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El autobús va repleto de cajas, bultos y paquetes con frutas y fideos. He pagado 60 bolivianos (casi nueve dólares) por un viaje de 12 o 13 horas hasta Oruro, una ciudad de la que no he escuchado jamás hablar. Desde allí he trazado la ruta: Potosí, Sucre, Cochabamba y finalmente La Paz. El bus es incómodo y viejo, hay un cartel pidiendo a los pasajeros que no escupan en el suelo y otro que nos desea feliz viaje y agradece la preferencia. ¡Pero si es el único! Estas inocentes ridiculeces me recuerdan a Cuba y a las guaguas interprovinciales. Me siento débil, llevo dos días con diarreas, una agüita verde que empieza a preocuparme. Creo padecer eso que llaman la enfermedad de la altura.

Un viajero sentado tres filas delante lleva un radiecito a todo volumen; el reproductor del autobús compite con hits de Rudy La Scala y con estribillos pegadizos. “Con zapatos de tacón nos provocan, nos incitan/
con zapatos de tacón se mueven como programadas para conquistar/
con zapatos de tacón se mueven y sus movimientos nos incitan, nos hacen rabiar”.

Es el turno de Rudy. “Por qué será que los amores prohibidos (…) por qué será y es la verdad, que uno toca el cielo mientras está pecando…” Me quedé dormida recordando los besos que di con el meloso de Rudy.

El conductor del bus paró en medio de la noche para cenar. Una mujer y su hijo vendían comida casera en plena calle. Sopa de primero y fideos con carne de segundo. Todos los platos y las cucharas y los vasos se enjuagaban en el mismo cubo, con agua y sin detergente. No me dieron ganas de comer, hice pis en un descampado y volví a mi asiento. Ya no había música, pero me volví a dormir igual.

A las cinco de la mañana entrábamos en Oruro.  A esa hora no había nada abierto. Me siento en el parque del pueblo a esperar que Peter haga una ronda en busca de alojamiento. Hacía frío, mucho frío. Vi amanecer, qué privilegio ser espectador de una ciudad cuando despierta. El  ajetreo de los madrugadores, imaginar sus oficios y hacia dónde se dirigen. El parque comienza a llenarse de vendedores de café, de limpiabotas, de evangelistas. Veo cruzar la calle a un hombre sin piernas que va dando saltos cortos apoyando las dos manos en banquitos de madera. El hombre viene hacia mí, es el limpiabotas oficial de la plaza del parque y, además, vende recargas de teléfono. Desde entonces vi a ese hombre cada día rumbo al trabajo o yéndose de él.

El limpiabotas sin piernas del parque.

Al sol.

Lección sin ortografía.

El parque se convirtió en los días sucesivos en el lugar perfecto para desayunar en busca de sol. El clima de Oruro es duro; de noche muy frío y de día el sol calienta, pero no lo suficiente. Estamos en verano, pero no hay calor. Tampoco hay turistas, pocos vienen hasta aquí y los que vienen, paran unas horas camino a La Paz. Tal vez por eso, por la comida y porque la gente es menos antipática, Oruro fue y lo seguiría siendo hasta hoy mi lugar favorito de Bolivia. No tiene la elegancia de Potosí ni la distinción de Sucre, es más bien de belleza mediocre, utilitaria. La iglesia, el parque, el mercado, la calle peatonal. La ciudad tuvo su momento de gloria gracias a la plata, pero cuando empezó a escasear vino el declive. Otra buena época llegó con la mina de estaño La Salvadora, que por un tiempo fue la fuente más importante de ese mineral en el mundo. Pero tampoco no duró mucho.

Oruro empezó a mostrarme una Bolivia descarnada porque Bolivia, contrario a lo que la gente cree, no inspira lástima a primera vista. No es un país que encoge el alma al llegar. Es el país más pobre de Sudamérica, pero la pobreza no es tal pobreza. O al menos no lo es para el que mira desde fuera.

Velas a la Virgen del Socavón.

Ofrendas a la Pachamama.

Preparados para rituales.

En Oruro aprendí que la vida del día en Bolivia está en los mercados y sus alrededores. Para desayunar, almorzar, merendar, cenar. Hay tanta comida, tanta fruta, vegetales, carne, condimientos que no puedo imaginar la pobreza de Bolivia. Un hombre con el que compartí café me contó que para ver la pobreza hay que irse al campo. Allí, dice, la gente no tiene ni para comprar el pan que cuesta casi nada. Y por zapatos tienen sandalias hechas del caucho de los neumáticos.

En Oruro supe de las ofrendas para halagar y pedir a la Pachamama (Madre Tierra), con fetos de animales disecados, hierbas, un vino especial, dulces y figuritas en miniatura que representan lo que se quiere pedir. También vi a los primeros bolivianos acullicar, que es como se le llama a ponerse unas hojas de coca a un costado, entre la mejilla y la mandíbula, y chuparlas lentamente. En el Amazonas colombiano se le llama mambear. En Bolivia y Perú, acullicar o chacchar.

Antipatía como identidad

La antipatía que encontré en Uyuni –mi primer contacto con el país- no fue algo justificado por la masiva presencia de turistas, que también. Esa antipatía es un rasgo de identidad y da igual que seas amable, educado y des los buenos días. Que te preocupes y preguntes por sus problemas. Da igual, hagas lo que hagas. No te quieren, no te miran a los ojos, no levantan la vista del suelo cuando te diriges a ellos. Y no es que se sientan inferiores por culpa de los años de sometimiento español, o que no entiendan tu acento castellano, o que crean que no pueden tener una conversación de igual a igual porque su español es pobre, como eran las teorías de una americana que conocí. Mi teoría es bien distinta, hay algo de rencor, de venganza hacia lo que viene de fuera. No es que no sean simpáticos, es que sencillamente te ignoran. No quieren que estés allí.

