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Después de Chicago tocaba la Florida. Una parada en el camino hacia Sudamérica para el reencuentro con amigos, con la prima que acaba de dejar Cuba y necesita aliento. Aterrizamos al mediodía en el aeropuerto de Fort Lauderdale, a unos cuarenta minutos en coche desde Miami, porque el billete salía mucho más barato. De lejos, Fort Lauderdale es como Miami o Palm Beach –desperdigada a lo ancho y largo- aunque la publicidad la llama la Venecia de América.

Yo aterricé soñando con pastelitos de queso, cangrejitos, croquetas, papas rellenas y tamales, pero ni por asomo había un puestecito como los del aeropuerto de Miami y que pertenecen al restaurante La Carreta, ese templo de la comida cubana adonde hay que ir para volver a vivir el arroz con pollo para almuerzo y comida de mi abuela los domingos; el extinguido arroz imperial, el pervertido picadillo a La Habanera, la desaparecida crema de queso y el espagueti con vita nova de la pizzería El Gallo de Camagüey; el prohibido cóctel de camarones y el enchilado de langosta, y los muy poco vistos casquitos de guayaba, coco rallado con queso, plátanos borrachos,  ajiaco y batido de mamey.

Hacía poco más de un año que había estado en Miami y, por aquel entonces, llevaba 13 años sin ver a mi mejor amiga, como 20 veinte sin saber nada de la profesora que me había enseñado a leer y a escribir, más de 25 sin ver la cara de hombre de aquel niño con espejuelos  ‘fondo de botella’ que pintaba como calcados los techos de la Plaza Roja de Moscú en la que nos dijo que había estado. Un buen día no fue más a la escuela. Aquello debió ser en cuarto grado, y se nos informó de que mi compañero de clase había ido a la Unión Soviética  a operarse de la vista. Pasaron los años y luego me enteré de que había acabado en Miami, donde vivía la familia de su madre.  Mi amigo jamás ha pisado Moscú, ni ha visto el mausoleo de Lenin y lo de pintar la Plaza Roja fue parte del plan según me confesaría él mismo, ya con bigotes y vida de casa, mujer e hijo.

Aquel viaje de hace un año sirvió para otros reencuentros. Otros amigos de la Primaria como ‘Fidelito’, ahora un exitoso empresario que me llevó en su Porsche a conocer Miami Beach y la cafetería del restaurante Versalles, otra casa de culto adonde van a tomar café y merendar la vieja guardia del exilio de Miami. Allí se me acercó una pareja ya mayor que se había ido de Cuba en los sesenta y que al enterarse de que era de Camagüey, comenzó un debate sobre nombre de lugares que solo existen en sus memorias.

También de la Primaria y la Secundaria era Noris, dentista, a la que probablemente no había visto en diez años. Su salida de Cuba, abandonando una misión, motivó hasta una mesa redonda. La visité en unos de los edificios más altos y caros del downtown, donde se permite vivir.  También hubo otras visitas, a vecinos, amigos de la vocacional y la universidad.  Unos llevaban  años y se les veía aclimatados; otros muy poco y aún trabajaban de domingo a domingo para pagar los 10.000 dólares que les había costado la lancha que los sacó de Cuba.

Vi a cuantos amigos pude y se dejaron ver, de manera que este año me lo iba a tomar con calma. Ya que andaba por  Estados Unidos y sin pensármelo mucho había decidido pasar otra vez por Miami y permitirme una segunda mirada a la ciudad, más benevolente, más paciente. Me prometí volver a caminar la calle 8 con más calma para ver dónde estaba el encanto del que hablaba Guillermo Cabrera Infante en ‘El Libro de las Ciudades’, volver a sentarme en la playa, fotografiar  los edificios Art Decó de Miami Beach, los `rascacielos’, la isla de los famosos, el boulevard Lincoln Road con sus tiendecitas, cafés y restaurantes;  las casonas y chalets del acaudalado y tranquilo Coral Gable; el ‘malecón’ de Bay Side. En fin, fotos de las ‘cosas lindas’ de Miami y de los amigos reunidos en segundas oportunidades.

Pero no hubo segundas oportunidades y Miami sigue siendo mi deuda. No hubo fotos, tampoco vi a ninguno de mis ex compañeros de clases –aún con pañoleta en mi recuerdos- . Volví a pasear por todos esos lugares con la diferencia de que esta vez me tomé un mojito en Bay Side y no en Miami Beach, sentada junto al mar y viendo cubanos pasar y adivinando el tiempo que llevarían y la historia que cargarían detrás. No estuve en el Versalles, pero me fui a ver un partido de los Marlins contra los Mets de Nueva York –mucho menos divertido que en el Latinoamericano o el Cándido González-; volví a pasar por los rascacielos –que me parecieron mucho más pequeños viniendo de Chicago-; crucé la calle 8, pasé frente a la isla de los famosos, cené otra vez en La Carreta y me llevé cajitas de El Palacio de los Jugos con congrí, carne de puerco asado y yuca con mojo.

Miami me duele, me duele su memoria de desgarros, separaciones, llantos; de ‘Peter’s Pan’, ‘marielitos’, ‘balseros’. Miami no es una ciudad a la que sacar fotos, al menos yo no pude.  La belleza carece de ideología, o de moral. Y sé también que ésta es una tragedia personal, muy mía. Ninguno de mis amigos o conocidos sufren Miami, tampoco mencionan a Cuba, no hablan ni bien ni mal, ni siquiera se plantean volver algún día. Cuba quedó atrás y ahora se van de vacaciones pero a Europa, Roma, Londres,  París o Ámsterdam. Ninguno saca sus trapos sucios o sus nostalgias, al menos no en público. Sus dramas son bien cotidianos, pagar el alquiler, las facturas, el coche… Todos parecen compartir la idea de que es a ésta vida, a la que se tiene, a la de ahora, a la que hay que sacar brillo y no a otras, a pasadas o nunca vividas.  Todos parecen hechos a una ciudad-refugio, a esa otra  Habana, la pequeña.

*. Un ‘estrai’ en Cuba es un ron sin hielo, a palo seco que dirían los españoles. Straight (inglés): a secas.

PD: Las fotos de este post fueron cedidas por Limay González.

Más sobre Chicago-Miami

Vuelo:  $US120, £75

Alojamiento: nos dejó su cama mi querida amiga Limay. TI.

Partido de los Marlins contra los Mets (detrás de home): $US20



  1. JorgeCR (Responder) el lunes, 12 de septiembre, 2011

    Maire, he disfrutado mucho este post. Aunque no me mencionas, jaja, coincidí contigo en tiempo y espacio después de varios años de no vernos. Al leer esta frase tuya:”Miami no es una ciudad a la que sacar fotos, al menos yo no pude” recordé que las pocas fotos que hice de Calle 8, El Versalles y los demás lugares netamente cubanos, las perdí todas todavía no sé cómo…debió ser también por esto que dices. Un beso.

  2. Carlos Alberto (Responder) el lunes, 12 de septiembre, 2011

    Excelente escrito.

    Miami vista desde Cuba parece irreal, me parece que la inversa debe ocurrir lo mismo. Creo que si nos hacen falta las fotos y como dice Timbalive hacer un puente de Miami a La Habana y de La Habana a Miami, para que se forme el pasa pasa.

  3. jorgito (Responder) el lunes, 12 de septiembre, 2011

    Mayre que lindo tu escrito me saltaron las lagrimas al leerlo pues es la realidad del cubano fuera de su tierra y sus raices, sigue tu vieje y no dejes de escribir lo haces muy bien