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Llegué a Santiago un domingo, a la hora del almuerzo. Venía desde el sur, de Aguas Calientes, un balneario de termas que no pude probar porque los hoyitos de agua caliente gratis que había en el río estaban tapados por la lluvia de días anteriores. Había hecho 1.100 kilómetros para ver la capital de Chile. Los primeros 700 encima de la nevera de un camión que volvía de llevar embutidos a Punta Arenas; el resto, confortablemente, en un coche que me llevó casi volando.

En Plaza de Maipú cogí el metro hasta Universidad de Chile y empecé a caminar por el Paseo Ahumada. A esa hora había muy poca gente, los vendedores de mote con huesillo, los limpiabotas y una fila de religiosos –evangelistas o testigos de Jehová- recitando y cantando cogidos de la mano. En la Plaza de Armas, en cambio, había mucho más barullo. Alquiladores de caballitos estáticos con la bandera de Chile en el lomo, un predicador con micrófono y acento brasileño alentando a todos a unirnos a él y a Dios, y un miniespectáculo bailable. Cumbia o algo por el estilo cantaba aquella mujer de vestido de encaje azul, medias y zapatos de punta fina frente a una multitud medio anciana, humilde y malvestida. Hubo quienes se arrancaron a bailar y sonreían olvidándose del pudor de los pocos dientes.

Sombras de la catedral.

Caballos de alquiler.

Estaba en Latinoamérica. Lo había sentido desde que subí al metro, los rostros eran mucho más indios y mulatos que los rubios y trigueños italianos del subte de Buenos Aires, más destartalado pero hermoso en su vejez. Viniendo de Argentina, después de haber recorrido casi la mitad del país –para entonces no había conocido el noroeste- Chile empezaba a mostrarme ese contraste tan latinoamericano, ese abismo entre unos y otros, la exclusión de los que poco tienen. Modernas infraestructuras, carreteras con sangrantes peajes, un metro nuevo, limpio con vagones españoles hechos en Andalucía; del otro lado, predicadores vociferando obviedades ante una masa que cerraba los ojos asintiendo con las manos levantadas. En Argentina, hay gente con dinero y otros con menos, zonas más ricas que otras, no es lo mismo San Juan o Tucumán que Chubut o Río Negro. Incluso, en Buenos Aires, los carretoneros, los que viven en plazas y monumentos, los que deambulan por la zona deprimida de Retiro -cerca de las villas- no se les ves en tanto desamparo.

Santiago me dolía en esa diferencia. Quería salir corriendo, irme cuanto antes. Me quedé unos minutos sentada frente a la Catedral, cogí un mapa para ubicar el Palacio La Moneda  y lo que debía ver. Los sucesivos terremotos han hecho que pocos edificios coloniales se mantengan en pie. No fui hasta el barrio Concha y Toro, al que llaman zona típica. Me llegué hasta la Casa Velasco, la Casa Colorada, la Biblioteca Nacional, el señorial edificio de Correos y a La Moneda, mucho más sobrio que en mis recuerdos.  Di varias vueltas en zigzag hasta la entrada, sorteando el césped y una fuente con chorros de agua. Caminaba despacio, sintiendo el suelo, rebuscando en la historia aprendida. Sentí pena por Allende, por lo que vino después.  Sentí pena por Latinoamérica, tan maltratada y sacudida por los dentro y los de fuera.

Palacio La Moneda.-

La protesta en carteles.

Salí corriendo hasta la boca de metro más cercana y de ahí a la estación de autobús. En media hora salía el bus a Valparaíso. Quedaban solo 110 kilómetros, pero no quería hacer autostop, estaba adolorida, triste, cansada. Me había costado dos días llegar hasta Santiago. No había parado desde que crucé la frontera con Argentina; una noche aquí, otra allá. La primera la pasé titiritado en un camping de Aguas Calientes. Al día siguiente, después de caminar casi cinco kilómetros, llegué a la carretera donde nos recogió el camión de Eduardo. Desde las 11.30 hasta las 9.00 de la noche estuve sentada encima  de la pequeña nevera de plástico porque en el otro asiento iba Peter, que siempre necesita más espacio para meter sus piernas. Eduardo nos dejó en una estación de servicio y allí dormimos hasta que amaneció. Horas más tarde entrábamos en un flamante coche en Santiago.

