Últimos artículos:

A Foz do Iguaçu llegamos a media tarde, lluvia sostenida, a ratos fina que jode igual que un aguacero. Después de treinta horas de posición fetal, semireclinada  en un bus desde Río de Janeiro, exhausta, hambrienta, a nadie le gusta aterrizar así. Al menos teníamos donde pasar la noche. Rafael, un estudiante de Ingeniería Eléctrica, había aceptado alojarnos dos noches en su piso compartido con cuatro, además de los que caían de visita. Quiero ser agradecida, pero aquel apartamento, aquel fregadero, aquel baño llevaban más de dos meses sin que se le pasara la mano. El inodoro tenía esa especie de costra blanca sobre negra pegada al fondo, y el lavamanos  lleno de salpicaduras de pasta reseca, donde pones las manos, donde dejas el jabón, encima del grifo.

El paisaje de Río a Foz, en el estado brasileño de Paraná, es lo opuesto al pobre y árido, de vacas flacas y moribundas que ves desde Salvador. Aquí hay mucho verde, la tierra es fértil, saludable, una especie de campo inglés o escocés. Debe llover mucho recuerdo que pensé. Luego supe que en Foz está la mayor presa del mundo (Itaupú) y por eso la ingeniería de Rafael es muy demandada en la zona. El pueblo, sin embargo, es feo, con esa fealdad que hace lo moderno  con recursos, pero mal pensado. Se asienta sobre una tierra colorada que inunda todo cuando llueve y peor aún,  hay pocos bares, poco ambiente, un par de restaurantes libaneses con Kebabs, una mezquita -el trapicheo de pacotilla barata y equipos electrónicos con Paraguay ha hecho que lleguen muchos comerciantes árabes- y para terminar, un templo budista, en la misma carretera que va a las cataratas.

Las cataratas desde el lado de Brasil.

Rafael tenía que trabajar en su tesis y después de preguntarme cómo era posible que Cuba tenga la mejor medicina del mundo si carece de “moderna tecnología”, me di un baño con chancletas y me fui a dormir. Rafael nos había cedido su cuarto diminuto con un colchón en el suelo, con sábanas que olían a rancio y las fundas a grasa y caspa, y él se iba a quedar en el salón.

Al día siguiente teníamos que estar en la calle a las ocho de la mañana; no se le veía confiado dejándonos solos en su casa. Bajamos en medio de un aguacero torrencial, Rafael se fue a su destino y nosotros a ver las cataratas. A esa hora sólo había una panadería abierta, desayunamos el típico pao de queijo de la zona, un simple pan con queso pero el queso no se ve, está cocinado con la harina. Mientras nos secábamos y esperamos a que escampara nos dieron casi las 11. No podíamos quejarnos, viajar así depende muchas veces de la caridad pública.

Aprovechamos  unos rayos de sol y salimos hacia las cataratas. Del lado brasileño – las cataratas tienen otro lado argentino-  se llega a una especie de parque-museo sin una hoja de más en el suelo. Te llevan en un bus hasta el final, donde está el gran mirador y desde ahí caminas por un trillito asfaltado. Si quieres andar por la selva hay safaris que no están incluidos en los veinte y pico de dólares que cuesta la entrada. Nada más bajar del bus empezó a llover, pero ya era tarde. Mojándome y con un ridículo poncho enorme de color verde olivo tuve que ver las cataratas. El cielo encapotado, gris, y yo al lado del salto, empapándome aún con la lluvia del salto y la otra, mientras me dejo hacer una foto ridícula con un ridículo poncho.

Panorámica de los saltos desde Brasil.

Como mono-ratón por su casa (Brasil).

Me adentro en las cataratas por la pasarela peatonal y por el camino voy aguantándome mientras el viento me empuja y sacude el poncho. Me bajo la capucha a ratos para ver algo, pero con todo es un espectáculo ver el torrente del salto más potente vomitar agua con tierra colorá, y disfrutar de  los otros saltos más menudos correr en fila india sobre la montaña.  Me doy un paseo más y en menos de tres horas ya estoy fuera, más o menos lo que dura el recorrido oficial.

La primera impresión es lo que importa y ya tenía mi panorámica de las Cataratas de Iguazú desde  un lado y eso era más que suficiente. Estuve cerca de los saltos, con cielo gris y lluvia, pero los vi, así que ya era hora de partir hacia Buenos Aires; no estaba dispuesta a pagar otros veinte y pico de dólares por el otro lado. Quedarse a medias no tiene por qué ser tan terrible.

Perspectiva desde Brasil

Pasarela peatonal.

Desafortunadamente ya no quedaban billetes en el autobús más barato a Buenos Aires y nos tocaba esperar tres días. Hartos del insípido Foz y de la cerveza brasileña, decidimos cruzarnos al lado argentino, a Puerto Iguazú, otro pueblo, con la misma tierra colorá, pero con vino, parrilla y cervezas Quilmes. La Quilmes, una decepción, pero qué grande la Quilmes Stout. Nos permitimos dos noches en un dormitorio compartido en un hostal mientras esperábamos la partida a Buenos Aires.

