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Hay ciudades que te revuelcan, que te estrujan el alma, que te viran al revés. Hay ciudades que te hablan, que te miran, que te maúllan en cada rincón. Hay ciudades que son amores a primera vista. No hace falta que sepas nada sobre ellas para caerte en sus brazos.

Con Chicago no me ocurre nada parecido. No hubo feeling, no hubo contacto. No me dijo nada, o no supe entender dónde estaba su misterio. Cuando aterricé solo sabía dos cosas, que le llaman la ‘ciudad del viento’ y que los perritos calientes chicagüenses no llevan ketchup. Y, vagamente, había oído hablar de Al Capone y la mafia.

Así llegué de noche a la ciudad de los rascacielos. Mi primer contacto con Chicago fue un taxista de Turkistán que se molestó porque solo le di dos dólares de propina y la propina en USA es un asunto sagrado que va del 15 hasta el 20%. Y si no, mala cara. Nunca entendí por qué aquel chico de Turkistán ni se despidió. No hizo nada del otro mundo, no fue simpático, ni amable. Todo lo que hizo fue llevarnos en diez minutos del aeropuerto hasta la casa de William Murhpy, nuestro anfitrión del couchsurfing (www.couchsurfing.com). Ni un chiste, ni una anécdota de Chicago, ni se hizo el gracioso, ni se molestó en preguntar de dónde veníamos . Ni las gracias nos dio aquel jovencito con cara de chino por los dos dólares. Pero ¿qué esperaba, por qué habría de darle una propina al taxista? ¿Por llevarme a casa sana y salva? ¿Por llevarme?. Superado el asunto de la mala cara del chinito llegamos a Park Ridge, un acomodado barrio donde nos hospedaríamos las dos primeras noches.

El día a día.

Wiliam es un cincuentón periodista, divorciado hace cinco años y con dos hijos adolescentes. Trabaja en el departamento de ventas de una compañía que maneja varios medios especializados en agricultura. Es el tipo que manda a otros a vender los anuncios y el que apaga los fuegos cuando los anunciantes se ponen belicosos, nos cuenta. William es rubio y ni es mochilero ni perrofláutico ni viaja en plan bajo coste. Se apuntó a la comunidad de couchsurfing con la esperanza de que sus hijos, de 17 y 15 años, tuvieran contacto con el mundo y algún día cojan la mochila. Pero sus hijos -uno músico y el otro jugador de fútbol americano- no parecieron muy por la labor de interactuar.

William y yo en su coche.

William ya había alojado a unos cuantos en el sótano de su casa y solo había surfeado dos noches cuando estuvo por la Toscana, en Italia. Yo me decidí por él porque había leído que era periodista. Y sí, lo era, pero me dejó claro muy pronto que él no era de los que escribía historias y que lo suyo eran los negocios porque, al fin y al cabo, había estudiado esa carrera porque era lo más fácil para un mal estudiante como él. Nos enseña la foto de su nueva novia, una chica de Jamaica de muy buen ver y que, al parecer, lo ha puesto a sudar para que baje sus kilos de más.

La casa de nuestro anfitrión, Wiliam.

La casa de Wiliam, en Park Ridge.

De noche, el barrio de William parecía estar en pleno ‘periodo especial’. No se veían ni los gatos. En las calles no hay alumbrado y la poca luz que había salía del interior de las casas y apenas alcanzaba para distinguir los números. Era evidente que aquel barrio era elegante, de clase media acomodadísima diría yo, pero eso solo lo supimos al día siguiente. En su barrio, una casa no se parece a la otra y la de William era particularmente distinta. De madera, el frente, las escaleras, la marquesina, me recordaba a las del barrio francés de Nueva Orleans. Creí entender que la mayoría de las casas era como la suya pero muchos decidieron tirarlas y hacer nuevas de ladrillo. Todavía quedan en pie algunas. Ahora esas casas valen un 40% menos que hace un par de años por la crisis.

El frijol (Anish Kapoor).

De muchos portales cuelgan banderas americanas a toda asta. En la de Wiliam no hay banderas, aunque él me parece un americano muy americano. La pantalla del televisor ocupa media sala, y como la imagen que tengo de los americanos, le encantan las franquicias, el café de Starbucks, los coches nuevos, abrir las latas con un abrelatas eléctrico, las pizzas. Y como los americanos, era un tipo simpático, alegre, pero reservado.

Con William probamos por primera vez las pizzas al estilo Chicago (deep-dish Chicago-style pizza) que no encuentras en otro lugar de Estados Unidos, dicen. No te puedes ir sin tener esa experiencia ni las de los hot dog, hechos 100% de carne de ternera y los únicos del mundo que no llevan ketchup. Cuando preguntas el porqué, hay dos posibles respuestas. Una, que a nadie se le ocurriría preguntar por qué Leonardo da Vinci no pintó la Mona Lisa en terciopelo negro. Y la otra, tiene que ver con el poder destructivo del ketchup para un bien combinado perro caliente. Y sí, el mejor de todo Chicago (por votación) está en el Home Depot, una tienda de jardinería a casi una hora en transporte público.

Vista de la ciudad desde el lago Michigan.

Hasta allí fuimos en busca del mejor hot dog de Chicago por 2,50 dólares y que, según la pareja con la que nos alojamos las tres noches restantes de las cinco que estuvimos en Chicago, no se encuentra en Nueva York ni en ningún sitio. El perrito caliente chicagüense es hijo de la gran depresión de los años treinta, se volvió popular cuando era lo más barato en town para calmar el estómago. Para que sea chicagüense, la salchicha tiene que ser 100% de ternera y metida en un panecillo con semillas de amapola incrustadas en sus dos tapas, y hay que ponerle -en estricto orden- mostaza, cebolla picada, dos rodajas de tomate, rodajas de pepino en vinagre, dos pepinillos pequeños encurtidos picantes que parecen pimientos jalapeños (pickle spears), picadillo de pepinillo encurtido pero agridulce y, por último, sal de apio.

