aquel momento –recién llegada-  vestía una falda amplia sobre las rodillas con pliegues y enagua debajo que ensanchaban caderas y nalgas; medias finas tupidas color café, un sombrerito redondo y alto en el medio de la cabeza y sobre dos largas trenzas que le llegaban más abajo de la cintura que terminaban unidas con dos pompones tejidos. Aquella mujer, según me dijo, se había cortado el pelo sólo una vez, de niña, y debía andar por los sesenta. Con el tiempo supe que a estas mujeres les llaman cholitas y que el sombrero gracioso no lo llevan atado y que tampoco se les cae. Aquella señora fue hasta amable pero no me dejó fotografiar sus trenzas. Ariscas, cortantes, rudas y, no sé si por timidez o falta de ganas, pero nunca te miran para hablarte. Así son las mujeres que venden comida en la calle, las que están en los quioscos y en el mercado: no les gustan las fotos ni los extranjeros. Eso también acabé aprendiéndolo luego.

Uyuni, al atardecer.

Una 'cholita' vestida con su tradicional pollera.

En hora y media estábamos en Uyuni. El pueblo -aunque mucho más grande- tenía los mismos defectos de San Pedro de Atacama: hostales, alojamientos, restaurantes, cafés y, sobre todo, demasiadas agencias de viajes. Y todas ofrecían lo mismo, la visita al salar de un día o la excursión de tres. El viaje incluía transporte en cuatro por cuatro, con paradas en el cementerio de trenes (que se llama así no porque fueran trenes accidentados, están ahí simplemente por viejos), en el salar para fotos (todos los turistas se hacen las mismas fotos brincando) y en el hotel hecho de sal para el almuerzo y comprar artesanías. Como estábamos en temporada de lluvia, el viaje de un día lo habían recortado y ya no llegaba hasta la isla Inca Huasi, un islote en medio de la salina. El precio por un día -según tu cara- empezaba por 180 y seguía bajando hasta 130, 100 dependiendo de la habilidad para regatear.

A mí no me atraía el plan de las agencias; cuánto más viajas por tu cuenta, sin guías, haciendo la ruta al andar y cambiando según el ánimo más te convences de que no las necesitas. Y no solo por el precio –que también- sino por la falta de gracia, imaginación y porque, en esencia, vas rodeado de turistas. Uyuni carecía de atractivo para mí, demasiados extranjeros -un 80% de ellos porteños- así que no me iba a quedar mucho (no por los porteños). Dos días los dediqué a analizar el territorio y encontrar el modo de llegar al salar. Según mi mapa, por allí tenía que pasar el transporte público que iba al pueblo de la otra orilla, Llica, en el oeste boliviano y próspero en la colonia por sus minas de plata. Después de mucho preguntar di con el autobús que hacía ese recorrido. Por 35 bolivianos se podía cruzar – a lo largo o a lo ancho, según se mire- el salar más grande del mundo, de 12.000 kilómetros cuadrados.

Turistas en el salar de Uyuni.

Salar de Uyuni.

La isla de Inca Huasi.

El bus local desde Uyuni a Llica.

El viaje duró siete horas, siete horas de paisajes blancos, de nubes reflejadas que confundían los límites entre el cielo y la tierra. De tanta agua, el bus parecía un bote navegando por una playa. Hicimos una corta parada en la isla Inca Huasi, donde no hay vida a excepción de un alojamiento modesto para turistas. Tampoco había baño. En Bolivia, una se va acostumbrando a las breves paradas de los buses para hacer pis dondequiera. Arrodillada, con cuidado, para no salpicarme. Las mujeres de aquí lo resuelven fácil porque llevan faldas, se agachan con el mismo estilo que una gallina que va a poner un huevo.

Llegamos a Llica mareados de tanta blancura, con la cara salada. Allí no había un turista, una agencia, un restaurante y, encima, nos alojamos en el Ayuntamiento. Al día siguiente el alcalde se personó a saludarnos y obsequiarnos un folletito del pueblo. Por él supimos que sus habitantes son aymará,  el pueblo originario que se asentó en el occidente de Bolivia, el sur de Perú y el norte de Chile y Argentina. Las abuelas hablaban en su lengua y apenas se escuchaba el castellano. Qué más se podía pedir.



  1. Natasha (Responder) el miércoles, 11 de enero, 2012

    Leyendo este post, I realize cuánto echo de menos América.

    • Auth (Responder) el miércoles, 11 de enero, 2012

      This is funny spin What Morales is pushing is a rteigoteanion of Bolivia’s relationship with foreign interests. For example, after Morales took office the government successfully renegotiated the terms of all of its key foreign oil and gas contracts. All of the companies stayed in Bolivia and they all willingly paid higher taxes. The result turned Bolivia into a rarity – a nation running a budget surplus in the midst of a global recession.Are you serious Jimbo, that is all spin, 100 percent nonsense,You should really say that foreign oil companies that renegociated, ended up stopping billions in scheduled investments, spending only enough to maintain production levels and honor contracts. Billions were shifted to Peru among other countries, and Brazil, Argentina and Chile have invested billions in LNG conversionn facilities, preferring to import gas from Trinidad than on having to deal with unreliable Bolivia.Where you really go intellectually dishonest.is when you claim Bolivia is a rarity, running a budget surplus in the midst of a global recession when the COUNTRIES OWN NEIGHBORS, including Peru, Chile, Brazil, are essentially doing as well, or better. Not to mention how much foreign investment they recieve. And, throwing in Colombia, these are all countries that have very sensible rules for foreign and private investment, while maintaining viable state enterprises in their extractive industries. Of course, they more or less followed through with Washington Consensus ideas you whine about, which is probably why you dont mention them. More to the point, these countries offer a much more practical models that Bolivia in a rational world would follow about Lithium. But you instead chose to prop up and more or less cheerlead for Morales brain dead half-proposals.For a complete analysis of the role of international financial institutions and foreign corporations in Bolivia’s recent history, see the Democracy Center’s book, Dignity and Defiance, Stories from Bolivia’s Challenge to Globalization (University of California PressYour strident pamphlet has little real analysis, but a lot of sloganeering against anything related to foreign corporations or International financial institutions.