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Hay pocas cosas más inesperadas que llegar a un desierto bajo la lluvia. Y no hablo de una lluvia fina, hablo de un torrencial aguacero, que empapa, que inunda. Hay lugares en el desierto de Atacama donde jamás llueve y otros en los que llueve en enero cada 25 o 30 años. Pero tocó este año y la culpa la tiene el invierno boliviano, que no es precisamente un invierno. Hay pocas cosas más inverosímiles que dejar el desierto porque la lluvia no te deja vivir, ni salir. De San Pedro de Atacama solo recuerdo el fango y los charcos, haciendo malabares para cruzar de una esquina a la otra.

Todo iba bien hasta que pasamos el Paso Jama, el cruce entre Chile y Argentina que lleva a Atacama. Diría que el día había ido demasiado bien. En la mañana, una simpática pareja de americanos nos había recogido en Purmamarca (Argentina) y dejado en las Salinas Grandes, luego una camioneta de unos vecinos nos avanzó diez kilómetros donde minutos más tarde nos subíamos al camión de un paraguayo que iba a recoger coches de segunda mano a Iquique (Chile). Nos llevaba directo hasta San Pedro de Atacama, qué más se podía pedir. Pasamos el control de pasaportes, adiós Argentina, bienvenidos a Chile y otra vez al camión.

Todavía había sol y calor, pero ya se veían algunas nubes negras. El conductor del camión no le dio importancia. “No te preocupes, en San Pedro nunca llueve”. Y no me preocupé, iba muy tranquila, mirando por la ventana, siguiendo las apariciones de volcanes nevados, de un salar, del desierto -planicie unas veces, otras cerros enanos-; montañas fusiformes embutidas en otras; los ocres, los rojos más colorados mezclados con verdes pálidos y amarillos.

Los colores de Atacama.

Chile, tras el cruce con Argentina (desde la ventanilla del camión).

A 70 kilómetros de San Pedro de Atacama.

Iba yo de corto, vestida para el calor del desierto. El paraguayo me hablaba de lo caro que es Chile para ellos, de cómo los maltratan y los hacen esperar en la frontera. A veces se dirigía a su ayudante en guaraní, quien iba tirado en la cama de atrás y no dio un palo al agua durante todo el camino. “Está aprendiendo, sólo le doy el volante en rectas. Anoche manejó toda la madrugada”.

Tampoco me preocupé cuando empezó a llover; lluvia fina, tranquila, que hasta alegraba el paisaje. Estuvo lloviendo alegremente una media hora; el camión empezó a ir más lento, pero a una velocidad humanamente soportable, no a 20 o 30 km/h. A a esa velocidad lo único que quieres es bajarte; la cabeza no funciona bien, el tiempo va tan lento que con el tedio y el ocio toda tu vida -lo bueno y lo miserable- cae de golpe para el análisis. Esa es al menos mi experiencia en un camión a 30 km/h. Pero éste no era el caso, íbamos a 50 o 60. Todo iba bien hasta que en cuestión de minutos la lluvia pasó a ser un aguacero, y del aguacero pasamos al frío, yo pasé de ir de corto a envolverme con un trozo de la colcha del paraguayo-ayudante, al poco rato tuve que pedirle más colcha para los pies. Y así fue mi camino al desierto, del sol a la lluvia, al frío y a la nieve.  A paso de hormiga llegamos al pueblo de San Pedro de Atacama, mi destino.

Ni siquiera el control de aduana en San Pedro -donde había que sellar el pasaporte de entrada al país- estaba preparado para la lluvia. No había un techo afuera para esperar tu turno en la cola. O te apretujabas dentro, o te mojabas. En el  pueblo nada estaba preparado para la lluvia. Ni las calles, ni los hostales baratos, que se mojaban por dentro. De San Pedro lo que más recuerdo es el fango, los charcos, mis piernas enfangadas por detrás, por esa deforme manía de caminar levantando demasiado los pies.

Las calles de San Pedro.

Los mismos tours en cada agencia.

De San Pedro también recuerdo los desorbitados precios, los cientos y cientos de turistas, los cuatro por cuatros dueños del pueblo, los cientos de agencias con los mismos tours y safaris. También recuerdo a Amalia, la boliviana que atendía el hostal donde me quedé. Tímida y reservada, trabajaba de siete de la mañana a once de la noche, lo hacía todo: era la mujer de la limpieza, la que lavaba la ropa, atendía el teléfono, la recepción. No entendía una palabra en inglés. Tenía 52 años y llevaba veinte viviendo en Chile;  su familia seguía en Bolivia. Estaba sábados, domingos, tenía cuatro días libres al mes, pero no se los pagaban. Amalia decía que no descansaba porque los dueños no encontraban sustituta. A ella parecía no importarle, parecía acostumbrada a esa vida sin vida.

No sé si fue la lluvia, que a veces lo estropea todo, pero San Pedro es, simplemente, un pueblo con casas de adobe (ladrillos de tierra) reconvertidas en  hoteles, en restaurantes de ciudad, en tiendas de ropa colorida, gorritos de lana, bolsos… un lugar con vecinos poco amables. San Pedro es una especie de base de operaciones para tomar un jeep o minibús y salir en comitiva a ver el Valle de la Luna, el salar de Atacama, los geysers, los volcanes, las lagunas altiplánicas, la aldea de Tulor, un pobladito atacameño precolombino reconstruido, cuya simple visita vale unos cuantos dólares. En fotos, todos estos lugares se ven imponentes.

Amalia, la boliviana.

Cara de perro, como los vecinos.

