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Se llama Panero, o le dicen Panero, y fue mi hombre en la selva. Es pequeño, diminuto, casi enano. Tiene 44 años y las marcas del sol y la vida dura le surcan la cara. El sol en el Amazonas colombiano hierve el asfalto, raja las piedras y no queda otra que arrastrarse hasta el café dulce que venden en una de las casitas de la comunidad indígena que hace de bar y panadería a la vez. Desde su portal de guano, con piso de tierra y perros cabizbajos, enfermos y malolientes merodeando, se pasan las peores horas hasta que dan las cinco y llegan los zancudos -los peores mosquitos del mundo- y luego la brisa de la noche.

Estamos en plena selva, a 11 kilómetros de Leticia, la capital del departamento colombiano Amazonas y adonde solo se llega por avión. La comunidad asentada aquí, de la etnia Uitoto, lo tiene fácil para llegar a la civilización. Por delante pasa una carretera fantasma que acaba en ninguna parte y un bus destartalado va al pueblo. Allí aterricé sin tener la más mínima idea de dónde estaba. No soy lo que se dice una exploradora, ni tengo inclinaciones hacia la bilogía o antropología, ni siquiera sé nombres de flores, árboles o animales. Mis conocimientos de geografía son pobres, se limitaban a lo que todo el mundo repite: que el Amazonas es el pulmón del planeta y el río, el más caudaloso del mundo.

La selva desde el avión.

Llegada a Leticia.

Había leído en alguna parte que desde Leticia se podía navegar en barco hasta Brasil y la idea me atraía pero desde ninguna perspectiva ‘seria’. Así que cogí un pequeño avión desde Bogotá y a las dos horas tenía el Amazonas a mis pies. La visión desde la ventanilla impone, es un espectáculo seguir la corriente del río, tienes la medida exacta de lo que realmente es la selva, inmensa, inalcanzable. Y al rato estaba desembarcando en el aeropuerto más pequeño del mundo, abrigada con los 14 grados de Bogotá.

Elecciones en Leticia

El camino andando al centro de Leticia con 31 grados a la sombra sofoca, pero están en plenas elecciones y la campaña electoral es a la antigua. Carteles como en todas partes, pero la ‘sabrosura’ la ponen unas pequeñas brigadas de apoyo con camisetas del candidato de turno y los coches con altoparlantes encima que en tono cumbia-salsa-merengue vociferan el nombre o el apellido. Mi favorito fue “Zambrano, Zambrano, pá pá pá”; su conductor se aparcaba en el parque, ponía la musiquita una hora y luego se iba. La publicidad comercial es todavía más graciosa. Anuncios coloridos pintados en las paredes que te invitan a un refresco América, ‘25 años refrescando el Amazonas’, y te hablan del Amazon frozen food.

Publicidad en Leticia.

De Leticia poco más que decir. Un parque enorme, kioscos de cualquier cosa y pequeñas cafeterías; ajetreo de gente que viene y va de Brasil, minibuses que te cruzan la frontera, mezclas de brasileños y colombianos hablando portuñol. Pocos turistas deambulan por las calles, la mayoría de ellos está aquí para coger el barco por el Amazonas hacia el lado peruano o brasileño. Los hay que sólo quieren aventurarse un día o dos en la selva, o ir a otros destinos turísticos de moda, la Isla de los micos (mono con cara de gato y ratón a la vez) y Puerto Nariño, para ver los delfines rosados del Amazonas, especie única en el mundo y una de las cinco que habita en aguas dulces. No se parecen mucho a los desfiles de mar, éstos tienen un gran pico por delante y los ojos pequeñísimos, me cuentan que son mutaciones exigidas por la vida en el río.

Mi parada en Leticia no tenía nada que ver con los micos o los delfines aunque no me hubiera importado caminar un día o dos por la selva, pero se necesita un guía y los locales cobran una fortuna para mi presupuesto (unos 100.000 pesos diarios por persona, US$ 70). Uno de los guías locales más demandados es Panero, mi ‘hombre’ y quien tal vez, con más roce, me hubiera llevado gratis.

Pero no me voy a quejar. Panero me llevó a caminar por su comunidad, me hizo entrar en la maloca – donde los indígenas celebran sus reuniones y fiestas-; me presentó a un mico y a muchos de sus paisanos, y, sobre todo, me llevó a conocer el mambe. Gratis, o cervezas mediante porque para él, como para muchos de los que se muestran más abiertos, un turista es dinero. Una realidad que choca con la idea romántica del viajero-explorador que llega a tierra y espera ser acogido como uno más, sin esa falsa amistad del que espera algo. Cuando no cobra, Panero espera la ‘voluntad’ del otro. La mía, aquella noche que me llevó a conocer el mambe, fue una cerveza.

Panero nos enseña su comunidad.

Un mico que merodeaba por los alrededores.

Niños de la comunidad Uitoto, a 11 km de Leticia.

Niñas de la comunidad Uitoto.

