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Es menudo y aparenta una cierta fragilidad de asmático. Se llama -pongamos que M- y tiene 17 años. Vamos en un bus de Armenia a Salento, un pueblo de la zona cafetera colombiana donde vive con su tía, su prima de once años y su hermana de siete. M revisa su teléfono a menudo. “Tienes Internet en el teléfono”, le pregunto. “No, no puedo permitirme eso. Tampoco tengo en mi casa. Mi tía vende arepas y eso nos da justo para sobrevivir”.

M tenía once años cuando se mudó a Salento. Su tía, que por entonces vivía cómodamente con su hija, dejó su trabajo en Armenia y se hizo cargo de él y su pequeña hermana y los cuatro vinieron a vivir al pueblo. Para mantenerlos ella vende arepas y él trabaja los domingos de mesero porque durante la semana va a la universidad. “Mi padres no estuvieron mucho tiempo juntos. Mi papá se volvió a casar y vive en otro pueblo; casi no lo veo, soy yo quien lo llamo siempre para saber cómo está. Y mi mamá es drogadicta”.

Es de noche, he invitado a M a cenar curry de vegetales con arroz en mi hostal. No es una cena sofisticada, no hay ni postre y de beber, agua. Estamos sentados en un pequeño balcón delante de mi habitación, que es una básica tienda de campaña con un colchón con ganas de ser una jaima. Estamos rodeados de matas de guayaba, limones, mandarinas, orquídeas. La noche está fría, húmeda; paró de llover hace nada. M ha empezado a hablar de su madre, sigue íntegro, locuaz. Habla con la misma elegancia y solidez con las que horas antes -en una cafetería de Salento- intentaba explicarme las incongruencias de su país, de un gobierno que “gasta más” en la guerra (contra la FARC) que en Educación. No le gustaba Uribe.

“A mí no me corresponde juzgar a mis padres, ni juzgar sus decisiones. A mí me corresponde amarlos. Mi madre tiene bastante con lo suyo, no debe ser fácil estar en la calle pidiendo”, sigue contando M. Le miro a los ojos, no hay dolor aparente, no hay una lágrima. Quiero cambiar de tema, pero él va directo a la herida. Empieza a tocarse el pelo, a enredar los dedos en sus risos como si eso tan simple le ayudara a no caerse.

La iglesia de Salento.

Balcones de la calle principal de Salento.

Fachades coloniales, arquitectura paisa.

“Yo he visto a mi madre consumiendo, pero siempre he estado alejado de eso y enfocado en mis estudios. No podemos vivir con ella. Fue directora de un centro de rehabilitación; en esa etapa venía a vernos, nos ayudaba económicamente y salíamos a pasear. Pero volvió a caer, el problema de ella es que une la rehabilitación con sus relaciones sentimentales. Mi madre tiene 39 años. A veces me llama llorando y tengo que decirle ‘ánimo mamá, tú puedes’. Yo he crecido muy rápido, me han tocado conflictos de la gente mayor. A mi tía no le gusta que mi mamá me llame porque dice que eso me desestabiliza emocionalmente y me afecta en los estudios”.

“Entiendo a tu tía”, le digo a M. “Ella tiene razón. Mi tía es una mujer excepcional, no fue fácil para ella dejar su trabajo en la ciudad y estar en una cocina haciendo arepas. Hemos madurado mucho juntos”.

M está en primer año de Negocios Internacionales en Armenia, capital del departamento de Quindío y a 40 minutos en bus de Salento. La universidad a la que va es pública, pero cada semestre tiene que pagar unos 400.000 (US$227), además de los 6.000 (US$3,4) diarios para el transporte y el almuerzo en la universidad. “¿Y el gobierno no les da una ayuda?, le pregunto. “No, no nos dan nada. Lo que hay son préstamos que después hay que pagar. A mí no me gusta ir dando lástima. Siempre he creído en el valor de los méritos para conseguir las cosas”.

M toca el clarinete y también canta. Sueña con viajar, pero sabe que de momento tiene que esperar. Tiene casi todo listo –a falta del dinero – para montar un negocio juntos a dos amigos de vey para vender patacones al estilo de Salento entre los estudiantes de su universidad. En Colombia son famosos los patacones (plátanos fritos aplastados y crujientes) pero en Salento los preparan diferente: es como una torta bien fina y la acompañan con queso, hogao (tomate picado, cebolla y aceite) o trucha.

M quiere saber sobre Cuba. “Cuéntame por qué Cuba tiene tan buenos deportistas? Le hablo de las escuelas, de la EIDE, de mis razones, pero enseguida volvemos a Colombia, a las FARC, a Ingrid Betancourt. “Hay gente que la quiere y que gente no. Ella criticó mucho a Uribe y Uribe era querido porque creó muchos subsidios.  En tiempos de Uribe se gastó mucho en luchar contra la guerrilla. Los militares ganaban más dinero por cada guerrillero que mataran (US$1.900). No sé si sabes sobre el escándalo de los falsos positivos, pero eso sucedió hace unos años. Los militares empezaron a matar campesinos y a vestirlos de guerrilleros para cobrar esa extra. Murieron como mil campesinos”.

No puedo creer lo que escucho, mi ignorancia me avergüenza. Qué poco sabemos sobre los otros. Quiero pensar que M exagera o que la historia no es tan real como la cuenta. Hablo de la imagen de Colombia, del miedo que despierta visitar el país. Le cuento que en España cada vez que hay tiroteos y colombianos de por medio, lo primero que se habla es de drogas y ajuste de cuentas.

Colores brillantes en fachadas, ventanas y balcones.

El bar de la esquina.

Los balcones.

M sigue recordando la etapa de Uribe y sus peleas con Chávez, con Rafael Correa (presidente de Ecuador) por matar en territorio ecuatoriano a un capo de la FARC. “Aquí se dice que Correa y Evo hacen lo que dice Chávez”. Hablamos de Latinoamérica, de la corrupción. Hablamos de la educación pública, de la universidad pública y de cómo los que tienen poco dinero no tienen otro remedio que ser los mejores.

Esta historia se queda sin un final: he omitido el último párrafo porque así me lo ha pedido M.



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