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Vacas flacas, algunas que de tan flacas tenían las costillas prendidas a la piel. Otras no pudieron aguantar más y murieron al lado de la carretera; no hay muerte más absurda que caer antes del golpe. Poco verde, poca hierba, cientos de kilómetros de tierra seca y animales moribundos fue lo que encontré en la carretera de Salvador a Río de Janeiro; 32 horas a medio acostar en un autobús de aire acondicionado polar, de olor a orina nueva sobre vieja y a desinfectante barato; de paisajes que ni fú ni fá con excepción de uno o dos pueblitos de Minas Gerais por los que pasamos de largo.

Ya estaba oscureciendo cuando llegué a Río. En la estación cobraban un dólar por entrar al baño así que seguí de largo aguantándome hasta la parada de autobús más cercana. Me subí en uno de esos buses que hay en todo  Brasil, con su cobrador de uniforme sentado junto a un torniquete de ruido de bisagra sin aceite. Da igual que lleves una mochila de 20 kilos o una maleta enorme, el conductor te manda a cruzar y arréglatelas como puedas. Me apretujé y con la mochila en la cabeza me escabullí entre los barrotes y fui a dar a un asiento junto a la ventana. Allí comenzó todo, mi amor sin respeto por Río que duró seis días y cinco noches.

Río tenía demasiada luz aquella noche, se veía elegante. Andaba yo con el cuello descolgado buscando por la ventana al Cristo Redentor y el Pan de Azúcar cuando de pronto me inmovilizó un frenazo en seco, corto; vuelta a acelerar, a frenar, y la gente que iba en el autobús de pie se movía como una ola. El conductor seguía metiendo cañona, colándose, acelerando para intimidar y frenando, y yo pensando que iba a morir en cualquier momento. Ése fue mi primer desencanto con Río, después vinieron otros. Luego supe que así se conduce allí. En todos los autobuses a los que me subí, sin excepción, pasé miedo, miedo del malo, no del inventado. Los conductores son los amos, un peligro en la carretera. Y no exagero, el último día vi morir a un hombre atropellado por un autobús que lo dejó tirado. Así me despedí de Río, una ciudad poco amable con el peatón, que lo hace esperar ¿cinco minutos? para cruzar una calle.

Aquella primera noche no vi ni al Corcovado ni el Pan de Azúcar. Me bajé en Botafogo, un barrio de clase media que me recordó al barrio de backpackers de Sydney. Después de caminar una hora buscando hostales (ninguna de las 15 personas de couchsurfing a las que pedimos alojamiento nos aceptó) dimos con uno que nos dejaba la noche a 25 reales compartiendo habitación con otros 14 y a cambio de que el sábado durmiéramos en el sofá del salón. Aceptamos.

Playa cercana al cerro de Pan de Azúcar.

Es my común, en especial en Río, ver tatuajes grandes y llamativos.

Al día siguiente me lancé a conocer la ciudad. Me fui en metro hasta el centro, caminé por entre la muchedumbre, posiblemente entre la mitad de los seis millones que son. Pasé por delante de iglesias barrocas de las que no recuerdo su nombre, llegué hasta el puerto haciéndome un hueco entre los coches, vi los aviones del aeropuerto Santos Dumont aterrizar casi en mis narices. También desde el puerto podía seguir con la vista el puente Río-Niterói , que corta el mar para unir las dos ciudades y que supe luego es el más largo de Latinoamérica. Cuando el sol  empezó a mortificarme hice lo que casi nunca hago allá donde voy, visitar el Museo Histórico Nacional.

Hacia el aeropuerto Santos Dumont.

Puente a Niterói.

Me aburrí tanto que en una hora ya estaba fuera. De todo lo que leí y vi me sorprendieron dos cosas, que el 44 % de los esclavos traídos a América vino a parar a Brasil, y que la abolición de la esclavitud en Cuba fue bastante tardía si se compara con el resto del mundo, tan solo 20 años antes de Brasil que fue el último de Latinoamérica. Y  por supuesto sangrante el caso de Sudán, que volvió a tener esclavos en 1991. Esto fue todo lo retuve del museo.

Ya en la calle empecé a organizar un plan serio de lo que tenía que ver en Río. Número uno, subir hasta la favela Rocinha, que durante años fue la más grande de Brasil y a la que aconsejaban ir con guía. Las excursiones con alguien que te pasea en moto-taxi, te explica, te presenta a la gente y te lleva a comprar artesanía local al final del tour costaban 100 reales (US$57). Descartada, por el precio pero sobre todo por mi fobia a las excursiones. Número dos, la visita al sambódromo, donde durante el festival desfilan las escuelas de samba. Otros muchos reales, así que también quedó eliminada.

Cristo Redentor desde el cerro del Corcovado.

Tren al Corcovado.

Ir al estadio Maracaná, pero en este momento estaba en obras. Y, por último, llegar al Corcovado. El tren y la entrada, 40 reales (US$23). Me planto allí, abajo del cerro y decido no subir por las vías oficiales. Lo intento andando pero me paraliza la altura, que debo seguir caminando junto a las vías del tren y el grupo de vecinos que ha salido para saludarme. Saco algunas fotos del tren y regreso. Total, me digo, ver al Redentor de cerca o de lejos tampoco es gran cosa, lo mejor deben ser las vistas de la ciudad.