 

En las afueras de su casa de guano, en una gigante sartén parecida a una paellera, encontré esa noche a Panero tostando las hojas de coca, que luego se mezclan con el polvo de hojas quemadas del yarumo (uva silvestre del Amazonas), se machacan en un mortero enorme y se cuela sobre una camisa; el polvo que no pasa el algodón se vuelve a machacar. Preparar el mambe es todo un acontecimiento porque las hojas de coca no se encuentran fácilmente. Hay que ir selva adentro, el ejército persigue el cultivo y ha arrasado campos enteros. Sólo les permiten tener unas pocas plantas para su consumo.


Para los indígenas, el mambe lo es todo. Les cura el alma y el cuerpo, les quita la fatiga, alivia el corazón, calma las penas, los hace fuertes, los relaja. La tradición del mambe se hereda de tíos y abuelos, es algo de la madurez. En muchas tribus se inician con 25 años y no es algo que se aprenda de ahora para ahorita, requiere entrenamiento; para ellos es una forma de estar más cerca de Dios. Hay tener cabeza porque, como cualquier adicción, te puede llevar a robar a tu vecino y eso no se perdona, se paga caro, con palizas o con un tiro, porque cuando se les arranca las hojas aún tiernas, la planta no sirve para más nada.

Dice Panero que el mambe le ayuda a pensar y le quita las telarañas de la cabeza. De sol a sol masca ese polvo verde que anestesia primero y con las horas se convierte en una bola pegajosa. Los hombres –porque es cosa de hombres y sólo de algunas mujeres mayores- mambean cuando empiezan a trabajar y durante todo el día para resistir el calor, para engañar al estómago. Algunos lo escupen y otros guardan lo que les queda para después y paran para almorzar, pero la mayoría pasa el día en blanco.

Intentando mambear

Los hombres indígenas trabajan duro, todavía son las mulas de carga de los blancos y hacen lo que ellos no quieren o pueden hacer; las mujeres se ocupan de la tierra, se echan al hombro las cosechas y sirven en la casa. Tienen fama de ser leales y siempre están cuando se les necesita, me cuenta Kike Arés, un madrileño que hace siete años compró un terreno con unos pocos bungalós y los convirtió en un hostal, justo enfrenta de la comunidad.

Kike Arés.

Las hamacas donde dormimos las tres noches en Leticia.

Mis piernas después de los picazos de zancudos.

También tienen fama de beber hasta que el cuerpo aguante. Panero se gasta lo que gana en cachaza, un aguardiente de caña barato que traen de Brasil. Su mujer de toda la vida le dejó hace un año y se llevó a sus cinco hijas por culpa de estos excesos y por un coqueteo con faldas vecinas. La lloró pero sigue en la plantilla de bebedor en activo.

La noche que fui a conocer el mambe, él y varios hombres se pasaron sin parar la petaca durante las tres o cuatro horas que duró la proceso. De una pequeña grabadora sonaba la misma música, una especie de cumbia-balada sobre hombres despechados y abandonados por malas mujeres. El alcohol seguía rodado y algunos acompañaban las canciones. Yo era la única mujer. Un hombre de otra tribu se me acercó y empezó a explicarme que cuando ellos preparan el mambe son generalmente más solemnes; nada de música ni mucha cachaza.

Por fin salió el primer polvo digno. Me dieron una cucharada que debía colocarme a un lado, entre el cachete y los dientes, sin tragármela, y comenzar a mezclarla con la saliva. Sabe a hierba pero me dieron unas terribles ganas de vomitar y acabé tragándomelo todo. Panero y sus amigos siguieron colando y colando y propusieron catar el rapé, otro polvo que se extrae de las hojas del tabaco y que se fuma en pipa de hueso de gavilán y que las curanderas lo usan para sanar, ver el futuro y rezar. Todos querían que lo probara, pero como no había pipa lo aspiré por la nariz. Dicen que si la persona llora es porque es celosa. Todos esperaron, me acercaron una vela a la cara y dicen que tenía lágrimas en los ojos.

Todas las fotos de Leticia en Flickr

 

Más sobre Bogotá-Leticia

Vuelo: 174.000 pesos, US$102, £62

Duración: 1.38 h

Impuesto de entrada a Leticia: 18.500 pesos, US$10

Nos alojó Kike Arés, en el hosta Omshanty. Tiene una zona habilitada con hamacas y mosquiteros fuera de los bungalós. www.omshanty.com.

Una cerveza: 2.000 pesos, US$1,17, £0,70

Un refresco: 1.600 pesos, US$0,94, £0,56

Un almuerzo: 5.000 pesos, US$2,78, £1,75

Sobre Leticia. La población es de 35.000 habitantes. Desde alí se puede navegar por el Amazonas hacia Iquitos (Perú), o hacia Manaus (Brasil). Los barcos se cogen en Tabatinga, el primer pueblo cruzando  la frontera con Brasil., a unos dos kilómetros.



  1. Carlos Alberto (Responder) el viernes, 16 de septiembre, 2011

    Me decía un amigo peruano que ellos se iban a la selva a buscar mujeres y que el único problema era que tenían los dientes verdes.