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Estoy en el Sagrado Corazón de Jesús, el barco que en unas horas nos llevará por el río Amazonas desde Colombia hasta Manaus*, en Brasil. No es un crucero, grande pero modesto. Ya he colgado mi hamaca en el mejor sitio que encontré, segundo piso, alejada de  los baños y frente a la ventana. Casi no quedan huecos libres, o quedan los peores. Mi idea era llegar temprano para asegurarme un buen sitio, pero cruzar la frontera de Leticia a Brasil, sellar la entrada en Inmigración y comprar alguna comida para el viaje me llevó más de lo que pensaba. Jamás había estado en un barco tan grande.

Merodeo por los alrededores, abro puertas, registro, ando contenta. El Sagrado tiene tres pisos y pueden viajar hasta 600 personas. En la planta de abajo  están los motores, se transporta mercancías y van algunos viajeros; en la segunda, el comedor, las duchas, los baños y vamos la mayoría, casi hacinados, aunque el capitán me cuenta que al no estar en temporada alta, hoy no llegamos a 200. En el último piso, además de la cubierta, está la cafetería y un espacioso salón con una tele y varias mesas y sillas.

Estamos en la hora decisiva, de cuanto haga ahora dependerá mi confort durante los próximos cuatro días y tres noches. Sigue llegando gente y colgando hamacas. Me he quedado en la mía, tirada con las piernas abiertas, ampliándome, multiplicándome  para que a nadie se le ocurra colgar otra hamaca a mi lado y tener que verme con los pies de otro en mi cara, o su cabeza encima de la mía. El espacio que defiendo es humanamente razonable; una parejita de jóvenes americanos a un lado; al otro, otro americano y un inglés de padres indios. Somos unos pocos extranjeros.

Abandono la guardia unos minutos para ir al baño, al volver hay dos mujeres, ayudadas por un hombre, enganchando sus hamacas de colorines. Y me doy cuenta de que las nuestras, verde olivo militar –profesionales para la selva- desentonan en medio de tanto color. De algunas cuelgan brocados a todo alrededor, otras tienen nombres bordados.  La mayoría son anchísimas para dormir en diagonal y que la espalda no sufra.

Me repongo, trato de sobreponerme a la idea de que vamos unos encima de otros. Pienso en la otra opción, la del minúsculo camarote, que cuesta el doble pero tiene aire acondicionado, baño privado aunque haya que salir para disfrutar de todo. Acepto mi realidad, mucho más romántica pese a todo. No hay comparación con tirarse en la hamaca y tener el río de frente, el aire suave que entra por los amplios ventanales,  el olor a la lluvia de la próxima tormenta, el sol, el atardecer y la luna a tus pies, la paz que se hace en medio del gentío.


Estoy feliz, nunca pensé ni deseé navegar el río Amazonas. Otra carambola de la vida. Escucho un pito como el del tren y empezamos a movernos. Me emociono cuando el Sagrado comienza a darse la vuelta lentamente y endereza su marcha. Voy apoyada a la baranda, medio cuerpo afuera y veo alejarse al horrible pueblo de Tabatinga. Nos metemos de lleno en el río, en el sano, sin latas de cerveza, sin porquería flotando.

El Amazonas es muy ancho en casi todo el recorrido y vamos navegando por el mismo centro. Me concentro en un lado; dicen que si haces el trayecto río arriba, desde Brasil hacia Colombia, se muy pegado a la vegetación. La selva está a ambos lados, pero no es siempre la misma; unas veces más cercana y otras más distante, casi imperceptible. Unas veces verdísima, tupida, enorme; otras, pobre, seca, árida.

Apenas ha llovido en las últimas semanas y por momentos el barco tiene que ir más despacio y cambiar de marcha para sortear los bancos de arena y no encallar, me cuenta Edson, el capitán, que lleva 30 años haciendo lo mismo. El agua del río parece sucia, turbia, con ese calor café, la imagino contaminada, pero no, es su color natural.

Pasada la excitación de las primeras  horas  la gente empieza a hacer los primeros amigos, las primeras miradas que con las horas se convertirán en ligues o encuentros pospuestos. Las conversaciones entre los turistas son casi siempre las mismas, es difícil pasar de How long have you been travelling in South America? (¿Cuánto tiempo llevas viajando por Sudamérica? o Where are you heading next? (¿Cuál es la siguiente parada?).