En San Pedro de Atacama todo es privado, no hay autobuses públicos para visitar los alrededores. O pagas a una agencia o alquilas una bicicleta, aunque lo más lejos que puedes llegar -y con la lengua afuera- es al Valle de la Luna, a 15 kilómetros. Pero hasta por ver el valle cobran, allí te cobran por cada paisaje. Mi plan era pedalear hasta el Valle de la Luna, dos horas para ir y dos para volver. Al menos algo que llevarme. Lo estuve intentando  dos días. Por la mañana, un sol que rajaba las piedras y al mediodía, de camino a la plaza de la iglesia para alquiler la bicicleta, llegaban las nubes negras y a llover. Y así íbamos a estar toda la semana, según la previsión del tiempo. ¿Adónde iba a ir yo con lluvia y en bicicleta?

Al tercer día recogí la mochila y me puse en camino; adiós Chile. Ese mismo día quería llegar a Bolivia, solo quedaban 300 kilómetros hasta la frontera. Yallí terminaría solemnemente mi meta de coger botella, hacer dedo, autostop en Sudamérica.

Desde la ventana.

El Valle de la Luna, de refilón.

Lo último que hice en San Pedro de Atacama fue llegarme al cruce fronterizo. Había decenas de camiones esperando para entrar. Me acerqué a un chófer y le pedí que nos llevara hasta Calama, el próximo pueblo. Terminamos en la camioneta de su  mecánico. Me quejé del pueblo, de la lluvia y la gente, y él pareció entenderme. “Aquí todo es caro, todo es para turistas. A mí no me gusta venir, aquí te miran por encima del hombro. Si no tienes dinero, no vales nada. Esta zona es toda así, es muy rica, vive de las minas”.

Calama fue la siguiente parada. En el camino vimos el  Valle de la Luna de refilón y otras hermosas estampas del desierto. En Calama no había nada que nos atara. Es una mini ciudad hecha para mineros y para los vecinos que desalojaron de Chuquicamata cuando decidieron explotar la mina. Todo el pueblo es nuevo, casa adosadas modernas y buenos coches aparcados en la puerta. Decidimos seguir hacia Bolivia, aunque en realidad estábamos en Bolivia. Hasta hace 130 años, el desierto de Atacama también era Bolivia. Tras ganarle la guerra -alentada por los británicos, según las malas lenguas, para hacerse con las salinas- Chile se quedó con la Puna de Atacama, 75.000 kilómetros cuadrados de los que cedió casi todo a Argentina por no meterse en el ajo a favor de Bolivia. Bolivia se quedó sin su salida al mar, y Perú, por pundonor y ayudar a los bolivianos, perdió también un trozo.

Autostop en el desierto.

El tren de mercancías de Antofagasta (Chile) a Uyuni (Bolivia).

El volcán Poruña, el más pequeño del mundo.

Bolivia tiene esa espina clavada, y no es para menos, perdió demasiado. Después de Calama, si se atraviesa el desierto hacia el norte, aparece un pequeño poblado llamado Chiu Chiu y el resto de vida humana son dos grandes minas que, de lejos, parecen una ciudad. Son minas a cielo abierto, me contaba el chileno que nos recogió en Calama y dejó a mitad de camino.

Allí los mineros trabajan por turnos, siete días y descansan siete. Viven toda la semana y cuando van a casa, salen como locos a beber y a los prostíbulos. Calama tiene uno de los índices más altos de SIDA, explicaba el chico, y la mayoría son hombres con familia. Se dice que los mineros viven poco, unos 55 años de promedio. Cada mes, las compañías para las que trabajan les dan gratis decenas y decenas de litros de leche, yogurt y jugo de frutas para aliviarles la pérdida de calcio que sufren enla mina. En Bolivia, según pregunté luego, los mineros no tienen tanta suerte.

 



  1. pablo (Responder) el sábado, 7 de enero, 2012

    Es increíble que aunque no conozco este lugar, lleva, será que las teorías aplican en los mayas, no es, el cambio climático esta tocando los vastos desiertos

  2. Garik (Responder) el sábado, 7 de enero, 2012

    Beautiful! I loved my time in San Pedro and the Atacama desert. I trevelad from Arica towards Santiago and stopped at many places to just soak in the beauty of the landscape. My chilean friends told me I would love the South, but I loved the North, especially because it was so different from home. The South looks like the Black Forrest ;-)I loved the North for the uniqueness, for the colors, for the people and for the llamas! Awesome shooting!

    • Mai (Responder) el sábado, 7 de enero, 2012

      thank you Garik, it was absolutely beautiful, the weather was a shame though. In San Pedro de Atacama was raining for fours days in row, so I decided to leave after that for Bolivia where more raining waited.

  3. ELBA NOEMI HOFFMANN (Responder) el sábado, 7 de enero, 2012

    VIVO EN ARGENTINA , MENDOZA, Y CON MI HIJO MENOR DE 22 AÑOS, SOÑAMOS CON VISITAR SAN PEDRO DE ATACAMA, ME PARECE DIFERENTE , EXOTICO, Y PROMETE CORRER UNA GRAN AVENTURA. ¿DONDE ESTA EL OBSERVATORIO METEOROLOGICO? ME MUERO POR CONOCERLO. ME ENCANTA EL MAR, NO ME GUSTA EL DESIERTO DE MI PAIS, PERO ESTE ME PARECE ESPECTACULAR Y DIFERENTE. SEAN FELICES HERMANOS CHILENOS Y LUCHEN POR SUS DERECHOS.