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Lo bueno de haber salido corriendo de Santiago es que a las dos horas estaba en Valparaíso.  ¿Qué sabía yo de Valparaíso? Poco o casi nada, pero me enamoré de Valparaíso, como meses antes me enamoré de Salvador de Bahía y no de Río. Y no es un amor que pueda explicar como el que siento por Buenos Aires; éste es de otro tipo, del emocionado, del bueno. Hay cierto trauma en esta forma de sentir las ciudades porque en el fondo voy buscando parecidos con aquel otro viejo amor, comparando. Tiene que ser un trauma que la belleza se mida por la estatura y la talla de La Habana.

Valparaíso no es que se le parezca mucho, pero tiene casi tanta personalidad, hermosa en su simpleza, sin diseños postizos, ni calle peatonales con tiendas de moda, ni un bulevar con árboles y cafés “de diseño”.  Su vecina Viña del Mar es como Miami, hecha para gustar, entretener, acomodar.  Valparaíso tiene el don de atraer sin cálculos, el don de la belleza, que importa igual si va pintada, desarreglada o sucia. Da igual que te mates subiendo sus cuestas y escaleras y que al final del camino te topes con que esa iglesia o pasaje están en fase de construcción porque el camino habrá valido la pena, porque el mar se habrá ido como colando por todos los rincones, porque si te cansas habrá ascensores de principios del siglo pasado e, incluso más antiguos, de madera, minúsculos, con rejas de hierro desde donde ves como bajas o subes. Los hay también que suben las cuestas casi acostados y así vas admirando cómo se deslizan las cadenas que lo sostienen.

Conté 15 ascensores-funiculares, no recuerdo una ciudad con semejante despliegue. Lisboa, igual de empinada, tiene uno casi como de decoración, lo construyó un alumno de Eiffel y la subida vale unos cuentos euros. Lo ascensores de Valparaíso son modestos y baratos. Cuestan  de media 120 pesos chilenos (US$0,24) aunque algo más pagué por subir al ascensor Concepción, de 1883, el más antiguo de todos. Afuera te espera un balcón con las mejores vistas de la ciudad.

Los techos de la ciudad.

El tranvía o trolebús.

Piernas cruzadas.

Antes de llegar, Valparaíso era para mí un ajetreado puerto; Viña del Mar me sonaba por ese festival de la canción que a veces ponían en la televisión cubana. Desconocía que la ciudad era Patrimonio de la Humanidad, que Pinochet había nacido allí, que el diario El Mercurio –el más rancio y antiguo de Chile- tenía su sede en la ciudad, que Pablo Neruda había tenido una segunda residencia y que le había cantado una Oda al Caldillo de Congrio, un pescado de carne blanca que, según los entendidos, no te puedes perder.

Me gustan las casas de colores de Valparaíso, las más antiguas tienen una delicada chapa corrugada en la fachada que me recuerdan a las puertas de las bodegas de Cuba. Caminé los rincones que pude, los pasajes, me subí en sus tranvías con ruedas (trolebús), llegué a miradores y paseos como el Yugoeslavo, Gervasoni o Atkinson casi sin querer, me asomé a edificios que había que ver: la Comandancia de la Armada, la Bolsa, el reloj Turri o el Congreso Nacional, que me costó trabajo encontrar por su fachada intrascendente, escondida entre la muchedumbre de vendedores y viajantes que deambulan por la cercana estación de autobuses. No fui a la casa de Neruda,  y se me escaparon muchísimos monumentos que había en el mapa de la oficina de turismo porque el tiempo se me fue en otros placeres. El de comer y beber vino de la tierra.

Las casas típicas de Valparaíso.

Valparaíso iba a ser mi único contacto con Chile hasta que regresara un mes después al extremo norte del país, al desierto de Atacama, así que en cinco días y cuatro noches tenía que probar el pescado y los mariscos, las frutas, el pisco sour, las chorrillanas, las empanadas de pino, el terremoto, la cazuela de vaca, los porotos (frijoles negros) con tallarines, la paila marina, el pan amasado y un buen Carmènere (la uva chilena). Por ésta vez no iba a mirar precios para elegir el vino.