En mi lista de cosas típicas ya sólo me quedaba el Pan de Azúcar, que es en esencia un pico-cerro gordito y medio aplastado. Allí se va en teleférico, pero a mí esos carritos colgando me dan vergüenza ajena. Renuncio y paseo por la playa de los alrededores. Y pienso en la belleza dudosa del Pan de Azúcar, trato de darle significado, de ponerlo en su sitio-símbolo pero no entiendo su gloria. Tampoco la del Corcovado, que a fin de cuentas ni domina la ciudad como  había imaginado, ni saluda al visitante como repite todo el mundo. Hay que buscarlo para verlo.

Hay ciertas cosas que valen más por lo que la gente dice de ellas, y para mi Río es uno de esos casos, que existe porque hay millones de gente que piensa en él. Pero me gustara o no estaba en una de los lugares más deseados del mundo, y tenía que tener un plan por delante, que además no costara mucho dinero. Ojo, esto es Río, la duodécima ciudad más cara del mundo, por delante de Nueva York, París y Londres. Era viernes y me habían dicho que en el barrio de Lapa se amanece de fiesta los fines de semana.

Los Arcos de Lapa, un antiguo acueducto.

Lo moderno que afea, contrastes de la arquitectura de Río.

Barrio de Lapa

Muro en una calle de Lapa.

Cosas de Río, hotel para solteros.

Casi todos los clubes tenían un portero en la puerta cobrando la entrada y diciéndote cómo debías vestirte. Y en la calle había ambiente de cerveza y caipirinha; en un rincón, tambores y zamba improvisada –hasta donde un sitio turístico lo permite- y en otro, reggae grabado. Di vueltas y más vueltas y antes de la medianoche volví al hostal, cuando dicen que empieza la fiesta.

De los días que se sucederían hay poco excitante que contar. Volví a Lapa de día a ver el barrio, mucho más pintorezco que de noche.  Edificios modernistas de colores brillantes, aunque algunos se han visto empañados por modernas moles de ventanas de cristales y aluminio. Allí me enteré de que Lapa tiene dos de las mayores atracciones turísticas de Río, los Arcos, un antiguo acueducto, ahora en obras, y que sirve de vía al bondinho, el tranvía eléctrico amarillo pollito que sube al barrio de Santa Teresa y que por causas que desconozco no estaba funcionando.

Otra postal de Lapa es la Escalera de Selarón. Todos los turistas se hacen una foto. La escalera tiene 215 peldaños que se han vuelto famosos porque a un pintor chileno radicado en Río -de apellido Selarón- le dio por pegar mosaicos y luego renovarlos por otros que empezó a llevarle y enviar gente de cualquier parte del mundo. Lo sigue haciendo hasta hoy y dice que parará el último día de su vida.

Escalera de Selarón, y sus coloridos azulejos.

Bienvenida del pintor a su escalera.

Mosaicos.

El Barça.

El día de playa lo dejé para un lunes -mi último día- y así evitarme aglomeraciones. Con el bolso ahorcándome alrededor del cuello llegué a la arena de Ipanema, caminé hasta donde se corta el paso con la vecina Copacabana. Me senté horas a contemplar el dominio de los cerros y las playas, y lo difícil que debió ser armar esta ciudad. Por un momento sentí envidia de los cariocas. No creo que haya muchos habitantes en el mundo que puedan disfrutar de algo así, de la gran urbe y de playas de arena fina. Río es hermosa en su paradoja, en sus contrastes de naturaleza y cerros que se meten en el mar con una retaguardia de edificios prescindibles.

Vista de la playa de Ipanema.

Y sí, Copacabana e Ipanema fueron como las imaginaba, con la excepción de que no vi por la arena los ‘hilos delantales’ que salían por la tele de mi infancia. No había mujeres con el culo despampanante al aire. Esas nalgas, junto al Cristo y el Pan de Azúcar, eran mi Río. Porque por más que lo pienso estoy segura de que el ‘hilo dental’  fue, allá por los ochenta, invento de las brasileñas.



  1. Ana (Responder) el lunes, 10 de octubre, 2011

    Mairelys! qué tu nombre no es impronunciable!
    Tu blog es GENIAL. Súper interesante. Me gusta lo que leo (aunque no comparta tu visión de Río, ciudad que considero bella de toda belleza) y lo que veo. El diseño, las fotos y el contenido están muy bien logrados.
    Voy leerte seguido así viajo un poquito aunque sea con vos.

    FELICITACIONES Mai!

    Ana

  2. Miguel (Responder) el lunes, 10 de octubre, 2011

    Mai, bien sabes cómo me encantan tus palabras, tus giros y tus recholateos idiomáticos. Leer tu post es como ir en tu mochila… pero con Río me parece que te quedaste corta. Río es una “cidade maravilhosa”, con desigualdades, locuras, inseguridades y otras perlitas que vas a encontrar en toda América Latina. Pero también es un lugar lleno de vida, donde ves el cafécito de termo yo veo la oportunidad de hablar largo y tendido con uno de sus habitantes. Donde ves la escalera de azulejos donde los turistas se sacan fotos, yo veo a un tipo totalmente enamorado de Río y que vivirá hasta sus últimos días en esa frontera entre Santa Teresa y Lapa. Río es mucha ciudad, donde ves no sólo la historia sino también el mundo con acento brasileño. Por eso, a diferencia de Salvador, no es tan folclórica sino más mundana, globalizada pero sin perder su alma. Todos los días sueño con sus playas, su centro lleno de comercios, su teatro municipal emulando a duras penas algún teatro europeo, sus contrastes… pero sobre todo, la alegría de su gente siempre dispuesta a decirte qué hacer para que la pases bien. Es un pedacito de Habana en América Latina.