El día antes de irnos empujé a Peter – el que viaja conmigo- a las cataratas porque había leído que el ticket de entrada incluía algo diferente, un paseíto en lancha por el río para cruzar a la isla San Martín.

La Garganta del Diablo desde Argentina.

¿País?, me pregunta el de la taquilla. “Cuba”, le respondo. “Son cien pesos”, me dice. No clasifico en las nacionalidades con descuentos: argentinos, miembros del Mercosur y otros sueltos como Colombia. Pago lo mismo que un inglés, un americano o un danés. Entramos, voy a información y me dicen que la lancha hace seis meses que no funciona porque o bien el nivel del río está muy bajo o alto, pero que sí están trabajando las lanchas que se pagan aparte como excursión. Pedimos que nos devuelvan el dinero. “¿Pero no van a ver la Garganta del Diablo?”, me pregunta el de la puerta sorprendido-encabronado. “Hemos venido más que todo por la lancha”, le contesto.

Volvimos al hostal. A a la mañana siguiente, después de un sello a un lado y otro de las fronteras, llegamos a Foz a coger por fin el autobús a Buenos Aires. En la plataforma nos dicen que el bus ya se había ido. La noche anterior había cambiado la hora en Brasil y no en Argentina, donde es la misma siempre. “El siguiente ómnibus no sale hasta dentro de tres días”, me anuncia  el de la empresa.

Vuelta al lado argentino, al mismo hostal, a un proper asado -no de sábalo sino de vaca con tres cortes distintos que no recuerdo.  Hubo tiempo para ver el hito -desde donde Argentina, Brasil y Paraguay enfrentan sus fronteras-  pero no para ir de compras a Ciudad del Este, en Paraguay. No tenía nada que comprar aunque me hubiera gustado comprobar si es verdad que por las calles lo mismo te venden drogas, armas que niños.

Pasarela junto a la Garganta del Diablo (Argentina).

Monos caí (Sendero Macuco, Argentina)

Otra vez, el día antes de irnos -más por sentirme culpable y ridículamente tacaña que por otra cosa- volvimos a las cataratas. Y allí, rodeados de cientos de escolares, de adolescentes chilenos con garrafones de agua, de paraguayos, de argentinos con termos, bombilla y mate, y de turistas esperábamos en fila la llegada del tren que nos llevaría hasta la Garganta del Diablo, donde empieza todo.

Y sí, es como todo el mundo dice. Es el salto más alto – 80m-, el más poderoso de los 275 que tienen las Cataratas de Iguazú. Te quedas ahí mirando esa Garganta y te mojas y te vuelves a mojar cuando el agua choca con la pasarela de hormigón desde donde todos nos amontonamos. Unos  sacándose fotos y otros corriendo y dejándose mojar por gusto.

Salto desde el lado argentino.

Tren hacia la Garganta del Diablo (Argentina).

En el otro extremo, más al lado izquierdo de la pasarela, están en fila todos los saltos que caen sobre la montaña. Es un lado modesto, pero hay paz y pájaros sobrevolando. Pero con todo, la grandeza del  lado argentino no está en la Garganta, sino en que se mantiene lo más virgen que estos tiempos permiten; más para vivirlo que para admirarlo. Si te sales del tren y vas al Sendero Macuco,y pateas los siete kilómetros de ida y vuelta estarás en medio de la selva en silencio, con mariposas de combinaciones de colores vivos y raros, cerca de monos, coatíes, iguanas, pájaros y al final, una catarata de 50m para una sola.

Al día siguiente partimos otra vez a Foz a coger el bus a Buenos Aires. Me alegro de haber visto ambas caras de las cataratas, un remordimiento menos me digo. Otra vez un cuño argentino, otro brasileño de entrada  y otro de salida, y otra vez el de entrada a Argentina. Tantas idas y venidas han dejado más de dos hojas de mi pasaporte inútiles. Le pido gentilmente al oficial argentino si sería posible usar dos huecos libres en otras páginas. “Veré lo que puedo hacer”, me contesta. Y acto seguido empieza a hacerme preguntas. “¿Usted es cubana?”. “Sí”. “¿Desde cuándo vive en España?”. “Desde 2001”. “¿Qué hace en España?”. “Trabajo”. Se levanta de la silla y va con mi pasaporte en la mano hasta una oficina. Vuelve y me estampa el cuño en una hoja limpia.

Al poco rato supe que aquel oficial -ya pasando los cincuenta- había ido hasta su superior a preguntarle qué tenía que hacer conmigo, si debía dejar entrar al país a una cubana que vive en España. Me cuentan que el superior lo miró y le dijo: “no ves que tiene pasaporte español”.



  1. Juan (Responder) el sábado, 22 de octubre, 2011

    Hola viajera incansable,espero que este bien,eh visto este blog en 2017,te escribo para pedirte si quieres mas datos sobre mi pais Argentina,lugares donde no visitate,yo conoscomucho menos que Tu,ahora mi vida esta en otro camino de elvacion espiritual,dicen que los que viajamos mucho,nos hacemos mas sabios.me gustaria saber si seguis teniendo el blog,o por donde estas!no te detengas el tiempo no existe;Albert Eisten.saludos.