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Tiene sólo 12 años y la fuerza de un hombre. Demasiado músculo, espalda ancha y torso de remera en activo. Si la observas de espalda podrías creer que es un niño, pero cuando se da la vuelta la niña es hasta hermosa en su piel tostada, su pelo sin peinar y sus ropas  viejas. Acaba de engancharse a un barco que va a 50 kilómetros por hora usando una barra de hierro doblada en la punta. Así, sin más. Una vez anclada, comienza a amarrar su canoa con una cuerda. Estoy a su lado, sin moverme, helada por la hazaña y trato de ayudarla  pero ella parece no notarlo, no me necesita. Lo ha hecho muchas veces. Trepa como una hormiga y yo saco la cámara, ella sonríe, posa con una risa falsa que dura un segundo y vuelve a lo suyo.

Minutos después comienzan a llegar otros niños, el mismo proceso hasta que en el barco, ya multitudinario de por sí, se reúne una pequeñita escuela. Parece la hora del recreo; van de aquí para allá, la mayoría son tan pequeños que me acerco y les pregunto la edad.

Hablan portugués y les cuesta entender mi español. La niña –la de la foto-  se esfuerza y me dice que tiene 12, pero hay una pequeña de ocho. ¿Qué hacen estos niños aquí? ¿Cómo es que el capitán permite esto con el peligro que corren?, me pregunto y me respondo. La más pequeña del grupo, la de ocho, se acerca a un rubio inglés y le pide dinero; y yo me apresuro a poner mi cámara y bolso a buen recaudo.

Los niños  empiezan a pedir a diestro y siniestro con una pequeña cestica de mimbre mal enrollada. Somos unas 600 personas en el barco que zarpó hace tres días en Manaus y que desde entonces navega por el río Amazonas rumbo a Belém. A real por cabeza, podrían llevarse una buena fortuna. Cuento 13 criaturas, y de momento empieza a llover a cántaros. Los niños son los hijos de las familias indígenas que viven en los alrededores, pero no parece importarles el camino de regreso. Hace unos 20 minutos que subieron y mientras más se alejen, más les tocará remar de vuelta a casa.

Suben hasta donde están colgadas las hamacas y se amontonan los viajeros. Sus pequeñas fortunas son bolsas con ropa,  paquetes de galletas por la mitad, dinero. Cada uno baja a su canoa, amarra su bolsita y vuelve a subir a por más. Entre pedir y pedir aprovechan para comprar helados, y algunos hasta se  olvidan del porqué están allí y empiezan a jugar bajo la lluvia, como niños. Unos al fútbol, otros arrastran las mesas de plástico de la cafetería y tratan de bailarlas como si fueran trompos. Hay quienes lo consiguen por un rato.

Observo a la niña-niño que ha bajado a su canoa para revisar su botín. Otros también resguardan sus cosas del agua y ponen bolsas dentro de otras, envuelven los paquetes de galletas y colocan todo debajo de los asientos. Pero se mojarán de cualquier forma, me digo. La niña-niño tiene tres bolsas; yo le he dado una con ropa, pero no dinero. Las abre, revisa y vuelve a amarrarlas. Ella no ha ido a jugar con los otros, ella no se ha comprado un helado, supongo que prefiere ahorrar. Se da una vuelta por la cubierta a ver a los otros, la sigo, me ignora. Me mira con desprecio o con esa frialdad con la que se mira lo desconocido. Me fijo en su cara,  en sus ojos verdes, en su pelo rubio desteñido por el sol y en sus rasgos profundamente indígenas.


Es la más bonita del grupo pero también la más soberbia. No se ríe, no se relaciona, no quiere contacto, incluso con sus compañeros de trabajo. En el grupo hay una más graciosa con chirriantes gafas rosadas de plástico. Desde que terminó de pedir, la niña-niño va y viene, baja a su bote y sube. Está seria, no vino a divertirse, tiene claro por qué está aquí.

Muchos indígenas de las márgenes del Amazonas esperan a los barcos que van y vienen entre Manaus y Belem desde sus canoas. Esperan y esperan. Saludan al barco, yo les saludo pero pronto descubriré que están allí, inmóviles a escasos metros esperando a que alguien les tire algo y ellos apresurarse a coger. Da igual, es una costumbre, nadie lo sufre ni se escandaliza. Les tiran bolsas de patatas fritas, bolsas con ropa, lo que sea, y ellos van remando rápido al encuentro. La misma escena se repetirá durante todo el trayecto, madres con niños o niños solos.

Han pasado ya dos horas cuando deja de llover. Los niños preparan la retirada, medio barco está asomado a las ventanas para verlos ir. Se van yendo de uno en uno. El más alto de todos suelta las amarras de cada canoa hasta que no queda ninguna y se tira al agua para alcanzar al último. Les queda mucho por remar para llegar a casa, o tal vez no tanto si logran coger el barco en la otra dirección y a volver a empezar.

* Los hechos narrados sucedieron en  el barco Amazonas Star, en el trayecto por el río Amazonas entre Manaus y Belém.



  1. joniedh (Responder) el jueves, 22 de septiembre, 2011

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