Segundo día. Poco a poco me acomodo a la rutina del barco. Los brasileños del Amazonas me sonríen, pero hablan poco y no se meustran muy amistosos. Me tiro en la hamaca a leer, subo a la cubierta, llega la hora del almuerzo, de 11 a 12.30; la cena, de 5.30 a 6.45; el atardecer, una cerveza compartida antes de dormir. No hay tiempo para aburrirse, ni tampoco aburre el paisaje que es el mismo desde que zarpamos. Dejo a John Steinbeck a medio empezar, y me quedo horas a solas, ojalá la vida fuera esto, me digo.

Llevamos solo dos días en el barco y ya tenemos algunas bajas. El americano jovencito tiene fiebre y no ha comido nada desde ayer; otra niña tiene vómitos, otros andan con diarreas. Yo estoy encantada, con la comida y con todo. El espacio no ha sido un problema, y lo peor del barco es una niña malcriada que grita durante media hora y los madrugadores, que obligan al resto a levantarse a las 5. Empiezan a caminar, a hablar, a ducharse, te pasan por debajo de la hamaca. Con todo, sienta bien esperar la salida del sol.

Tercer día, la tormenta. Hoy hemos tenido un ajetreo diferente por culpa de la tormenta, el agua entraba por las ventanas y hubo que bajar el toldo y quedarnos a oscuras. Unas vecinas, que hasta ahora leían la Biblia en voz baja, estuvieron particularmente molestas con sus rezos. En estas horas muertas aprovecho para ponerme al día con información práctica sobre Brasil. Pido una guía de viajes a los americanos para anotar algunos hostales en Manaus, donde nos bajaríamos para continuar en barco hacia Belem -junto al Atlántico- o en bus atravesando el  interior de Brasil.

Repaso algunos datos históricos; los portugueses, la influencia holandesa en Pernambuco, los franceses que anduvieron por estas tierras. Brasil, dice la guía, es el país más sensual del planeta. Sonrío. Sigo con las ciudades, las distancias y empiezo a quedarme boquiabierta. La ruta que nos proponemos hacer, bajando por toda la costa atlántica hasta la Argentina Iguazú, es de casi 9.000 kilómetros. Pero el problema no es la distancia, sino lo caro que cuestan los buses en Brasil. Un viaje de unas 37 horas vale más de 100 dólares y por el mismo precio tienes un avión en cuatro. En Brasil no hay trenes, así que para ver un poco el país no queda otra que el onibus.

No contábamos con estos detalles. Empiezo a buscar alternativas, cómo bajar desde Manaus. No hay carretera por el interior o sí, pero no hay transporte público. No queda otra que coger otro barco hasta Belem, otros cinco días y cuatro noches.

El encuentro de las aguas, Manaus

Cuarto día. El de pie hoy ha sido mucho más temprano. Los hombres andan mejor vestidos, las mujeres empiezan a maquillarse y perfumarse. En unas dos horas llegamos a Manaus, muchos han descolgado ya sus hamacas. El salón se va vaciando poco a poco, mientras me llega una especie de tristeza, la misma que cuando se acababa la semana en la playa de mi infancia. Estamos llegando a Manaus, rica y famosa cuando la era del caucho.

A pocos metros del puerto me avisan del encuentro de las aguas, donde los ríos Negro y Amazonas se juntan pero no revueltos. Atracamos, bajamos los últimos, comienza a anochecer. El barco para Belem sale al día siguiente y nos dejan dormir esa noche en el puerto. Junto a nosotros se han quedado un americano, un dominicano y un grupo de haitianos que viajan ilegales para entrar en la Guyana Francesa. Los haitianos salieron en febrero y aún no han llegado.

Paseo unas pocas horas por Manaus, no veo riqueza por ninguna parte, aparte de una iglesia amarilla y el primer reloj de la ciudad donado por los ingleses. Lo que más veo son locos, putas a la conquista y parte de la tripulación dando tumbos hacia el muelle. Algunos, los más borrachos, van de la mano de señoritas de compañía que, por  pudor, decoro, pundonor, deberían ya estar jubiladas.

*Manaus es la capital del estado brasileño Amazonas, el más grande del país aunque sólo vive el 8% de la población, repartida entre Manus y Belém. El río Amazonas tiene 6.577 kilómetros de largo, de los cuales 3.165 están en territorio brasileño.

Barco Tabatinga-Manaus

Precio: 150 reales, US$88, £52, €65 (todo las comidas incluidas). Duración: 4 días y tres noches. Los tickets, mejor comprarlos en el barco y es posible regatear.

Cerveza: 3 reales, US$1,76, £1,05, €1,27.

Manaus-Belem

Precio: 120 reales, sólo incluye el desayuno. Cinco días y cuatro noches.



  1. Hatuey (Responder) el sábado, 24 de septiembre, 2011

    Me encantó este relato.