Mi teoría es descabellada: la antipatía y desconfianza boliviana hacia lo extranjero  puede tener relación con lo que han perdido en las continuas guerras. Con Chile, Perú, Paraguay, Brasil, Argentina. Ver en un mapa lo que era Bolivia y lo que es hoy, entristece. Debe ser traumático haber gozado del mar y de pedazos de salinas, de desiertos y ricas minas y verse ahora trancado en medio del próspero Chile y el poco a poco influyente Perú.

Me cuenta un boliviano que todas esas pérdidas están superadas porque sobra  territorio. Son apenas 10,2 millones de habitantes, de modo que hay nueve personas por kilómetro cuadrado. Pero yo sigo creyendo que Bolivia guarda mucho rencor en sus tripas y en la mirada de sus habitantes. En Oruro, sin embargo, hice dos medias amigas: una que vendía antigüedades y otra buena mujer que preparaba cafés cerca de la principal calle del centro. Fue ella quien me habló por primera vez del carnaval. “Es el más famoso del mundo”, me dijo. Yo creí que se refería a Sudamérica, pero entonces dónde dejábamos al de Río.

Manifestación de "Sin Techo" por las calles de Oruro.

Un pequeño limpiabotas.

Puesto de bolitas de harina semidulce.

Acabé en Información Turística para enterarme del carnaval y de qué ver en la ciudad. Para mi sorpresa descubrí que la UNESCO lo ha reconocido como Patrimonio Oral de la Humanidad y, al parecer, vienen tantos visitantes que hay que reservar varios meses antes. Me costó trabajo encontrar el edificio de la oficina de turismo (sin un cartel ni una señal) y mucho más la propia oficina, escondida en la tercera planta. Pero de allí nos llevamos de regalo un afiche del carnaval con máscaras a relieve y letras doradas que debió costar una fortuna.

Llegué al hostal donde nos quedábamos –una cuartería a cuatro dólares por persona la noche- y le regalé el afiche a la mujer que la regentaba junto a su marido. Me dió las gracias sin mucho entusiasmo; es la norma. La pareja tenía cinco hijos, en la media de la familia boliviana. A veces pienso perversamente que para ellos un hijo más no es un problema porque en el fondo son dos manos para ayudar. En Bolivia no hay una ley que regule la edad mínima para trabajar. Los niños son tristemente autosuficientes porque desde pequeños ya venden chicles y comida en la calle, limpian zapatos, ayudan a sus padres en los negocios familiares, en restaurantes, en el campo; y los más afortunados rellenan las bolsas de los pocos supermercados que hay por el país. Los hay ya con 12 en las minas de Potosí.

Los niños mayores de esta familia de la cuartería debían tener seis o siete años y se ocupaban de cambiar las camas y de tener la ropa que su madre lavaba a mano. La más pequeña, con menos de dos años, todavía podía jugar. Iba de aquí para allá con su nariz llena de mocos y moscas. Era tan pequeñita que podías tropezar con ella sin darte cuenta. En aquella cuartería la limpieza no era norma –como todo en Bolivia- y cada día, al despertarme, veía un orinal con caca junto al lavamanos. ¡Con lo fácil que es tirarlo al inodoro!, me decía.

Una noche, mientras me lavaba los dientes en medio de la oscuridad, vi aquella niña pequeñita coger su orinal, sentarse, volverlo a poner sucio y salir disparada hacia la casa.

En aquella cuartería también fui testigo de que lo que ocurre el domingo en Bolivia. Es el día de tirar la casa por la ventana. A media tarde toda la familia – exceptuando los niños- estaba borracha y se pegaban unos a otros. La niña diminuta se me acercó y tranquilamente me dijo que su mamá le estaba pegando a su papá.

 

Maniquíes.

Esta comparsa ensaya su Morenada días antes del carnaval.

Salí para no ver la bronca y escuchar los gritos de la mujer. Por las calles se escuchaba una musiquita cansina. Al poco rato vi pasar una comitiva bailando a pasos incomprensibles, moviéndose de un lado a otro. Iban vestidos con pantalones azul marino y chaquetas rojas donde se leía Morenada Mejillones. Los hombres llevaban camiones convertidos en matracas que alzaban y sonaban cada dos por tres. Luego supe que ensayaban para el carnaval que empezaba en unas semanas en honor a la Virgen del Socavón, la patrona de Oruro y a la que los mineros le piden que no se agote la riqueza de la tierra.

Aquel ritmo raro se llamaba Morenada y es un baile popular en Bolivia y el sur de Perú. En carnavales, los bailarines se disfrazan y llevan máscaras que exageran las facciones de los negros. El sonido de la matraca recuerda al chirrido que producía el roce de los grilletes de los esclavos africanos en su camino a las minas. La música y el baile son cansinos y lentos como la pena de esos esclavos.

 



  1. Reydel (Responder) el martes, 28 de febrero, 2012

    Que si lo disfrute? ,muchisimo, esta genial me encanta la manera de describirlo todo

  2. Melvis (Responder) el martes, 28 de febrero, 2012

    Sigo tu viaje…toma metronidazol por si acaso no cojas ” oxiuru” que son malísimos de quitar…por lo demás sigue contando que siemrpe es bueno saber que hay gente más jodida que uno…por lo menos en eso del carácter superamos a los bolivianos, y que lo diga PI que aqui estuvo comiendo gratis 15 días…que ahorre que a la vuelta le voy a cobrar todo. Un besote