Crown fountain, de Jaume Plensa.

Si es tu primera vez en Chicago es de las cosas que hay que hacer. Eso, y subirte a los trenes elevados que atraviesan la ciudad y que bordean los rascacielos, pasarte medio día en el Instituto de Arte de Chicago (el mejor museo de la ciudad) si solo tienes pocos, buscarte un sitio popular para el brunch (una mezcla entre desayuno y almuerzo entre las 11 y 2.30 pm) alejado del centro y pagar $35.00 por un paseo en barco de 90 minutos para entender la arquitectura. El paseo sigue el curso del río Chicago y recorre la cara norte, sur, y este para acabar en el lago Michigan. En Chicago hay tours de todo tipo por el río y la mayoría son compañías privadas. El más popular es el de la Fundación de Arquitectura de Chicago, donde desde el guía hasta los que manejan los barcos lo hacen por amor al arte. Son voluntarios y su único interés es celebrar y educar a los ciudadanos en su arquitectura.

Escultura de Picasso en el Daley Center.

Chicago se toma la arquitectura en serio, algo que desconocía. Es su alma. Rápidamente te enseñan que allí nació el primer rascacielo, la Torre Sears rebautizada Torre Willis y que reinó durante 24 años hasta que llegaron Las Petronas de Kuala Lumpur. Aun así la ciudad se contempla orgullosa, incluso ahora que el edificio más alto ya ni siquiera está en Malasia sino en Dubai, porque se ha hecho así misma y en poco tiempo. En Chicago la mayoría de los edificios, salvo contadísimos casos, nació con el siglo XX, cuando tuvo que reinventarse después del Gran Incendio de 1871. El fuego arrasó con todo y dejó a un tercio de sus habitantes en la calle. Su reconstrucción, y que le ganara a Nueva York la sede de la Exposición Mundial Colombina en 1893 (de ese rencor nació el apodo de ‘segunda ciudad’ por el que también se le conoce) atrajo a un selecto grupo de arquitectos que comenzaron a experimentar con nuevas técnicas constructivas. Chicago tuvo el primer edificio con esqueleto de hierro que poco a poco fue despidiendo a los muros de carga; allí el mundo vio nacer los primeros rascacielos acristalados y al río le cambiaron el cauce hace un siglo para que no vertiera en el lago Michigan de donde la ciudad sigue bebiendo.

Paseo por el río Chicago

Cada edificio, entre cientos, tiene un arquitecto de lujo detrás. Desde la sede del periódico Chicago Tribune (cuya torre se inspiró en la Giralda de Sevilla con más o menos acierto) hasta un edificio de viviendas en el extremo sur del río. El único español que escuché por ahí es Ricardo Bofill, con un edificio en construcción.

Me es imposible recordar los nombres, las fechas, los estilos. Después de una hora mirando de derecha a izquierda y de izquierda a derecha tratando de seguir la explicación de la guía en el barco decidí que aquello era demasiado para mí porque, a fin de cuentas, yo no había ido a Chicago por sus rascacielos sino por cosas de la vida. Por esa carambola que son los precios de los billetes y que, de pronto, un vuelo desde Londres con una escala de dos horas en Islandia salía por 160 libras.

Sede del Chicago Tribune

Así fue que un buen día de agosto aparecí por la ‘ciudad del viento’. De ella me fui sin dolor, sin nostalgia anticipada, diciéndome que no volvería porque hay sitios a los que uno no volverá jamás por una cuestión de tiempo. Dejé Chicago después de cinco días mirando al cielo, recorriendo sus barrios –que son otra cosa-; subiendo y bajando de sus graciosos trenes elevados; después de una noche de blues, de dos pizzas y un perro caliente chicagüenses; de comerme el mejor almuerzo a la hora del desayuno; de pasear en barco por el río y el lago Michigan y morirme de frío en pleno verano; de perderme en un autobús que me llevó a lo peor de la ciudad y donde mi acompañante y yo éramos los únicos que no parecíamos sin hogar; de sentarme en el parque Milenium; de fotografiar los rascacielos de noche reflejados en un inmenso frijol de metal; de caminar y sentarme en una plaza con una gigante escultura de acero (corten) que parece oxidada a la que Picasso no le puso su nombre. Dije adiós después de subir al piso 96 del John Hancock Center desde donde se disfrutan espectaculares vistas pagando en el Observatorio o pagándote en el bar un té (lo más barato) por siete dólares. Yo no hice ni lo uno ni lo otro porque ya sabía que la mejor vista de Chicago estaba en el baño de mujeres.

 

* Hay tres hipótesis que explican el origen del apodo de ‘ciudad del viento’.

Todas las fotos de Chicago en Flickr



  1. Lidice (Responder) el viernes, 2 de septiembre, 2011

    Mai, te sigo la pista… Me encanta todo lo que escribiste, me parece estar viviendolo contigo. Estoy en tu mochila!!!!!! Besitos y escribe pronto!

  2. Jose (Responder) el viernes, 2 de septiembre, 2011

    Toda la razon,yo vivi 5 años en Chicago por trabajo..Nunca me gusto la ciudad,es fria y no hay mucho para hacer..Ademas sacando la parte turistica tiene mucho menos transporte publico o sea estas anclado o usando taxi..Otra cosa que me parecio..Saliendo de los barrios acaudalados o turisticos la ciudas es MEXICO.Por momentos no sabes si estas en Usa o en Mexico..No es una ciudad cosmopolita.Saludos y muy bueno el blog.