De esa lista mucho se quedó en el camino, pero hubo tiempo para un aperitivo con Pisco Sour que me dejó un dolor de cabeza; las chorrillanas, un plato con varios tipos de carne, huevo, papas y cebolla -todo frito- será para la siguiente, también el terremoto, los porotos con tallarines… Me consuela haber probado muchas empanadas de pino (de carne molida) en la calle, haber comido plátanos que sabían a plátanos y aguacates que sabían a aguacates de mi patio en Camagüey. Las aceitunas y el queso de cabra, éste último prescindible; las almejas crudas con un chorro de limón, memorables, pero no así los mejillones, a los que los chilenos llaman choros. Hervidos al vapor y nada más abrirse los puse en el plato, pero no se podían masticar. Eso fue una sorpresa. Se las había comprado a un chico en el mercado, quien me convenció de que era mejor que no me llevara Locos, un marisco popular  en Chile y mucho más caro, porque era tirar el dinero si no los sabía preparar.

El Mercado Cardonal.

Los mercados de Valparaíso son imprescindibles, hay para comer y para llevar. El mercado del Puerto estaba cerrado por culpa del último terremoto pero algo más alejado está el Cardonal. Aceitunas, encurtidos, frutas comunes y corrientes sin esa cera de los supermercados; el marisco y el pescado, fresco y barato, y en el piso de arriba, pequeños restaurantes para todos los bolsillos y gustos. Mi misión era el caldillo de congrio, así que no hice caso a las ofertas del día con varios platos, por algo menos de 3.000 pesos (US$6). Sólo el caldillo de congrio costaba 4.000.

Caldillo de congrio.

Vino de la tierra.

Un caldillo de congrio no será suficiente para dos, me dice el camarero, que se sabía la Oda de Neruda de memoria. Me sugirió una reineta a la plancha con patatas mayo (papas hervidas con mayonesa). De entrante, una sopa marinera y una ensalada chilena: tomate, cebolla cortada muy fina y perejil. Jamás había oído hablar de la reineta, pero estaba en la lista junto a la corveta.  El congrio, rico, pero el sabor era tan intenso que sólo lo pude comer mezclado con el caldo. La reineta, delicada, inolvidable.

Mientras comía, el camarero me sorprendió con un disco de Silvio de Rodríguez. Me dijo que en Chile lo amaban, y también a Pablo y le costó recordar el nombre de Noel Nicola. “Un delgadito que siempre cantaba con Silvio”. Ese día, a tantos kilómetros de Cuba, por ese camarero supe que Silvio estaba cumpliendo sesenta años.

Tiene que haber un trauma en esta forma de amar a las ciudades, de compararla con aquel viejo amor adolescente.

Explicaciones:

Terremoto: Vino blanco, helado de piña (ananá) y un poco de fernet, granadina o licor amargo.
Pisco Sour: Es una bebida preparada con pisco, jugo de limón, azúcar blanca, clara de huevo y hielo picado.



  1. Hatuey (Responder) el martes, 6 de diciembre, 2011

    Me parece que hay un pequeño error que para nada minimiza la riqueza de esta crónica. Y es que además de aparecer en el pie de foto “tanvia” se confunde el tranvías, que rueda sobre rieles, con el trolebús, el cual no hace uso de vías especiales o rieles en la calzada, por lo que es un sistema más flexible. Cuenta con neumáticos de caucho en vez de ruedas de acero en rieles, dice wilkipedias

  2. Natasha (Responder) el martes, 6 de diciembre, 2011

    Maire, gracias por confirmar mi sospecha. Siempre había pensado que con ese nombre, Valparaíso me tenía que gustar. En efecto, me ha gustado mucho; no lo sabes, pero yo he chocado mi copa contigo al beber ese vino chileno, y mis ojos se han deleitado con toda esa explosión de color y más. Gracias por llevarme también en ese fantástico viaje. ¿Seguimos? Sí, no dejamos de pedalear.