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“Si yo te hubiera de pagar, Sancho -respondió don Quijote-, conforme lo que merece la grandeza y calidad de este remedio, el tesoro de Venecia, las minas del Potosí fueran poco para pagarte; toma tú el tiento a lo que llevas mío, y pon el precio a cada azote”.

De lejos, Cerro Rico no aparenta su grandeza. Para unos ojos ajenos es simplemente una colina en forma de pirámide que domina una parte de la ciudad; una montaña más de los Andes de tonos rojizos mezclados con verdes. Así la ven mis ojos ajenos, ignorantes de que ese Cerro Rico llenó a Potosí de gloria y la hundió en la miseria. Era tan rico ese cerro que en su época de oro, entre 1545 y finales de 1700, fue la mina de plata más importante del mundo. Con esa plata se levantaron elegantes iglesias barrocas, mansiones, casas de juego, teatros y salones de baile. A finales del siglo XVII en Potosí vivía más gente que en Sevilla, Paris o Londres. Tenía tanta plata ese cerro que los españoles mandaron a  construir una casa para acuñar monedas, y todos, hasta Miguel de Cervantes, empezaron a hablar de lo que valía un potosí.

Tanta plata tenía ese cerro y tanta era la fiebre de los españoles por sacar hasta la última veta que impusieron un perfecto y cruel sistema –inventado por los incas- que consistía en movilizar a  trabajadores durante diez meses  a cambio de la evangelización y de un mísero salario  (el resto eran impuestos para la corona).  Los que iban a las minas apenas veían el sol, trabajaban hasta 16 horas diarias cavando túneles y extrayendo el metal  a pico. Murieron tantos indígenas que a la corona no le quedó otra que importar esclavos de África, que tampoco se adaptaron al trabajo forzado ni al frío clima del altiplano.

Cerro Rico, al fondo.

Casa de la Moneda.

Potosí dio que hablar en el reino hasta que la plata se agotó. Nueve millones de personas murieron en los 300 años de gloria de Cerro Rico. La ciudad jamás se recuperó, ni siquiera cuando descubrió minas de estaño.

Las magníficas mansiones coloniales y las iglesias barrocas siguen en pie para las misas y plegarias de la población criolla e indígena como una broma absurda y cruel. Su glorioso pasado –Patrimonio de la Humanidad- ha creado una próspera ciudad de hostales, hoteles, restaurantes, agencias de viaje, tours y una terminal de autobuses de primera. Potosí es una ciudad fría, como sus vecinos. Más arriba, en el Cerro Rico, sigue el trabajo en la mina. Niños, adolescentes y hombres arañan plata, estaño o zinc, o lo que aparezca. Ganan por lo que sacan, 100 dólares al mes es el sueldo promedio.  Ya no hay españoles en el negocio, ahora se trabaja en cooperativas, donde los dueños y trabajadores son familiares, o asalariados de uno que anda en un cuatro por cuatro.

Los niños trabajan en la superficie, llevan y traen el mineral y lo separan. Están allí ayudando a sus padres o hermanos mayores, o sustituyendo al padre que acaba de morir de cáncer o de alguna otra enfermedad respiratoria.  Algunos trabajan solo los fines de semana o en vacaciones para pagarse sus estudios de primaria o secundaria, o aportar un poco más al ingreso familiar. Los más grandes, los adolescentes de 13 o 14 años, ya están abajo, dentro de los socavones, en algunos casos porque los parajes son tan angostos que sólo ellos pueden entrar. Ellos cargan el mineral o las herramientas, e incluso perforan y disparan la dinamita.

Iglesia de San Lorenzo.

Basílica Catedral.

Convento de Santa Teresa.

El Cerro Rico es la tumba de los mineros de Potosí y quizá el mayor atractivo turístico de la ciudad. Por 30 bolivianos (US$4) un turista puede hacerse una idea de la miserable vida de un minero boliviano. El tour comienza en la plaza fuera del socavón, donde debes comprar algo para llevarle de regalo a los trabajadores: refrescos, alcohol de 96 grados, cigarros, hojas de coca o dinamita para las explosiones. Con el casco puesto y una linterna, bajas a la mina. Si tienes suerte, el guía hasta te puede presentar al minero más viejo y al más joven y tener una breve charla con ellos. El 90% de los visitantes que vienen a Potosí pasa por la experiencia, a menos que tengan problemas respiratorios, claustrofobia  o que sean demasiado mayores. La mayoría sale espantada, otros salen un poco antes de que acabe el recorrido porque les cuesta respirar allá abajo.

No fui a Cerro Rico a comprobar lo que es una mina y lo poco que se tarda en morir nada más entrar en el pozo: 20 años, y siete en desarrollar un cáncer de pulmón. Una pareja de americanos me contó que la experiencia los marcará para el resto de sus vidas. Eso mismo me dijo un guía que trataba de venderme el tour. “Serás una persona diferente, habrá un antes y después de visitar la mina”.  No fui, pero supongo que después de afligirme y compadecerme por tales infrahumanas condiciones, volvería a mi hostal conmovida y puede que sin ganas de cenar. Pero al día siguiente estaría de regreso a la dura realidad del turista, a las difíciles decisiones de elegir souvenirs, rutas y restaurantes justificándome en que la vida es así. Creyendo cínicamente en la fatalidad del que nace en un lado y otro del mundo.

No hace falta subir hasta el Cerro Rico para saber lo que es una mina. Abajo, en Potosí, en la ciudad más alta del mundo, está el cementerio de los mineros donde se apilan las tumbas por falta de espacio. Una lápida pide silencio:  “Aquí descansan los hombres que dejaron los pulmones en la mina”.

 

Cosas que ver en Potosí:

1. La Casa de la Moneda, la segunda porque la primera hubo que ampliarla a los pocos años. Ahora es un museo (US$6) y después de visitar las minas, es el segundo atractivo turístico. El edificio es imponente, la fachada, el patio, los bacones, sus vigorosas paredes de piedra labrada. No visité el museo, pero dicen que es el mejor de Bolivia.

2. La Plaza principal 10 de Noviembre. En sus bancos puedes sentir el ajetreo de la ciudad. Hay una réplica de la estatua de la libertad en el centro.

 

Réplica de la estatua de la libertad.

3. Recorrido por las iglesias y callejuelas (Quijarro, Ayacucho, Chuquisaca y Tarija). Asomarse a uno de los miradores panorámicos (Torre de la Compañía).

 

Callejuela.

4. El mercado central.

5. El ojo del Inca, a apenas 20 minutos de la ciudad. Es una laguna circular de agua termal en el medio de una montaña. El paisaje alrededor del ‘ojo’ es impresionante.



  1. Osvaldo (Responder) el miércoles, 14 de marzo, 2012

    Y pensar que nunca me tiré hasta Bolivia en mi último viaje, pero por ello me perdí de la belleza de Potosí. Tus fotos me han hecho reconsiderar visitar Bolivia.

    • Mai (Responder) el miércoles, 14 de marzo, 2012

      Hola Osvaldo, gracias por tu comentario… Es una pena que no hayas ido a Bolivia, dentro de suramérica es el trozo de cultura original que queda màs intacto. Fue una gran experiencia a pesar de las dificultades qeu entraña acercarte a una cultura que recela del que viene de fuera. UN abrazo, Mai