El paisaje por la ruta 5 -que lleva desde el sur hasta Santiago- es monótono. Es una autopista de peaje, sin pueblos que atravesar por el camino, sólo de vez en cuando aparecían unos quioscos con pan amasado, queso y chicha (mosto). Por momentos, tenías muy cerca la cordillera de la costa a un lado y Los Andes al otro. Por otros, las veías demasiado lejos. Pasamos volcanes, picos nevados, valles verdes. Cruzamos Temuco, zona de araucanos, pueblo originario, donde, según Eduardo, te pueden quemar el camión. ¿Por qué?, pregunto. “Porque reclaman sus tierras y el Gobierno no acaba de darles una solución.

En cuestión de horas pasamos del frío al calor, que en mi caso se agudizaba por la nevera.  La monotonía se rompía cada vez que Eduardo hablaba con sus colegas por una radio de camioneros  de “weones y huevadas” o parábamos en algún peaje. Desde donde nos subimos hasta Santiago había 11 peajes y un camión paga 6 lucas cada vez (6.100 pesos,  US$12). Yo no salía de mi asombro, por el precio y porque muchas de las concesionarias eran empresas españolas. De los 840 pesos que cuesta un litro de gasolina en Chile, 300 (40%) son impuestos, y dentro de ese dinero hay una parte para pagar el mantenimiento de las carreteras, pero muchas siguen teniendo peaje.

“Los chilenos reclamamos mucho porque pagamos por todo, por eso nuestro nivel es alto. Teniendo tanta riqueza, pesca, cobre…todo está en manos de empresas extranjeras que pagan un impuesto bajo para las utilidades que perciben. ¿Por qué esa rentabilidad no la ocupan para el peaje libre?”, me decía Eduardo, que lleva 12 años manejando un camión. Tiene casi 40 y nunca estudió. En la empresa en la que está ahora da viajes de Santiago a Punta Arenas, 7.000 kilómetros, demora cinco días en ir y cinco en volver. Con su familia está casi tres. Le pagan unos 1.550 dólares, pero mucho de su sueldo (500 dólares al mes) se va para pagar la universidad de uno de sus hijos. Prefiere hacerlo a que su hijo pida un crédito y salga endeudado entre siete y 10 años y a tasas altísimas.

En el camión de Eduardo.

El volcán Osorno, de camino a Santiago.

Muchos meses llevan los estudiantes chilenos pidiendo la gratuidad de la educación. La universidad se paga aunque los más listos pueden optar a becas. No todo el mundo tiene acceso a la educación, me explicaba Eduardo. Otro problema de Chile, contaba él, es la salud y la seguridad. “Piñera prometió mano dura y eso no ha ocurrido. Santiago sigue insegura, en tiempos del General no era así”.

Eduardo hablaba de “mi General” con una rara nostalgia, por momentos sonaba a ironía y por momentos me hacía pensar que creía verdaderamente que Pinochet había sido bueno para Chile. “El viejo no era tan malo, lo que pasa es que lo quería todo para él”, recuerdo que me dijo. También me dijo que nunca se iba de su casa enojado, que trataba de no pensar mucho y de disfrutar el día, de pararse cuando algo le gustaba y de que casi siempre se iba de vacaciones a acampar junto a un cerro.  “La gente de mi clase no podemos coger a toda la familia e irnos de vacaciones a un hotel”.

¿En Chile la gente habla aún de clases?, le pregunto a Eduardo. “No, en Chile convivimos todos sin problemas, nadie te va a dejar de hablar porque tú seas de otra clase”.

PD: Salir corriendo de Santiago toma el título prestado a Guillermo Cabrera Infante, quien treinta años atrás salió volando de Río.

Mote con huesillo: Bebida a base de jugo acaramelado, trigo y duraznos secos.

 



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