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Me llamo Mairelys Ramírez, periodista, treinta y tantos y de nombre casi impronunciable.  Vengo de una familia de provincia y comunista. Mi abuelo era empleado de los Ferrocarriles de Cuba, después subió a la Sierra Maestra y se dejó la barba. Conoció a mi abuela, maestra, que repartió panfletos contra Batista. Llegó la Revolución. Nací yo, sin bautizo ni padrinos porque en Cuba, por aquel entonces, no creíamos en Dios. Me hice mayor, emigré a La Habana a estudiar Periodismo, conocí a los mejores amigos, el amor y el sexo  (no necesariamente por ese orden). Fui militante comunista, me hice periodista, me enseñaron el oficio en un periódico modesto de ocho páginas (Juventud Rebelde), escribí reportajes sobre la emigración de las aves, los humedales, la comida sana… Me gané una beca en la agencia EFE para hacer un máster en Madrid. Fui inmigrante durante años en España, me contrataron en un periódico, tuve mi primer sueldo digno y un pasaporte de ‘primera clase’.

Un buen día el periódico prescindió de mis servicios –lo que el capitalismo llama despido improcedente. A Nueva Zelanda me fui y allí conocí el inglés;  me salieron las primeras canas; trabajé de canguro, de interna en una casa y en un viñedo y busqué sin éxito empleos de camarera. Desde 2010 viajo sin prisas, contemplo.

Nueva Zelanda me enseñó otra vida y los mejores kiwies del mundo –que son los amarillos, no los verdes-. En Australia vi los canguros y el Pacífico como fondo. Malasia tiene  la mejor cocina del mundo.  Fui testigo de los segundos atardeceres más gloriosos -después de los de La Habana- en una solitaria isla de Tailandia. Recorrí apurada Laos y lo poco que queda de su comunismo; vi a su  Mekong desnudo y seco. Ya sé que Nueva York es la ciudad que más me gusta a mí, que en Miami está la mejor cocina cubana y que a ese lado del charco mis amigos de la Primaria, la Secundaria y el Pre se han hecho médicos, dentistas y empresarios y otros trabajan para devolver los 10.000 dólares que les costó la lancha.

Me convencí de que los club de jazz de Nueva Orleans no son underground, que los nachos, los burritos, las fajitas y el chili con carne vienen de Tejas, que el tequila no se bebe en México con sal y limón, y que la cerveza Corona no era la preferida,. En México escuché a los mariachis donde había que escucharlos -en la plaza Garibaldi. Me enamoré de Chiapas y las quesadillas.

Conocí el sol de la Toscana y me prometí volver pero en primavera. Me defraudó Pisa y que en Bolonia se comiera de todo menos spaghetti Bolognese. Compré ron barato en Andorra y me di buches de absenta. Me enloquecieron los adoquines de Lisboa, su tristeza y su representación de mulatos traídos de Brasil.

Me he hecho bocadillos de sardina y mejillones delante de restaurantes de la Costa Brava. Me han asombrado los Pirineos  del lado catalán y me siguen fascinando Sevilla y Málaga. Sigo admirando la delicadeza de los ingleses, su apple crumble y la más verde campiña del mundo.

He dormido en playas, aeropuertos, estaciones, bancos y a las puertas de una cafetería; en sofá, cojines, colchones y camas de desconocidos en Estados Unidos, México, Marruecos, Colombia, Brasil… Me he subido a trenes sin pagar y a carros que no eran los míos.